Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026

Bordaberry: “Las dos cosas juntas -verdad y reconciliación- son lo que Uruguay necesita”

Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 11'

Palabras del senador Pedro Bordaberry en la Asamblea General en el 50° aniversario del asesinato de Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini.

Señora Presidenta:

Hay días que no deberían existir. Son esos días en que seres humanos decidieron matar a otros seres humanos. Hoy recordamos lo que sucedió en uno de esos días.

Quiero comenzar con algo que no admite matices ni condiciones: matar al prójimo es siempre condenable.

Todo homicidio, sin excepción, merece la reprobación más absoluta de la sociedad y de sus instituciones.

Y cuando ese homicidio se comete contra quien está en situación de vulnerabilidad, contra quien está desarmado, detenido, indefenso —o cuando se perpetra con abuso del poder del Estado— la condena debe ser aún más firme, aún más clara, aún más permanente.

Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini fueron asesinados.

Fueron legisladores. Habían dedicado su vida a la política, al debate de ideas, a la representación del pueblo.

Murieron en Buenos Aires, lejos de su tierra, en circunstancias que durante mucho tiempo permanecieron en la sombra.

A sus familias quiero reiterarles directamente: comprendemos su dolor, su memoria es justa, y su exigencia de verdad es un derecho que esta democracia tiene la obligación de honrar.

De ahí el recuerdo y el respeto por ellos, desde nuestra bancada, al cumplirse cincuenta años de ese hecho terrible y condenable.

Hoy además de recordarlos debemos reiterar que ello no debió suceder, expresar nuestro rechazo a lo acontecido, la necesidad de recorrer el camino de la verdad y buscar los caminos de Paz y Reconciliación Nacional.

San Juan Pablo II escribió en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2002 algo que quisiera guiara estas palabras de hoy.

Dijo el Papa: “El perdón podría parecer una debilidad. En realidad, tanto para el que lo pide como para el que lo concede, hace falta una fuerza espiritual grande y un coraje moral a toda prueba. Lejos de disminuir a la persona, el perdón la conduce a un humanismo más profundo y más rico.”

Y agregó: “La paz es la condición del desarrollo, pero una paz verdadera no es posible sin el perdón.”

Eso provoca tensión, sin dudas, en todos. No es fácil. No debería serlo. E impone caminos.

En primer lugar, a 50 años de estos crímenes, que la verdad importa. No como ejercicio retórico, sino como acto de justicia hacia quienes más la necesitan: los familiares.

Entre 2006 y 2007 me dediqué a investigar estas muertes. Lo hice con los instrumentos que tenía a mi alcance, siguiendo expedientes, testimonios, documentos y mucho más. Y encontré algo que creo relevante compartir.

Identifiqué a los responsables directos —los ejecutores materiales— de los asesinatos de Gutiérrez Ruiz y Michelini. Osvaldo “Paqui” Forrese, junto a otros integrantes de un grupo paramilitar vinculado a la Marina argentina, fueron quienes los mataron.

Aclaro: la conclusión a la que llegué fue que estos fueron los responsables directos, no los mediatos.

Digo todo esto con precisión, no con alivio.

Esa verdad no exculpa a nadie.

No cierra ningún expediente moral ni jurídico.

Pero sí ilumina algo que debemos comprender si queremos que la Paz y el Nunca Más sea algo más que una consigna: el rechazo a la actuación fuera de las normas.

Cuando se permite que grupos irregulares y regulares actúen fuera de la ley —cuando el Estado mira hacia otro lado, o peor aún, cuando el propio Estado los convoca— se desata una violencia que luego nadie puede controlar, y que termina matando a legisladores en exilio, a personas que simplemente pensaban distinto.

Para entender una parte de lo que ocurrió en Buenos Aires en mayo de 1976 conviene mirar el contexto de ese país.

Argentina venía de años en que toda la sociedad y la mayoría de la política, había alimentado la violencia.

Desde el último gobierno democrático previo al golpe un gobernante, Perón, sostenía que se debía convocar al somatén —esas milicias civiles armadas que ya habían producido tragedias en otros contextos históricos, como en la Barcelona de comienzos del siglo XX—. Convocar al somatén es, en cualquier época, decirle a la sociedad que se organice al margen de la ley.

También repetía: “Al amigo todo, al enemigo ni Justicia”.

Y luego, ya en 1975 —un año antes del golpe militar—, el gobierno constitucional de Isabel Perón firmó junto con López Rega el decreto que cometía a las Fuerzas Armadas la lucha contra la subversión con la instrucción, tremenda y escrita, de combatirla “hasta su aniquilación”.

