Edición Nº 1082 - Viernes 15 de mayo de 2026

Venezuela y el riesgo del Uruguay “abrasilerado”

Edición Nº 1079 - Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 4'

Si Uruguay sucumbe —una vez más— a los intereses geopolíticos de Brasil y avala el regreso de Venezuela sin democracia, no estará adaptándose: estará renunciando, lisa y llanamente, a los principios que dice defender.

La discusión sobre Venezuela en el Mercosur ha entrado en una fase nueva —y más peligrosa—: ya no se trata solo de interpretar normas, sino de decidir si el bloque abandona definitivamente su propia vara democrática. Y, en ese giro, Brasil empuja. La pregunta es si Uruguay lo seguirá.

Un antecedente que nunca se resolvió

Conviene recordar el punto de partida. Venezuela ingresó al Mercosur en 2012 en condiciones institucionalmente forzadas, aprovechando la suspensión de Paraguay. Desde entonces, la relación fue errática hasta su quiebre formal: en 2016 y 2017 el bloque la suspendió por incumplimientos normativos y, sobre todo, por la ruptura del orden democrático, en aplicación de la cláusula del Protocolo de Ushuaia.

Esa decisión no fue simbólica. Fue el reconocimiento de que el régimen venezolano no cumplía —ni cumple— con los estándares mínimos exigidos para integrar el bloque.

Brasil acelera: el “momento diferente”

Ahora, Brasil decidió reabrir el caso. El vicepresidente Geraldo Alckmin sostiene que Venezuela atraviesa un “momento diferente” (?) y que su situación será reconsiderada en el Mercosur.

El planteo coincide con una dinámica más amplia: Brasil busca flexibilizar el bloque, ampliar márgenes de negociación internacional y reordenar alianzas en un contexto global incierto. En ese marco, Venezuela deja de ser un problema institucional para transformarse en una variable geopolítica.

Pero hay un dato adicional —y crucial— que subraya la gravedad del giro: el impulso no es aislado. Según reportó Clarín Brasil se suma a presiones regionales para avanzar en el reingreso venezolano, en un debate que “crece” dentro del Mercosur.

Es decir: no es una idea suelta. Es una corriente.

Uruguay: señales ambiguas, riesgo concreto

El mismo artículo de Clarín deja entrever un punto inquietante: Uruguay aparece en una posición más bien expectante, sin una oposición frontal al movimiento brasileño. Esa ambigüedad, en este contexto, no es neutralidad: es el primer paso hacia el alineamiento.

Y aquí emerge el problema de fondo.

Uruguay ha construido históricamente su política exterior sobre la defensa del derecho internacional, el multilateralismo y la democracia.

Pero hoy enfrenta una disyuntiva mucho más incómoda:
o sostiene esa tradición, o se “abrasilera”.

Es decir, o mantiene criterios propios —basados en normas y principios— o se pliega a la lógica de poder regional que impulsa Brasil, aun cuando esta implique relativizar la cláusula democrática.

Lo que no cambió en Venezuela

Porque el punto central sigue siendo el mismo, aunque se intente diluirlo:
  • No hay garantías electorales plenas ni cronograma creíble.
  • Persisten denuncias de presos políticos.
  • La represión continúa siendo parte del funcionamiento del régimen.
  • No existe una institucionalidad independiente que asegure alternancia.
Nada de eso ha sido revertido.

El único cambio visible es externo: una relación más funcional —y abiertamente cipaya con la administración de Donald Trump, que ha contribuido a reposicionar a Caracas en ciertos circuitos internacionales.

Pero eso no es democratización. Es reacomodamiento.

La tentación de vaciar la cláusula democrática

Aceptar el retorno de Venezuela en estas condiciones implicaría algo más grave que una decisión política puntual: significaría vaciar de contenido la cláusula democrática del Mercosur.

Porque si un país suspendido por “ruptura del orden democrático” puede volver sin haber restablecido ese orden, entonces la cláusula deja de ser una exigencia para convertirse en una formalidad negociable.

Y ese precedente no sería inocuo. Cambiaría la naturaleza misma del bloque.

Uruguay ante una definición incómoda

Por eso, la pregunta ya no es técnica ni diplomática. Es política en el sentido más profundo.

¿Va Uruguay a sostener que sin democracia no hay Mercosur posible?
¿O va a acompañar —por inercia, conveniencia o cálculo— este proceso de “abrasileramiento” que redefine las reglas según las necesidades del momento?

Porque esta vez no hay zona gris.

Si Uruguay convalida el reingreso de Venezuela sin cambios estructurales verificables, no estará simplemente adaptándose al contexto regional.
Estará aceptando que los principios que dice defender son, en realidad, optativos.

Y ese sí sería un cambio de fondo. Mucho más profundo —y mucho más preocupante— que cualquier “momento diferente” en Caracas.



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