Crecimiento del desempleo
Por Julio María Sanguinetti
Hace un par de años, las preocupaciones ciudadanas se concentraban casi excluyentemente en el tema de la inseguridad. Por cierto ella no ha decrecido pero hoy se empareja con una angustiosa sensación de incertidumbre en el empleo que adquiere un protagonismo creciente a la luz de los propios guarismos oficiales.
Los datos son concluyentes. Hay menos gente trabajando y esa gente lo está haciendo por menos horas.
Por un lado tenemos que la desocupación actual es un 8,8% si se miden y comparan la cantidad de personas que quieren trabajar y quienes lo están haciendo efectivamente. En números significa que hay 157 mil personas que hoy procuran un trabajo que no consiguen.
Entre los menores de 25 años, la tasa de desempleo es del orden de 31% y en el conjunto de quienes trabajan, el promedio de horas trabajadas ha bajado de un orden de 39 por semana a poco más de 37, lo que acreciente entonces aquel 8,8% a un porcentaje muy superior.
Esta es la realidad. El desafío es intentar observar el camino para una recuperación que no se ve cercana. Ni el mercado exterior muestra mejoría en los precios de exportación de nuestros productos, ni la demanda interna revela ningún síntoma de entonarse. A ello se añade la situación argentina, que está golpeando seriamente en la actividad turística, desde Colonia hasta Punta del Este. O sea que en los sectores más intensivos de mano de obra, el panorama no es estimulante.
¿Cómo se puede hacer? Todo indica que la recuperación vendrá por más inversiones. Especialmente la mediana y pequeña, la del comercio, la de los talleres industriales, la de la agropecuaria en aquellos rubros más intensivos de mano de obra, como la lechería, que se está cayendo, o la viticultura, que desmaya detrás de las acosadas bodegas.
Por supuesto, la gran inversión es bienvenida, como es el caso de UPM, que será un gran movilizador en una actividad forestal que hoy ya ocupa 25 mil personas y tiene bastante margen para seguir creciendo. Desgraciadamente, ese proyecto se ha impopularizado por el secreteo en la negociación, los aspectos pocos claros de ella o aun las exigencias que resultan desdorosas, como posponer la decisión de la empresa de invertir —o no— hasta que el país cumpla con la condición de construir el ferrocarril.
El nuevo gobierno —hoy en gestación en los cuadros opositores— no podrá prometer lo que no puede cumplir. Por el contrario, tiene que asumir claramente la idea de que el proceso de regeneración de la confianza solo va a pasar por un clima de mayor optimismo basado en que lo necesario se empieza a hacer. Por ejemplo, el reajuste del sistema de pasividades solo impactará en lo financiero dentro de uno o dos gobiernos, pero comenzar a enfrentarlo es un factor de confianza, al llevar a los agentes económicos la convicción de que se ha empezado a hacer lo que hay que hacer y que, por lo tanto, el futuro está abierto. He ahí el nudo: hoy el mañana está sombrío, solo se ven nubes y un gobierno que llega a su fin arrastrándose, gastando lo que no tiene, sin la menor idea de cambio. Todo a los bandazos, aun en temas como la seguridad pública, que muestran un constante zigzagueo, que nos llevan desde arrojar todas las culpas a un Código que nació cuando ya existían 20 mil rapiñas hasta emplear a la Guardia Republicana en un manejo carcelario que notoriamente no es su especialidad.
El tema de las relaciones laborales —que abordamos en el editorial— ha venido creciendo como una preocupación empresarial, que se traslada a sus trabajadores. Los sindicatos no pueden ser indiferentes a este clima y tienen que asumir que los paros y conflictos son una contribución mortal al desánimo general. Ellos piensan que hay exageración en esa apreciación, pero los episodios recientes exhiben excesos —el reciente de la panificadora por ejemplo— que repercuten de un modo muy intenso. Cada empresario con el que se habla, especialmente los medianos, están buscando vericuetos para reducir personal y ni remotamente piensan en asumir la expansión de su plantilla. Esta realidad no se puede ignorar.
El empleo, entonces, ha pasado al primer plano de las preocupaciones y más que nunca el sistema político todo debe asumir con responsabilidad la situación. Prometer empleos y no decir cómo se conseguirá el milagro, es una demagogia que revertirá como un bumerán sobre sus responsables.
Seamos claros: solo reordenando la economía se volverá a encender la luz. Solo hay un empleo si antes hay una inversión, grande o chica pero inversión. De eso se trata.
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