Las condiciones para la tragedia las crea en primer lugar el golpe de Estado sin dudas, pero no solamente este. Las crea también un proceso anterior, y la decisión de colocar grupos armados —regulares e irregulares— fuera del marco de la ley y de las instituciones.

Lo que nunca debió suceder.

Pero lo que me interesa destacar hoy es nuestro país. Lo que Uruguay construyó en su salida, única, de la dictadura.

Porque Uruguay hizo algo extraordinario.

Algo que no fue fácil, que tuvo costos políticos enormes para muchos. Algo que exigió de sus protagonistas una grandeza que la historia debe reconocer.

Uruguay eligió, una y otra vez al recuperar la democracia, el camino del acuerdo sobre el de la fractura.

Y sobre todo insistió en un concepto que es vital en toda sociedad, pero más todavía en una de cercanías como la nuestra: la Paz. Presupuesto básico y anterior a la reconciliación.

Lo comprendió Julio María Sanguinetti cuando fue el gran arquitecto de la transición de la dictadura a la democracia con esa pieza político-jurídica que recordarán los libros de historia y que todos reconocemos hoy: el Cambio en Paz.

Construido sobre un trípode de actitudes generosas de orientales que entendían que lo más importante era eso: un cambio, sí, pero en paz.

Algo que contrastó con los procesos similares en Argentina —con levantamientos militares, muertes, amenazas, posteriores— y en Chile —con democracia tutelada, senadores vitalicios—.

Julio María Sanguinetti y Líber Seregni —dos hombres que representaban mundos políticos opuestos— construyeron en el Club Naval la transición democrática junto a Juan Vicente Chiarino. Eso no fue una claudicación. Fue un acto de responsabilidad histórica que permitió el más rápido retorno al pleno funcionamiento de las instituciones y la Constitución.

Luego Julio María Sanguinetti y Wilson Ferreira Aldunate —también desde la diferencia, también desde la tensión— construyeron la Ley de Caducidad. Wilson Ferreira Aldunate aportó, además, la gobernabilidad necesaria en esos primeros años, de la que hizo gala desde la oposición.

También construyeron, al mismo tiempo, la ley de amnistía para quienes habian cometido delitos en los años anteriores. Ley que nunca fue objetada.

Cabe resaltar la actitud de Seregni y Wilson Ferreira —uno había sufrido la prisión, el otro el exilio— que no dudaron en anteponer al país y a la reconciliación nacional antes que sus propios intereses políticos.

Lacalle Herrera aportó su visión desde el Partido Nacional cuando llegó a la Presidencia.

Fue claro cuando en 1992 expresó: “el país debe saber lo que ocurrió, pero también debe saber que no podrá vivir mirando para atrás.”

Planteó, quizás fue de los primeros, la reconciliacón afirmando que “La reconciliación no es olvido, es convivencia con la ley”.

Jorge Batlle volvió a la idea central de la paz —ese concepto que sintetiza que es posible avanzar sin destruir, que el progreso no requiere la humillación del adversario—.

Creó la Comisión para la Paz, que avanzó como nunca en el conocimiento de lo que sucedió y la verdad.

La integró con ciudadanos de todos los partidos, dejando claro con ello que este no era un tema de un solo partido o de un gobierno, sino de todos los uruguayos en busca de esa reconciliación, pero con verdad y atención a las familias.

Tabaré Vázquez convocó a todos los orientales al Nunca Más, completando un círculo que abarcó todo el espectro político uruguayo.

Nos convocó un 19 de junio a la Plaza bajo esa consigna amplia, abarcativa, que dejaba claro y sin adjetivos el Nunca Más.

Nadie quiere que vuelva a pasar lo que sucedió en el Uruguay en aquellos años de enfrentamientos y esa convocatoria lo sintetizaba. Fue multitudinaria y multipartidaria.

José Mujica, con la autoridad de quien protagonizó en carne propia los años de la dictadura, insistió con la verdad, pero también con la reconciliación.

Dijo algo que merece ser escuchado con atención: que “el Estado no puede abandonar la búsqueda de la verdad, y la reconciliación no puede ser sin verdad.”

Y también que “no quiere ver morir en la cárcel a personas de ochenta años.”

Luis Lacalle Pou siguió ese mismo camino de responsabilidad institucional pero agregando una visión de futuro al expresar que “las familias merecen respuestas y respeto, y que las diferencias sobre el pasado no pueden impedirnos construir el futuro”.

