Las Piedras, la verdad pendiente y la reconciliación
Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 4'
Por Santiago Torres
Hace 215 años, Artigas ordenó «clemencia para los vencidos» tras la primera gran victoria oriental. Dos siglos después, Uruguay sigue enfrentando el mismo desafío: encontrar la verdad sobre los desaparecidos sin renunciar a la reconciliación nacional.
La historia uruguaya tiene fechas que son mucho más que una efeméride. Son símbolos morales. La Batalla de Las Piedras, librada el 18 de mayo de 1811 bajo el mando de Artigas, es una de ellas. Aquel triunfo revolucionario sobre las fuerzas realistas españolas no solo significó la primera gran victoria militar de los orientales en el camino hacia la emancipación. También dejó una enseñanza política y humana cuya vigencia atraviesa dos siglos.
Tras la batalla, Artigas pronunció una frase que quedó grabada en la memoria nacional: “Clemencia para los vencidos y curad a los heridos”. No era una simple formalidad militar ni un gesto circunstancial de magnanimidad. Era una concepción del poder, de la patria y de la convivencia (concepción que recogió Rivera cumplidamente, me permito acotar). En medio de una guerra, cuando la sangre aún estaba fresca sobre el campo de combate, el jefe de los orientales entendió que la victoria no podía convertirse en humillación del derrotado ni en odio perpetuo. La construcción nacional exigía otra cosa: humanidad, límites morales y capacidad de reconciliación.
Ese legado artiguista vuelve a interpelar al Uruguay contemporáneo cada vez que la sociedad enfrenta las heridas de su pasado reciente.
El drama de los desaparecidos durante la dictadura constituye una de esas heridas abiertas. No existe reconciliación posible basada en el silencio, la negación o el ocultamiento. Las familias tienen derecho a saber qué ocurrió con sus seres queridos. Ese derecho no prescribe ni puede relativizarse. La verdad no es revancha: es justicia elemental, dignidad humana y obligación moral de la democracia.
Como, en la tragedia de Sófocles, le señaló Hemón a su padre, Creonte, abogando por Antígona: “Pero a mí me es fácil escuchar en la sombra cómo la ciudad compadece a esa joven, merecedora, se dice, menos que ninguna, de morir ignominiosamente por haber cumplido una de las acciones más gloriosas: la de no consentir que su hermano muerto en la pelea quede allí tendido, privado de sepultura; ella no ha querido que fuera despedazado por los perros hambrientos o las aves de presa. ¿No es, pues, digna de una corona de oro?”.
Porque las sociedades pueden convivir con recuerdos dolorosos, pero no con la mentira institucionalizada ni con la oscuridad deliberada.
Sin embargo, la experiencia internacional y la propia historia uruguaya muestran que la verdad, por sí sola, no alcanza. Puede iluminar los hechos, pero no necesariamente reconstruir una comunidad política fracturada. Allí aparece la otra dimensión imprescindible: la reconciliación.
En su discurso ante la Asamblea General, al conmemorarse los cincuenta años del asesinato de Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini, Pedro Bordaberry insistió en una idea central: “Las dos cosas juntas —verdad y reconciliación— son lo que Uruguay necesita”.
La afirmación encierra una definición profunda sobre la tradición política uruguaya. Bordaberry recordó cómo figuras provenientes de mundos ideológicos adversarios —desde Julio María Sanguinetti y Líber Seregni hasta Wilson Ferreira Aldunate, Jorge Batlle, Tabaré Vázquez y José Mujica— entendieron que el país solo podía reconstruirse evitando que el pasado se transformara en una guerra interminable entre compatriotas.
No se trataba de olvidar. Mucho menos de justificar crímenes. Se trataba de impedir que el odio se convirtiera en principio organizador de la vida pública.
Esa quizá sea la enseñanza más profunda que conecta Las Piedras con el Uruguay de hoy. Artigas comprendió que incluso después del combate era necesario preservar la comunidad humana. Dos siglos después, el país sigue enfrentando el mismo desafío: buscar la verdad con firmeza, pero sin perder la capacidad de convivencia.
Porque la memoria sin reconciliación corre el riesgo de transformarse en resentimiento perpetuo. Y la reconciliación sin verdad termina siendo apenas una forma elegante del olvido.
El Uruguay ha logrado, con enormes dificultades y contradicciones, evitar muchas veces la lógica destructiva de la grieta que devoró a otras sociedades de la región. No por ausencia de conflictos, sino porque en momentos decisivos aparecieron dirigentes capaces de comprender que la democracia requiere algo más que victorias circunstanciales: exige la voluntad permanente de reconstruir puentes.
Por eso la frase de Artigas conserva tanta actualidad. “Clemencia para los vencidos y curad a los heridos” no pertenece únicamente al campo de batalla de 1811. Es también una definición ética sobre cómo una nación debe tratar sus fracturas internas.
Verdad para saber.
Y reconciliación para poder seguir viviendo juntos.
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