Estados Unidos, la potencia donde crece el hambre
Viernes 29 de mayo de 2026. Lectura: 5'
Mientras Wall Street bate récords y las grandes tecnológicas multiplican ganancias, millones de estadounidenses saltean comidas, se endeudan para sobrevivir y dependen de asistencia alimentaria. La mayor economía del mundo enfrenta una paradoja cada vez más visible: el crecimiento de una pobreza estructural en el corazón del país más rico del planeta.
Durante décadas, Estados Unidos construyó hacia el exterior una imagen de prosperidad inagotable. La mayor economía del planeta, líder tecnológico y financiero, aparecía como la referencia inevitable del capitalismo moderno. Sin embargo, detrás de los récords bursátiles, de las ganancias de las grandes corporaciones y del auge de la inteligencia artificial, millones de estadounidenses enfrentan una realidad mucho más cruda: trabajar ya no garantiza salir de la pobreza.
En las últimas semanas, distintos informes oficiales y académicos volvieron a encender las alarmas sobre un fenómeno que atraviesa silenciosamente a la sociedad norteamericana: el crecimiento sostenido de la inseguridad alimentaria y la consolidación de una pobreza estructural incluso en sectores que tienen empleo.
La Reserva Federal de Nueva York advirtió sobre un “aumento notable” de hogares que se ven obligados a saltear comidas, recurrir a asistencia alimentaria o utilizar ahorros para cubrir gastos básicos. El deterioro golpea especialmente a los sectores de menores ingresos, hogares con niños y trabajadores con menor nivel educativo.
El dato resulta particularmente significativo porque ocurre en medio de indicadores macroeconómicos que, en apariencia, muestran fortaleza. El desempleo sigue relativamente bajo y Wall Street continúa marcando máximos históricos. Pero la economía estadounidense se ha ido partiendo en dos velocidades. Mientras los sectores más ricos se benefician del aumento de activos financieros y propiedades, una parte creciente de la población enfrenta inflación persistente, endeudamiento y salarios incapaces de seguir el ritmo del costo de vida.
La nueva pobreza estadounidense
El fenómeno no se limita a quienes tradicionalmente eran considerados pobres. Cada vez más trabajadores asalariados dependen de cupones de alimentos, bancos de comida o múltiples empleos para sostener gastos esenciales. La pobreza dejó de ser únicamente marginalidad extrema para transformarse en precariedad permanente.
Un informe del USDA (Departamento de Agricultura de los Estados Unidos) indicó que casi 48 millones de estadounidenses viven en hogares con inseguridad alimentaria. Entre las familias con hijos, el problema alcanza a casi uno de cada cinco hogares.
La situación se agrava por el aumento constante de los costos básicos. La vivienda, la energía, los seguros médicos y los alimentos absorbieron gran parte de los ingresos familiares durante los últimos años. Incluso cuando la inflación general desaceleró respecto al pico posterior a la pandemia, los precios nunca regresaron a niveles previos. Para millones de familias, el deterioro quedó consolidado.
La consecuencia es visible en la vida cotidiana: más personas dependen de tarjetas de crédito para comprar comida, aumentan las moras en préstamos estudiantiles y automotrices, y crece la sensación de inseguridad económica aun entre trabajadores formales.
El país rico más desigual
Un aspecto central del problema es la desigualdad. Un estudio reciente difundido por Euronews, basado en investigaciones de la Universidad de Oxford, sostiene que Estados Unidos muestra niveles de pobreza “media” significativamente peores que los de varias economías europeas desarrolladas.
La nueva metodología no mide solamente ingresos absolutos, sino cuánto tiempo necesita una persona promedio para generar determinado nivel de recursos. El resultado es revelador: aunque los ingresos medios estadounidenses son altos, la concentración de riqueza es tan extrema que amplios sectores quedan rezagados.
Según el análisis, la desigualdad en Estados Unidos creció más rápido que los ingresos desde 1990. Mientras países europeos mantuvieron relativamente estable la distribución de la renta, en EE.UU. la expansión económica benefició desproporcionadamente a los sectores más ricos.
La imagen clásica del “sueño americano” comenzó así a erosionarse. La movilidad social descendió y el lugar de nacimiento pesa cada vez más en las oportunidades futuras. En numerosos estados, tener empleo ya no significa acceso asegurado a vivienda, salud o alimentación adecuada.
El impacto político y social
El deterioro económico de las clases medias y trabajadoras se convirtió además en un factor político decisivo. La frustración acumulada alimentó la polarización, el rechazo a las élites tradicionales y el crecimiento de discursos antisistema tanto a derecha como a izquierda.
Donald Trump capitalizó buena parte de ese malestar prometiendo recuperar empleos industriales y combatir la globalización. Sin embargo, aun después de la pandemia y de los enormes programas de estímulo económico, muchos problemas estructurales permanecen intactos: salarios estancados, precarización laboral, costos sanitarios exorbitantes y debilitamiento de la red de protección social.
Al mismo tiempo, los recortes o restricciones sobre programas de asistencia alimentaria generan preocupación en organismos sanitarios y organizaciones sociales. Diversos expertos advierten que un aumento sostenido de la pobreza puede derivar en una crisis de salud pública de gran escala.
La inseguridad alimentaria ya aparece asociada a mayores tasas de enfermedades crónicas, estrés, depresión y deterioro cognitivo infantil.
La contradicción estadounidense
La paradoja norteamericana resulta cada vez más evidente: el país concentra algunas de las mayores fortunas privadas de la historia contemporánea, pero millones de personas tienen dificultades para alimentarse adecuadamente.
Esa contradicción no es accidental. Responde a un modelo económico que incrementó extraordinariamente la productividad y la riqueza, pero distribuyó sus beneficios de forma cada vez más desigual. La economía crece, pero gran parte de la sociedad siente que retrocede.
En ese contexto, la pobreza estadounidense ya no puede explicarse solamente como un fenómeno residual. Se convirtió en una señal de agotamiento de un modelo que durante décadas prometió prosperidad ilimitada y movilidad ascendente, pero que hoy muestra profundas fracturas sociales incluso en el corazón de la principal potencia mundial.
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