Señora Presidenta: esa cadena de nombres no pertenece a un solo partido. Pertenece al Uruguay. Es nuestra mejor tradición. Es lo que nos hace distintos a los uruguayos. Orgullosamente distintos.

Sanguinetti, Seregni, Wilson Ferreira Aldunate, Lacalle Herrera, Jorge Batlle, Tabaré Vázquez, José Mujica, Luis Lacalle Pou realizaron, cada uno a su modo, actos que persiguieron ese objetivo de Paz, de Verdad, de reconciliación nacional y de mirar al futuro.

Es en esa línea —y con la humilde pretensión de acompañar lo mejor de esa tradición, aprender de ella y seguir su ejemplo y orientación— que he presentado hace unos meses un proyecto de ley que se inscribe en sus mismos principios: la verdad, la reconciliación, el trato igualitario a todos los ciudadanos, a todos, y el Nunca Más como compromiso vivo.

José Mujica, con la autoridad de quien sufrió en carne propia los años más duros de aquel tiempo, lo dijo con claridad: el Estado no puede abandonar la búsqueda de la verdad, y que la reconciliación no puede construirse sin ella. También que no quiere ver morir en la cárcel a personas de ochenta años.

Ambas cosas, juntas —verdad y dignidad—, son las que guían ese proyecto y esa idea.

Sin embargo, hoy siento que esa tradición está siendo tentada.

Vivimos un momento en que la política uruguaya —como la de tantos países— parece preferir el conflicto al acuerdo, la denuncia a la construcción, el señalamiento del adversario a la búsqueda del bien común.

La grieta que destruyó a países como Argentina no nació de un día para otro. Se alimentó durante décadas, con cada discurso que dividió al pueblo en amigos y enemigos, con cada decisión que premió la lealtad por sobre la razón, con cada institución que fue vaciada en nombre de una causa. Con ese todo a los amigos y a los que no lo son, ni Justicia.

No quiero eso para Uruguay.

A 50 años del asesinato de Gutiérrez Ruiz y Michelini, una manera de honrar su memoria no es solo recordar cómo murieron. Es comprometerse con la forma en que queremos vivir. Y eso significa seguir el camino que nos legaron Sanguinetti, Seregni, Wilson, Lacalle Herrera, Batlle, Tabaré, Mujica, Lacalle Pou: anteponer a todo la reconciliación nacional, sin renunciar jamás a la memoria, sin abandonar la búsqueda de la verdad.

A todo ello reiteramos hoy nuestro compromismo y apoyo. Porque a eso vinimos a la política. A servir, no a ser servidos, a buscar los caminos de entendimiento que hoy parecen cerrarse. A tender la mano, no a cerrar el puño.

Señor Presidente Orsi, este período de gobierno, esta Legislatura, tiene que sumar su aporte al de esos grandes uruguayos a la Paz y Reconciliación.

Es un desafío enorme tan sólo mencionarlos, no ya imitarlos. Pero ese camino es tambien un compromiso ineludible.

Los familiares de las víctimas tienen derecho a saber qué pasó. Ese derecho no caduca.

La búsqueda de la verdad debe continuar, con toda la seriedad que el tema merece.

Y, al mismo tiempo, una sociedad que quiere mirar hacia adelante tiene que ser capaz de preguntarse qué significa la justicia en todos sus alcances —sin renunciar a la sanción de los crímenes, pero sin renunciar tampoco a los principios humanitarios para todos que una democracia adulta debe sostener—.

Termino donde empecé: con San Juan Pablo II.

Dijo: “Las familias, los grupos, los estados, la comunidad internacional misma tienen que abrirse al perdón para reanudar los lazos rotos, para ir más allá de las situaciones de condena recíproca, para vencer la tentación de excluir a los demás.”

Y dijo también: “¡Cuánto sufrimiento hay en la humanidad por no saber reconciliarse!”

Esas palabras del Papa no son una invitación al olvido. Son exactamente lo contrario.

Porque la memoria sin reconciliación no construye nada.

Y la reconciliación sin verdad tampoco es posible.

Las dos cosas juntas —verdad y reconciliación— son lo que Uruguay necesita.

Son lo que los grandes hombres de la política, los de ayer y espero los de hoy y de mañana, quisieron y querrán para el Uruguay que amamos.

Nunca Más.

No como consigna.

Como compromiso de que no vuelva a suceder.

Como promesa que esta institución —el Parlamento que ellos integraron— renueva hoy, cincuenta años después de su muerte.

Muchas gracias.



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