El retorno del fujimorismo: qué significa la victoria de Keiko Fujimori para Perú y para América Latina
Viernes 3 de julio de 2026. Lectura: 5'
Tras tres derrotas consecutivas, Keiko Fujimori logró finalmente llegar a la Presidencia de Perú, en una elección que redefine el escenario político del país y proyecta efectos sobre toda la región. Su victoria refleja el cansancio de una sociedad golpeada por años de inestabilidad institucional y reabre debates sobre gobernabilidad, seguridad, modelo económico y el peso que puede tener el voto de los ciudadanos residentes en el exterior en comicios de resultado ajustado.
La confirmación del triunfo electoral de Keiko Fujimori no solo representa un cambio de gobierno en Perú. Marca el regreso del fujimorismo al poder un cuarto de siglo después de la caída de Alberto Fujimori y constituye uno de los acontecimientos políticos más relevantes de América Latina en los últimos años. También supone un nuevo avance de gobiernos de centroderecha en la región y el cierre —al menos por ahora— de un largo ciclo de derrotas personales de la líder de Fuerza Popular.
La importancia del resultado quedó reflejada incluso en la rápida reacción diplomática del gobierno uruguayo. A través de un comunicado oficial, la Cancillería expresó que “el gobierno uruguayo felicita a la Sra. Keiko Fujimori Higuchi por su victoria en la segunda vuelta electoral en Perú” y manifestó su compromiso de “continuar profundizando los lazos bilaterales de cooperación con la hermana República del Perú, en beneficio de los respectivos pueblos y de la integración regional”.
La proclamación oficial por parte del Jurado Nacional de Elecciones quedó prevista para hoy viernes 3, tras culminar todas las etapas legales del proceso electoral.
Un triunfo que cambia el mapa político
Más allá del estrecho margen —apenas unas decenas de miles de votos sobre un universo superior a 18 millones de sufragios— el significado político del resultado es profundo.
Perú llega a esta transición luego de una década caracterizada por una inestabilidad extraordinaria: presidentes destituidos, renuncias, procesos judiciales, enfrentamientos permanentes entre Ejecutivo y Congreso y una ciudadanía crecientemente desencantada con la política tradicional.
En ese contexto, buena parte del electorado terminó privilegiando tres factores:
- la promesa de restablecer el orden institucional;
- una conducción económica previsible;
- una agenda firme en materia de seguridad frente al crecimiento del crimen organizado.
Diversos analistas coinciden en que esos elementos pesaron más que el fuerte rechazo histórico que aún despierta el apellido Fujimori en amplios sectores del país.
La cuarta fue la vencida
Durante más de una década Keiko Fujimori pareció condenada a perder siempre por muy poco.
Fue derrotada sucesivamente por Ollanta Humala en 2011, por Pedro Pablo Kuczynski en 2016 y por Pedro Castillo en 2021.
Las tres derrotas consolidaron la idea de que existía un "techo electoral" producto del antifujimorismo.
Sin embargo, esta vez ocurrió algo distinto.
También fue importante la capacidad territorial del partido Fuerza Popular, que mantuvo durante años una estructura política activa incluso después de sucesivas derrotas.
Más que una elección: un voto sobre el modelo de país
El resultado puede interpretarse también como un plebiscito sobre el rumbo económico.
Perú fue durante décadas una de las economías más dinámicas de América Latina gracias a políticas relativamente estables y abiertas al mercado.
La sucesión de crisis políticas terminó afectando esa percepción de estabilidad.
La campaña de Keiko Fujimori consiguió instalar la idea de que el principal desafío ya no era crecer más, sino recuperar condiciones mínimas de gobernabilidad para volver a crecer.
Ese mensaje encontró receptividad en un electorado fatigado por años de enfrentamientos institucionales.
Una señal para la región
El triunfo peruano se inscribe además en un fenómeno regional más amplio.
Durante los últimos años varios países latinoamericanos han experimentado victorias de candidatos identificados con posiciones de centroderecha o de derecha, impulsados por demandas ciudadanas vinculadas con seguridad pública, crecimiento económico y fortalecimiento institucional.
No se trata necesariamente de un giro ideológico uniforme, sino de una reacción frente a gobiernos percibidos como incapaces de responder a problemas cotidianos.
En ese sentido, Perú vuelve a convertirse en uno de los países cuya evolución política será observada atentamente por toda América Latina.
El debate sobre el voto en el exterior
La elección peruana también reabrió una discusión conocida en Uruguay: el impacto del voto de los ciudadanos residentes en el exterior.
Precisamente, CORREO publicó recientemente el artículo Cuando los que no viven las consecuencias deciden el resultado, donde advierte sobre los riesgos democráticos de permitir que ciudadanos que no experimentan diariamente las consecuencias de las políticas públicas puedan definir el resultado electoral.
El argumento sostiene que quienes residen permanentemente fuera del país suelen votar condicionados por la realidad política y económica del lugar donde viven, y no necesariamente por la experiencia cotidiana de quienes permanecen en su nación de origen.
La publicación recuerda antecedentes internacionales donde el voto del exterior modificó o pudo modificar resultados extremadamente ajustados y plantea que esa situación introduce una tensión entre el principio de ciudadanía y el principio de responsabilidad política.
Se trata de un debate especialmente relevante para Uruguay, donde la habilitación del voto desde el exterior ha sido rechazada en consulta popular y continúa generando discusión política en razón de la todudez del Frente Amplio.
El verdadero desafío empieza ahora
La victoria electoral no garantiza el éxito del próximo gobierno.
Keiko Fujimori heredará un país profundamente dividido, con instituciones debilitadas, elevada conflictividad política y enormes expectativas sociales.
Su capacidad para construir acuerdos, estabilizar la economía, enfrentar la criminalidad y evitar una nueva etapa de confrontación institucional determinará si este triunfo representa efectivamente el inicio de una nueva etapa para Perú o simplemente un nuevo capítulo de su prolongada crisis política.
Porque, después de tres derrotas consecutivas y veinticinco años fuera del poder, el mayor desafío del fujimorismo ya no consiste en ganar una elección: consiste en demostrar que puede gobernar con estabilidad, eficacia y legitimidad democrática.
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