Verdad para ambos lados
Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 3'
Por Luis Hierro López
Las expresiones del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, deben leerse sin prejuicios ni dogmatismos; no dijo nada que deba herirnos como nación.
No comulgo con la actual política exterior de Estados Unidos, sobre todo la que expresa y personaliza su presidente, Donald Trump. Ha sido desordenada, caprichosa y hasta peligrosa. Por lo tanto, tampoco coincido en general con las posiciones del secretario de Estado Marco Rubio, aunque sus declaraciones suelen ser más cuidadosas y pragmáticas.
Su última intervención respecto al terrorismo como arma política —que ha levantado polvareda por aquí— va en ese sentido, haciendo un reconocimiento histórico de un fenómeno que golpeó fuerte a América Latina.
Al referirse a nuestra región, Rubio recordó que el «terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad reciente ni moderna. No es una ficción inventada por los políticos conservadores. (...) Todos y cada uno de nuestros amigos aquí presentes, procedentes de las naciones del Hemisferio Occidental, recuerdan... recuerdan las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones, el terror violento de los tupamaros, de los montoneros, de las FARC y del ELN. Recuerdan la barbarie inhumana de Sendero Luminoso en Perú, esos fanáticos maoístas que masacraron las aldeas campesinas peruanas (...). Recuerdan las decenas de miles de guerrilleros marxistas entrenados para matar en los campos terroristas de Castro».
La mención al «terror violento de los tupamaros», dentro de una cláusula genérica en la que también se alude a otros movimientos guerrilleros, provocó reacciones airadas en Uruguay y vacilaciones de la Cancillería, ante las presiones del propio Frente Amplio, algunos de cuyos sectores se opusieron a la participación de Uruguay en la reunión convocada por el gobierno de Trump. La Cancillería hizo lo que correspondía hacer, enviar al embajador ante Estados Unidos, lo que en sí mismo no significa ni un respaldo ni una crítica a lo que en la instancia se haya afirmado.
El jerarca norteamericano no dijo que el movimiento tupamaro sea actualmente una amenaza. Hizo una referencia histórica mencionando el terrorismo violento de ese grupo, el que, más allá de algunas cuestiones semánticas, no puede desmentirse. Es cierto que, al hacer una mención general, cabe recordar que los tupamaros no fueron tan terriblemente sanguinarios como Sendero Luminoso de Perú, pero los asesinatos, los secuestros y las bombas utilizadas en ese tiempo por el grupo insurgente en nuestro país, lo que sus protagonistas han intentado ocultar o desdibujar, son hechos que están en el pasado y que nada se logrará ocultándolos. Hubo algunos protagonistas de ese tiempo que han reconocido que en las cárceles del pueblo se atentó contra los derechos humanos y que los asesinatos fueron innecesarios, pero no hubo un sinceramiento general, que contribuya a regenerar el clima de verdad que se reclama, desde esos mismos sectores, respecto a la actuación castrense.
También es exagerada la reacción de la izquierda ante la propuesta del gobierno de Estados Unidos de armar una alianza contra el terrorismo y el delito internacional, como si no hubiera existido en el pasado una ola de acciones guerrilleras en toda América Latina, financiada y sostenida por Cuba y por otros países e intereses que promovieron una resuelta injerencia en nuestros países. Denunciar que Estados Unidos desea intervenir en los asuntos internos de otras naciones y, a la vez, ignorar que los grupos radicales de izquierda también lo hicieron o quieren seguir haciéndolo, es hemipléjico. Es evidente que Estados Unidos procura mantener su predominancia en la región, pero eso no significa promover un discurso de odio —como dice el comunicado del Frente Amplio— y la «estigmatización de la lucha popular». Seguir aseverando que las acciones tupamaras constituyeron una «lucha popular» es una grosera falsificación histórica, una más de las que se han venido tejiendo en torno a una reacción armada que no tuvo nada de romántica y sí mucho de violencia.
|
|
 |
Terminal TCP y el diálogo como coartada
|
La doble lectura de las PISA Julio María Sanguinetti
|
Una semana colorada que vale la pena recorrer
|
Una denuncia que exige respuestas inmediatas
|
Casupá: CAF confirma el alto riesgo que el gobierno minimizó
|
¿De qué se va a hablar el “Día de la Mujer Palestina”?
|
La JUTEP sigue perdiendo crédito
|
La universidad ignota: del absurdo a la irregularidad
|
El Partido Socialista contra la modernización, una vez más
|
Por un camarero...
|
El palo en la rueda Luis Hierro López
|
El Abuso o el túnel que horadó la democracia Santiago Torres
|
Veinte años de trazabilidad individual obligatoria: entre el relato oficial y la historia completa Tomás Laguna
|
Convertir la geografía en seguridad energética Fitzgerald Cantero Piali
|
La prisión domiciliaria que la política no quiso resolver Juan Carlos Nogueira
|
Estables, ¿pero conformes? Angelina Rios
|
Mucha militancia y poco curso: el curso de la Udelar sobre Palestina e Israel (Parte II) Jonás Bergstein
|
El Coyote le hace juicio al capitalismo de mierda Eduardo Irigoyen García
|
Veinticinco años de una herida que no cierra Marcela Pérez Pascual
|
Actuar no es proteger Alicia Quagliata Rienzi
|
Apenas una voz Susana Toricez
|
AfD: el triunfo que la etiqueta no explica
|
Brasil: el Supremo se desordena y la elección se cierra
|
El oportuno sarampión malvinense de Milei
|
La ministra que permaneció sentada
|
Meloni: la estabilidad como victoria y como coartada
|
Alejandro Betancourt, el personaje que ensombrece todavía más el pacto petrolero
|
Frases Célebres 1097
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|