Edición Nº 1067 - Viernes 6 de febrero de 2026

Uruguay ante el mundo fragmentado: el arte de no elegir mal

Edición Nº 1067 - Viernes 6 de febrero de 2026. Lectura: 5'

Por Juan Carlos Nogueira

El mundo ya no se organiza alrededor de un consenso global, sino en torno a bloques de poder en competencia abierta.

Estados Unidos y el Occidente ampliado —con sus democracias liberales, su arquitectura financiera y su hegemonía normativa— enfrentan a una China que no busca aliados ideológicos, sino dependencias funcionales, y a una Rusia cada vez más encapsulada en el poder militar y energético, crecientemente subordinada a Beijing.

Entre ambos polos se mueven potencias medias oportunistas, foros como los BRICS y un equilibrio inestable de intereses que cambia según el tema, el momento y el precio.

En ese tablero, Uruguay no es una potencia ni pretende serlo. Carece de músculo militar, no controla cuellos de botella estratégicos, no define reglas ni altera equilibrios regionales. Pero tampoco es irrelevante: es una jurisdicción predecible, una plaza logística y financiera pequeña pero confiable, un país institucionalmente sólido en una región volátil. Ese es su activo central. Y, paradójicamente, también su mayor fragilidad.

Uruguay está anclado estructuralmente en Occidente no solo por geografía, sino por su sistema político, su Estado de Derecho y su cultura institucional. Sin embargo, su principal socio comercial es China, que absorbe cerca de una cuarta parte de sus exportaciones. A eso se suma la camisa de fuerza del Mercosur, que ha limitado su margen de maniobra comercial sin ofrecer una compensación estratégica equivalente. El resultado es una incomodidad creciente: dependencia económica de una potencia que no protege, y pertenencia geopolítica a un bloque antagónico del primero y, que exige definiciones.

La tentación, en ese contexto, es “elegir un lado”. Y ahí es donde conviene escuchar a Sun Tzu y a Maquiavelo, no como citas eruditas, sino como manuales crudos de supervivencia para actores pequeños en sistemas dominados por gigantes.

Según Sun Tzu, “cuando los intereses no son comunes, no se pueden hacer planes”. No habla de valores ni de afinidades culturales, sino de intereses durables. Todo lo demás es retórica. Una alianza fundada solo en la oposición a un tercero no crea coordinación estratégica, apenas coincidencias transitorias. Para Sun Tzu, eso es una derrota anticipada porque se pierde el control del campo de juego y el eje de decisión se desplaza hacia el socio.

Maquiavelo, por su parte, es todavía más brutal. En El Príncipe insiste en que quien se apoya en fuerzas ajenas se arruina, y que las alianzas nacidas del temor o del despecho conducen a la servidumbre. El error fatal es creer que una alianza fundada en la negación puede sostenerse en el tiempo. El socio fuerte nunca olvida que fue elegido por necesidad, no por convicción. Y la necesidad es el punto exacto donde empieza la dependencia.

Aplicado al dilema uruguayo, el mensaje es incómodo pero claro. Alinearse explícitamente con China puede ofrecer beneficios económicos inmediatos: mercado, inversión rápida, financiamiento e infraestructura. Pero el costo estratégico es alto y duradero: pérdida de confianza occidental, encasillamiento primario, dependencia comercial asimétrica y, sobre todo, ausencia de protección y camino de difícil retorno. China compra y financia, pero no ofrece —al menos hasta ahora— redes de contención sistémica comparables al FMI, la Reserva Federal o la arquitectura financiera occidental.

Cabe recordar la crisis del 2002. En 2002, Uruguay quedó atrapado en la onda expansiva del colapso argentino. Hubo corrida bancaria, retiro masivo de depósitos (especialmente de no residentes), caída brutal de reservas y cierre del sistema financiero. Técnicamente, el país estaba a un paso del default soberano. No fue una crisis fiscal clásica —Uruguay no había gastado descontroladamente— sino una crisis de liquidez y confianza. El problema no era insolvencia estructural, sino que el Estado se estaba quedando sin dólares ya.

En agosto, el presidente Jorge Batlle logró que el presidente Bush interviniera políticamente para destrabar un paquete de asistencia excepcional. El resultado fue un préstamo puente de aproximadamente USD 1.500 millones, canalizado a través del FMI. Ese dinero permitió reabrir los bancos, frenar la corrida, cumplir pagos inmediatos, evitar el default que estaba pidiendo el Frente Amplio. Uruguay tenía una reputación seria: no había roto contratos, no había confiscado depósitos, no había confrontado con organismos internacionales, mantuvo una narrativa de responsabilidad institucional y se mostró cooperativo, predecible y alineado con el orden financiero occidental. Para USA, rescatar a Uruguay reforzaba el mensaje de que el sistema protege a quienes juegan dentro de las reglas. Occidente protege a quienes considera parte del sistema. China no protegía entonces y no protege hoy en crisis de liquidez soberana.

Alinearse sin matices con USA y Occidente, tampoco es la panacea. Ofrece estabilidad sistémica, reputación, acceso a financiamiento, inserción tecnológica y cobertura diplomática. Pero también implica costos: dolor económico de corto plazo, riesgo de represalias comerciales chinas y una pérdida de autonomía relativa. Uruguay pasaría de “bisagra” a periferia alineada. Estabilidad a cambio de flexibilidad.

El punto central es que ninguna de las dos alineaciones resuelve el dilema de fondo. Solo desplazan dependencias. Sun Tzu y Maquiavelo coinciden en una advertencia esencial: las alianzas reactivas no equilibran, subordinan. A modo de ejemplo, el Mercosur no solo ha restringido acuerdos, también encierra a Uruguay en la lógica política de sus vecinos, donde la agenda comercial suele subordinarse a la interna.

Cambiar de eje por oposición no es ganar autonomía, es redefinir quién manda.

Para Uruguay, la estrategia más racional no es la épica del alineamiento, sino la disciplina de la neutralidad activa. No una neutralidad declamativa ni ingenua, sino una neutralidad estratégica consistente en:

• Evitar pronunciamientos geopolíticos innecesarios (como la referencia a Taiwán, por ejemplo).
• Preservar vínculos comerciales con todos.
• Evitar convertirse en plataforma de nadie.
• Explotar nuestro verdadero valor diferencial: consolidarse como intermediario limpio, jurisdicción confiable, nodo de servicios, logística, datos, alimentos premium y conocimiento en el Cono Sur.

En un mundo fragmentado, los países pequeños no sobreviven eligiendo bandos, sino conservando margen de maniobra. Sun Tzu diría que la victoria está en no entrar a batallas ajenas. Maquiavelo agregaría que conservar la libertad de maniobra es preferible a una alianza humillante. Uruguay no necesita ser protagonista del conflicto global. Necesita ser imprescindible para todos y prescindible para ninguno.



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