Por Angelina Rios
Por segundo año consecutivo, el Estado salió a buscar a miles de niños y adolescentes que estaban fuera del sistema educativo. Casi tres mil regresaron este año. Es una buena noticia. Pero las cifras dejan abierta una pregunta más difícil que nos interpela: después de conseguir que vuelvan, ¿qué hacemos para que se queden?
Durante años, uno de los grandes problemas de la educación uruguaya se ha expresado en una palabra que parece técnica, pero detrás de la cual existen historias muy diferentes: desvinculación. Niños, niñas y adolescentes que dejan de asistir, pierden progresivamente el contacto con el centro educativo y finalmente quedan fuera del sistema.
En 2025 comenzó una forma diferente de enfrentar el problema. La estrategia interinstitucional de revinculación educativa, denominada Volver a los sueños, decidió no esperar simplemente el regreso. El Estado salió a buscarlos.
Ese primer año fueron identificados 5.382 niños, niñas y adolescentes sobre los que era necesario trabajar para lograr su revinculación. De ellos, 2.246 regresaron al sistema educativo, alrededor del 42%.
El presidente de la ANEP, Pablo Caggiani, resumió entonces el cambio de estrategia con una frase sencilla: “Ahora fuimos a buscarlos uno por uno para que vuelvan a las escuelas y liceos”.
La estrategia tiene también una dimensión económica. La asistencia a un centro educativo es una de las condiciones vinculadas al cobro de una prestación económica otorgada por el BPS, que son las Asignaciones Familiares. En 2025, quienes continuaban sin acreditar asistencia podían quedar alcanzados por la suspensión de esa asistencia, que podía restablecerse una vez acreditada nuevamente la concurrencia a un centro educativo.
Pero el segundo año de la experiencia aporta ahora un dato que obliga a mirar un poco más allá del resultado inmediato.
En 2026 fueron identificados 6.812 niños, niñas y adolescentes sobre los que era necesario actuar. En la primera etapa, 2.844 lograron revincularse. Otra vez, aproximadamente el 42%.
Hay, sin embargo, una diferencia que merece atención. El universo sobre el que fue necesario trabajar pasó de 5.382 en 2025 a 6.812 este año. Son 1.430 casos más.
La comparación no permite afirmar que la desvinculación educativa haya aumentado exactamente en esa proporción. Las bases de información fueron mejoradas para esta segunda edición y no necesariamente estamos comparando poblaciones idénticas.
Pero el dato abre preguntas.
¿Cuántos de esos 6.812 son nuevos casos? ¿Cuántos pertenecen al grupo que no pudo ser revinculado el año pasado? ¿Y hay entre ellos niños, niñas o adolescentes que fueron parte de aquellos 2.246 que regresaron en 2025 y que posteriormente volvieron a quedar fuera?
Los datos divulgados hasta ahora no permiten responderlo. Tampoco permiten conocer un número que sería especialmente importante y que nos permitiría saber cuántos de los 2.246 que regresaron en 2025 continúan hoy dentro del sistema educativo.
Y quizás allí comience el verdadero desafío del segundo año.
Porque conseguir que alguien atraviese nuevamente la puerta de una escuela o de un liceo es un logro. Pero es apenas el comienzo.
¿Qué encuentra ese niño o adolescente cuando vuelve? ¿Puede recuperar lo que perdió durante su ausencia? ¿Existe alguien que advierta una nueva sucesión de faltas antes de que vuelva a desaparecer del sistema? ¿Su familia tiene posibilidades de acompañarlo? ¿El centro educativo cuenta con las herramientas necesarias para sostener ese regreso?
La desvinculación rara vez ocurre de un día para otro. Muchas veces empieza silenciosamente. Un día es una falta y después es otra. Puede haber dificultades para seguir los cursos; problemas familiares; necesidad de trabajar; tareas de cuidado; frustración o simplemente la sensación de que estudiar dejó de tener sentido.
Y allí aparece otra realidad que las autoridades comenzaron a detectar con mayor claridad. Entre quienes permanecen fuera del sistema existe una fuerte presencia de adolescentes de 15 a 17 años, algunos de los cuales trabajan o necesitan hacerlo. Para ellos, la respuesta difícilmente pueda limitarse a decirles que deben volver al aula. También habrá que construir propuestas educativas compatibles con las circunstancias en las que viven.
Por eso, quizás haya llegado el momento de medir el éxito de estas políticas con una vara más exigente.
No solamente preguntar cuántos volvieron, sino también cuántos permanecieron.
Salir a buscarlos es indispensable. Encontrarlos es un avance. Conseguir que regresen es una oportunidad.
Pero después viene probablemente la parte más difícil, que es lograr que la escuela o el liceo vuelvan a tener un lugar posible en sus vidas.
Tal vez dentro de un año la cifra que más importe no sea saber que 2.844 volvieron.
Será saber cuántos siguen allí.