Del blindaje al sacrificio: cómo los Milei terminaron entregando a Adorni y apostaron por Santilli para evitar una crisis mayor
Viernes 3 de julio de 2026. Lectura: 6'
Después de meses de sostener a Manuel Adorni pese a una sucesión de escándalos, Javier y Karina Milei terminaron aceptando una renuncia que durante semanas se negaron siquiera a considerar. La designación de Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete busca cerrar una crisis política que dejó expuestas las debilidades de La Libertad Avanza (LLA), la concentración del poder en los hermanos Milei y el costo institucional de privilegiar la lealtad por encima de la idoneidad.
Durante meses el gobierno argentino insistió en que Manuel Adorni era víctima de una persecución política y mediática. Mientras se acumulaban denuncias judiciales, revelaciones periodísticas y crecía el malestar entre aliados parlamentarios, Javier Milei respondió con la misma fórmula: negar cualquier problema y redoblar la defensa de uno de sus funcionarios más cercanos.
El desenlace terminó siendo exactamente el contrario al discurso oficial. Adorni “renunció”, el Presidente aceptó inmediatamente su salida y el gobierno recurrió a un dirigente de experiencia ajeno al núcleo libertario —Diego Santilli— para intentar recuperar gobernabilidad.
La secuencia constituye probablemente la mayor derrota política de la administración Milei desde que llegó al poder. No sólo porque cayó uno de los hombres más visibles del oficialismo, sino porque la forma en que se produjo expuso improvisación, luchas internas y una conducción cada vez más personalista alrededor de Javier y Karina Milei.
El funcionario que parecía intocable
Adorni había pasado de ser el vocero presidencial a convertirse en uno de los funcionarios con mayor influencia política del gobierno hasta asumir la Jefatura de Gabinete.
Su crecimiento respondía menos a una trayectoria de gestión que a una virtud especialmente valorada por el oficialismo: la defensa irrestricta del Presidente y la disposición permanente a confrontar con periodistas, opositores e incluso aliados.
Con el paso de los meses, sin embargo, esa estrategia comenzó a volverse en contra del propio gobierno.
Las denuncias por presunto enriquecimiento ilícito, los cuestionamientos por viajes oficiales con familiares, el uso de aviones privados, gastos incompatibles con sus ingresos declarados y otras investigaciones judiciales fueron erosionando aceleradamente su imagen pública. Paralelamente aparecieron audios y revelaciones que profundizaron la percepción de un manejo discrecional del poder.
En cualquier administración con reflejos políticos normales, semejante acumulación de episodios habría derivado rápidamente en un reemplazo.
No ocurrió.
Los hermanos Milei eligieron resistir
La explicación no fue jurídica sino política.
Adorni era considerado parte del círculo de máxima confianza presidencial y, especialmente, uno de los protegidos de Karina Milei.
Durante semanas la Casa Rosada optó por transformar un problema administrativo en una batalla ideológica. Cada nueva denuncia era presentada como una operación del “periodismo ensobrado” (¿los sobres de quién?), de “la casta” o de la oposición.
Ese reflejo defensivo terminó generando un efecto inverso.
Cuanto más se aferraba el gobierno a Adorni, mayor era el costo político de sostenerlo.
La defensa incondicional terminó transmitiendo la impresión de que la vara ética que el propio Milei había prometido aplicar era flexible cuando involucraba a dirigentes propios.
El mensaje fue devastador para un gobierno que llegó al poder precisamente prometiendo terminar con los privilegios de la política.
La interna libertaria dejó de ser silenciosa
Mientras públicamente se repetía que Adorni seguía contando con respaldo presidencial, dentro del oficialismo el escenario era muy distinto.
Las distintas terminales de poder comenzaron a coincidir en un diagnóstico: sostenerlo se había vuelto demasiado costoso.
Karina Milei, Santiago Caputo, dirigentes parlamentarios y funcionarios con responsabilidades de gestión terminaron entendiendo que el problema ya no era exclusivamente judicial sino político.
Al mismo tiempo, gobernadores y bloques aliados dejaron trascender que no estaban dispuestos a seguir pagando el costo de defender a un funcionario cada vez más cuestionado.
