Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026

El clima de negocios también se deteriora

Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 4'

Durante años, Uruguay fue presentado como una excepción regional por la estabilidad de sus reglas de juego y la confianza que despertaba entre los inversores. Hoy, esa ventaja comparativa comienza a erosionarse. El último Índice de Clima Económico de la prestigiosa Fundación Getulio Vargas confirma un deterioro tan marcado que el país pasó a una zona desfavorable, consolidando una tendencia que ya advertían analistas privados y que amenaza con traducirse en menos inversión, menor crecimiento y menos empleo.

La semana pasada señalábamos, a partir de los análisis del Citi y del decano de la UCU Business School, Marcos Soto, que la inversión no espera. Cuando quienes deben decidir dónde colocar miles de millones de dólares perciben incertidumbre, simplemente buscan otros destinos. Esa advertencia encuentra ahora un respaldo particularmente significativo en un indicador internacional de enorme prestigio.

La Fundación Getulio Vargas (FGV), una de las instituciones académicas y de investigación económica más respetadas de América Latina, cuya producción es referencia habitual para gobiernos, organismos internacionales y empresas, acaba de publicar una nueva edición de su Índice de Clima Económico (ICE). El diagnóstico para Uruguay es preocupante.

El país registró el mayor deterioro de toda la región. Su indicador cayó hasta 77,5 puntos, casi 35 puntos menos que al cierre del año pasado, perforando el umbral de los 100 puntos que separa un clima favorable de uno desfavorable. Más aún: el índice quedó muy por debajo del promedio de la última década y lejísimos de los 139,4 puntos que exhibía apenas dos años atrás.

No se trata únicamente de una fotografía del presente. El informe también refleja un fuerte deterioro de las expectativas. La evaluación sobre la situación actual descendió de 100 a 80 puntos, mientras que las perspectivas para los próximos seis meses se desplomaron de 125 a apenas 75 puntos. Es decir, los especialistas consultados por la FGV no solo consideran que la coyuntura empeoró; también creen que el horizonte inmediato luce considerablemente menos atractivo.

Lo verdaderamente revelador es la comparación histórica.

Durante la pandemia, cuando prácticamente toda América Latina atravesaba una crisis sin precedentes, Uruguay seguía siendo destacado precisamente por la calidad de su clima de negocios. Incluso en medio de aquella incertidumbre global, el país aparecía como uno de los pocos mercados de la región que conservaba condiciones favorables para invertir, gracias a la fortaleza institucional, la estabilidad macroeconómica y la previsibilidad de sus políticas. Esa fortaleza volvió a ser resaltada durante el último año del gobierno anterior, cuando distintos indicadores internacionales colocaban nuevamente a Uruguay entre los países con mejor ambiente para hacer negocios en América Latina.

Ese contraste debería llamar la atención.

No estamos comparando gobiernos separados por décadas, ni ciclos económicos completamente distintos. Estamos hablando de un país que hace muy poco era presentado como una excepción positiva en la región y que hoy aparece como el que más retrocede en materia de confianza empresarial.

Naturalmente, ningún índice explica por sí solo todas las causas del fenómeno. Pero cuando distintas señales comienzan a apuntar en la misma dirección conviene prestar atención.

Primero fueron las advertencias sobre la desaceleración de la inversión privada. Luego llegaron los cuestionamientos respecto a la falta de señales claras para impulsar nuevos proyectos productivos. Ahora aparece un indicador internacional elaborado por una institución de enorme credibilidad que muestra un deterioro especialmente intenso precisamente en el terreno donde Uruguay había construido una reputación durante décadas: la confianza para invertir.

Porque el clima de negocios no depende únicamente de variables macroeconómicas.

Importan, por supuesto, la inflación, el déficit fiscal o la estabilidad financiera. Pero también pesan las expectativas sobre el rumbo económico, la previsibilidad regulatoria, la seguridad jurídica, la actitud hacia la inversión privada y la percepción de que las reglas del juego permanecerán estables.

La inversión siempre mira hacia adelante.

Quien decide construir una planta industrial, instalar un centro logístico o desarrollar un proyecto tecnológico no evalúa únicamente la realidad del presente. Lo hace pensando en los próximos diez o veinte años. Por eso las expectativas son tan importantes como los datos actuales.

La paradoja es evidente. Uruguay continúa conservando fortalezas estructurales muy valiosas: instituciones sólidas, baja inflación, grado inversor y una larga tradición de respeto por los contratos. Sin embargo, esas fortalezas pueden resultar insuficientes si las expectativas comienzan a deteriorarse y el mensaje político deja de transmitir confianza a quienes deben asumir riesgos y generar empleo.

Los países no pierden su prestigio de un día para otro. Pero tampoco lo conservan automáticamente.

La confianza es un activo que lleva décadas construir y apenas unos pocos años comenzar a erosionar.

Y cuando organismos tan prestigiosos como la Fundación Getulio Vargas empiezan a registrar ese cambio de percepción, conviene tomar nota antes de que el deterioro del clima de negocios termine reflejándose, inevitablemente, en menos inversión, menor crecimiento y menos oportunidades para los uruguayos.



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