Veinticinco años de una herida que no cierra
Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 6'
Por Marcela Pérez Pascual
Todos recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001 y qué estábamos haciendo cuando llegó la noticia. Las imágenes parecían cine: costaba creer que fueran reales, y sin embargo lo eran. Veinticinco años después, ese escalofrío sigue intacto.
Hoy, al caer la noche en Nueva York, dos columnas de luz azul volverán a elevarse sobre Lower Manhattan hasta el amanecer. Es el Tribute in Light, el homenaje que cada año reconstruye en el cielo la silueta de lo que ya no está. Esta vez, sin embargo, la fecha pesa distinto: se cumple un cuarto de siglo de ese día, y la plaza del Memorial del 11-S quedará reservada durante la ceremonia, como cada año, para los familiares de las 2.977 personas que murieron esa mañana en Nueva York, Washington y un campo de Pensilvania, así como de las seis víctimas del atentado de 1993 contra el World Trade Center. El resto del mundo la verá, una vez más, por pantalla. Así empezó todo.
Vale la pena detenerse un momento en lo que fue, literalmente, aquella mañana, porque el paso del tiempo tiende a limar los bordes más ásperos de los hechos y a convertirlos en fecha de calendario. No hubo advertencia posible para la ciudadanía común. Diecinueve hombres apenas armados con instrumentos cortantes secuestraron cuatro aviones comerciales y, en poco más de cien minutos, cambiaron el curso de la historia contemporánea. Dos aviones se estrellaron contra las Torres Norte y Sur del World Trade Center, que colapsaron ante los ojos de quienes, en el mundo entero, miramos en vivo, sin editar, sin la distancia que da el relato posterior. Un tercero impactó contra el Pentágono. El cuarto, destinado probablemente al Capitolio o a la Casa Blanca, cayó en un campo de Shanksville gracias a los pasajeros que se enfrentaron a los secuestradores. No hubo guion previo que preparara a nadie para eso. Esa es, quizás, la primera clave para entender lo que vino después: la conmoción no fue solo por la magnitud de la muerte, sino por lo impensado del método y por la certeza, instalada esa misma mañana, de que la seguridad hasta entonces dada por sentada, la de vivir en el país más poderoso del mundo, protegido por dos océanos, era una ilusión.
De ahí en más, la historia se puede contar en tres tiempos.
El primero es el de la herida inmediata: los bomberos, policías y voluntarios que subieron cuando todos bajaban, las llamadas telefónicas de despedida, las fotografías de desaparecidos pegadas en cada esquina de Manhattan durante semanas, la nube tóxica que hoy, veinticinco años después, sigue cobrándose vidas entre quienes trabajaron en el rescate y la limpieza de los escombros. El segundo es el de la respuesta institucional. Estados Unidos invadió Afganistán para desarticular a Al Qaeda y derrocar al régimen talibán que la protegía, y esa decisión tenía una lógica defendible. La guerra en Irak, en cambio, se lanzó sobre una premisa que después se demostró falsa, y todavía hoy resulta difícil de justificar incluso para quienes la tomaron. A esa respuesta se sumaron Guantánamo, la base naval que Estados Unidos mantiene en territorio cubano, usada desde 2002 para detener, muchas veces sin juicio, a sospechosos de terrorismo; los vuelos secretos de la CIA, que trasladaban a esos mismos sospechosos a terceros países para interrogarlos fuera del alcance de la ley estadounidense; y la expansión de la vigilancia al amparo de la Patriot Act, que amplió drásticamente las facultades del Estado para acceder a comunicaciones y registros personales. Cada una de esas medidas se presentó como necesaria para la seguridad. Pero todas dejaron abierta la misma pregunta, la que deberíamos hacernos frente a cualquier poder de excepción: cumplir la ley no alcanza si la ley misma se aparta de aquello que la vuelve legítima.
El tercer tiempo es el más largo, y todavía lo estamos transitando. Estados Unidos salió de la Guerra Fría convencido de que el mundo entero avanzaba, casi sin esfuerzo, hacia la democracia liberal y el mercado abierto. El 11-S desmintió esa comodidad. La guerra contra el terrorismo, presentada al principio como una respuesta a los atentados, se extendió durante dos décadas y alcanzó escenarios cada vez más alejados del atentado original, sin lograr nunca una victoria definitiva. Afganistán terminó en 2021 casi donde había empezado. Mientras tanto, China crecía. El mundo unipolar de 2001 dio paso, un cuarto de siglo después, a un tablero mucho más disputado. Y el terrorismo mismo se diversificó: junto a las organizaciones con jefaturas y enclaves territoriales apareció una amenaza más dispersa y digital, que no necesita bandera ni mando central para hacer daño.
Hay, además, una herida que no es solo estadounidense. Madrid en 2004, Londres en 2005, París en 2015: la lógica terrorista que aquella mañana de septiembre alcanzó una escala inédita encontró réplicas en distintos puntos del planeta, y con ella llegaron los controles de seguridad que hoy naturalizamos en cualquier aeropuerto del mundo, las cámaras, los protocolos, la sospecha instalada como parte del paisaje cotidiano. También llegó, como reverso oscuro de la respuesta, un aumento comprobado de la discriminación y los prejuicios contra comunidades musulmanas enteras, castigadas colectivamente por los crímenes de diecinueve fanáticos con los que nada tenían que ver.
Lo más inquietante, a veinticinco años de distancia, es comprobar que la memoria misma empieza a desdibujarse. Una proporción creciente de la población mundial, y también estadounidense, no vivió aquella mañana; para ella, el 11-S es historia contada, no experiencia propia. Los museos y memoriales cumplen hoy una función distinta a la de hace una década: ya no solo honran a las víctimas, sino que luchan contra el olvido de una generación que necesita que se le explique por qué el mundo en el que nació, con controles biométricos en aeropuertos y pasos fronterizos, con la palabra «terrorismo» incorporada al vocabulario cotidiano, con la sospecha como categoría política, es, en gran medida, hijo de aquel martes de septiembre.
El mundo no cambió el 11 de septiembre de 2001 porque cayeran dos torres de acero y vidrio. Cambió porque, con ellas, cayó también la certeza de que el horror era cosa de otros, de lugares lejanos, de guerras ajenas. Sin esa inocencia perdida no hay manera de entender por qué Occidente construyó, en apenas un cuarto de siglo, un aparato de seguridad sin precedentes; tampoco hay manera de entender por qué, a la vez, sigue sin encontrar una respuesta definitiva a la pregunta que quedó abierta esa mañana. Sin memoria activa no hay lección. Solo hay olvido. Y el olvido, con el tiempo, es la forma más silenciosa en que las heridas dejan de doler y, simplemente, de enseñarnos algo.
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