El PRO, de facto el principal sostén parlamentario del oficialismo, también hizo llegar señales inequívocas acerca de la necesidad de producir cambios para preservar la gobernabilidad.
La carta que agravó el final
La renuncia de Adorni tampoco contribuyó a cerrar la crisis.
Lejos de asumir alguna responsabilidad política, eligió presentarse como víctima de una conspiración.
En su extensa carta denunció haber sido tratado como “delincuente” y “corrupto”, atacó a la prensa y sostuvo que todo respondía a operaciones destinadas a destruirlo.
Paradójicamente, el texto terminó reforzando la percepción de un dirigente incapaz de comprender el alcance institucional del cargo que ocupaba.
No respondió las preguntas centrales sobre las investigaciones. No explicó las inconsistencias. No ofreció autocrítica. Simplemente responsabilizó a terceros.
Fue el cierre lógico de una gestión caracterizada más por la confrontación permanente que por la construcción política.
El pragmatismo reemplazó al relato
La designación de Diego Santilli constituye, en los hechos, una admisión implícita de que LLA carece todavía de cuadros suficientes para administrar el Estado.
Después de meses reivindicando la pureza libertaria y cuestionando a la denominada “casta”, Milei terminó entregando la coordinación política del gobierno a uno de los dirigentes con mayor trayectoria del PRO.
La contradicción resulta evidente.
El oficialismo pasó de afirmar que podía gobernar exclusivamente con dirigentes propios a reconocer que necesitaba incorporar experiencia política para evitar un mayor deterioro institucional.
¿Quién es Diego Santilli?
Diego Santilli, de 59 años, construyó una extensa carrera dentro del PRO.
Fue legislador porteño, ministro de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad de Buenos Aires, vicejefe de gobierno durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta y posteriormente diputado nacional.
En el gobierno de Milei ocupó el Ministerio del Interior, donde quedó a cargo de una de las tareas más delicadas del oficialismo: mantener diálogo con gobernadores, intendentes y fuerzas políticas que LLA nunca logró construir por sí sola.
Su perfil contrasta casi punto por punto con el de Adorni.
Mientras éste privilegiaba la confrontación, Santilli desarrolló buena parte de su carrera negociando acuerdos políticos.
Mientras Adorni representaba el discurso ideológico más duro del oficialismo, Santilli encarna un estilo mucho más pragmático.
Incluso analistas cercanos al gobierno definieron su llegada como “la antítesis” del jefe de Gabinete saliente.
Eso no implica que su tarea vaya a resultar sencilla.
Recibe un gobierno debilitado políticamente, con una coalición oficialista cada vez más dependiente del PRO y con crecientes tensiones internas.
Una crisis que deja más preguntas que respuestas
La caída de Adorni probablemente cierre un capítulo, pero difícilmente clausure el problema.
Las investigaciones judiciales continúan.
Persisten interrogantes sobre las responsabilidades políticas dentro del gobierno.
Y permanece abierta una cuestión mucho más profunda: por qué Javier Milei decidió sostener durante tantos meses a un funcionario cuyo desgaste era visible para prácticamente todo el sistema político.
La respuesta parece encontrarse en la propia lógica de funcionamiento del oficialismo.
En una estructura donde el poder se concentra casi exclusivamente en Javier y Karina Milei, las decisiones tienden a depender más de la confianza personal que de criterios institucionales.
Ese modelo puede ofrecer rapidez para gobernar cuando las cosas funcionan.
Pero cuando aparecen las crisis, suele transformarse en un mecanismo que posterga decisiones inevitables hasta que el costo político se vuelve insoportable.
La salida de Adorni no fue, entonces, una demostración de autoridad presidencial. Fue la aceptación tardía de una realidad que el gobierno intentó negar durante demasiado tiempo.
Y la llegada de Santilli constituye, más que un triunfo libertario, el reconocimiento de que la experiencia política que durante años fue despreciada terminó siendo indispensable para intentar sostener un gobierno que, por primera vez, quedó obligado a reemplazar la épica por el pragmatismo.
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