Zelmar y “El Toba”
Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 5'
Por Julio María Sanguinetti
El expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti recuerda a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, dirigentes asesinados hace cincuenta años en Buenos Aires, y evoca la amistad que mantuvo con ambos más allá de las diferencias políticas.
Cuando iniciamos nuestra vida periodística y política en 1953, comenzaba también la de Zelmar Michelini. Tenía 12 años más que yo y venía precedido de una destacada actuación como dirigente del gremio bancario. Estuvimos juntos en el Semanario Canelones, a donde Luis Batlle nos había mandado a tratar de disputar la hegemonía interna a la lista 14, liderada en ese departamento por el Dr. Luis Alberto Brause y su esposa Blanca Berreta. El director del semanario era Maneco Flores Mora, un año mayor que Zelmar y, a esa altura, ya reputado periodista, que en Marcha había escrito célebres “contratapas”.
Fueron años de gran cercanía. “El Flaco”, tal cual le mencionábamos, sale diputado en 1954, momento hegemónico de la Lista 15, y repite en 1958, cuando el Partido Colorado pierde la elección luego de los consabidos 93 años de gobierno. Vino allí un momento de distanciamiento con Don Luis Batlle y formó, dentro del Partido, la Lista 99, con Renán Rodríguez, que venía del lado de la 14 y gozaba de gran prestigio. A él le acompañaron Hugo Batalla, Aquiles Lanza, Liborio Sica y Enrique Blixen. Salió Senador y luego, en 1967, cuando se retorna al presidencialismo, Gestido lo nombra Ministro de Industrias, pero renuncia pocos meses después. Muerto Gestido, asume Pacheco como Vicepresidente y él se decanta por una actitud radicalmente opositora que lo lleva, en 1970, a alejarse del Partido Colorado. Participa en la fundación del Frente Amplio, sale electo Senador y se exilia en Buenos Aires al producirse el golpe de Estado de 1973.
Fue un gran parlamentario. Orador elocuente, hablaba a gran velocidad y encendía los auditorios. En lo personal, afectuoso, encantador. Fue uno de nuestros testigos de casamiento y aun cuando se había apartado de la Lista 15, seguíamos viéndonos, a primerísima hora de la mañana, en La Alhambra, en la Plaza Matriz, donde tomábamos un café e intercambiábamos novedades. Nunca dejamos de sentirnos íntimos, al punto de confesarnos constantemente nuestras recíprocas preocupaciones políticas.
Su entierro en el Central fue muy dramático. Había mucha gente, no multitudes pero sí varios miles. Unos pocos pudimos entrar y cuando nos congregábamos para que hablara Hugo Batalla, nos dispersó la Guardia Republicana a caballo, que corría entre las tumbas. Tristísimo, indigno. De allí salimos acongojados, con José Luis y Marcos Batlle. Saludamos a muchos correligionarios colorados que habían concurrido y mientras amargábamos largos cafés, confesábamos nuestra incredulidad ante un país que parecería no ser el nuestro.
En el Cementerio del Buceo, por su lado, estaban enterrando a Héctor Gutiérrez Ruiz, “el Toba”. Le conocí en la Cámara de Diputados y nos hicimos muy amigos. Conversábamos mucho, nos entreteníamos divertidamente. Orteguianos los dos, filosofábamos sobre la declinación democrática del Uruguay. Muy imaginativo, siempre proclive a asumir historias de los pasillos, le encantaban los movimientos de la política aunque le costaba asumir sus realidades prácticas. Llegamos a tener tal confianza que el día antes de irse del Uruguay llamó a casa, para hablar conmigo y, no encontrándome, lo hizo largamente con Marta. Le contó que le acusaban de haberse quedado con el oro robado a Mailhos y su duda era si permanecer en Montevideo o irse, como efectivamente hizo.
Tenía señorío. La voz de barítono le ayudaba a decir sus discursos generalmente en clave emotiva o doctrinaria. Cuando lo eligieron Presidente de la Cámara de Diputados predominó más la simpatía que se había ganado en poco tiempo que las resultancias de un acuerdo.
A ambos les evoco con una gran y profunda nostalgia. Naturalmente, “el Flaco” fue el compañero de la juventud y eso es entrañable, singular. Continué esa amistad con su hermano Pedro hasta el último día de su vida y no solo le agradezco su afecto sino lo mucho que trabajó para que alcanzara la presidencia en las dos oportunidades en que lo procuré.
Los asesinatos aun nos sacuden a todos los uruguayos, después de cincuenta años. Entre otras cosas por no saber cabalmente cómo se encadenaron las circunstancias. Se sabe con certeza que los ejecutores eran argentinos, porque ni idea tenían de quienes eran Aparicio ni aun el propio Wilson, según la declaración de los testigos familiares. Se han conocido dos o tres participantes, posiblemente vinculados a un grupo paramilitar organizado desde la Armada argentina. De modo que cabe concluir inequívocamente que el dedo acusador vino de Montevideo. Con orden de matar o de apremiar y atemorizar, como también se dice, nada cambia. Podrá haberse desbordado algún episodio pero fueron cuatro asesinatos, no uno de casualidad. Eran criminales crueles y fríos, sin motivación emotiva, sin pasión. Llegaban allí para ejecutar y robar.
Era un tiempo terrible, el peor año de la dictadura uruguaya y creo —es una convicción personal— que todo se manejó en el plano de la Inteligencia militar y policial. Conociéndolos, ni por asomo pienso que Juan María Bordaberry o Juan Carlos Blanco dieron orden de matar a nadie, pese a su procesamiento en esta causa. Lo mismo ha escrito el historiador Lincoln Maiztegui. El poder, además, no lo tenían, mucho menos en este orden de la represión política. Hacía tiempo que la situación les había desbordado y por lo mismo fue Bordaberry desalojado del poder poco después, sin llegar a cumplir su mandato.
La congoja aun latente en todo caso no debe transformarse en odio. Tanto Michelini como Gutiérrez Ruiz eran gente de paz que jamás nos reclamaría venganza. Debemos mirar esa historia, con emoción por cercana, pero con serenidad por el deber de cuidar una democracia que si un día cayó fue porque algunos descreyeron de la libertad y la mayoría perdió la tolerancia.
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