Una vergüenza para la democracia uruguaya
Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 6'
Por Santiago Torres
Que legisladores del Frente Amplio pretendan homenajear al dictador Fidel Castro en el Palacio Legislativo constituye una afrenta a la democracia, a los derechos humanos y a los millones de cubanos que han sufrido las consecuencias de una de las tiranías más prolongadas de nuestro continente. La firme denuncia del diputado colorado Felipe Schipani merece el más amplio respaldo.
Hay cosas que una democracia no debería tolerar sin expresar, por lo menos, su más enérgico repudio. Que en el Palacio Legislativo uruguayo, símbolo de nuestras libertades republicanas, se organice un homenaje a Fidel Castro es una de ellas. No estamos ante una inocente evocación histórica ni frente a un ejercicio académico destinado a examinar luces y sombras de un personaje controvertido. Estamos ante un acto de exaltación de un dictador que sometió a su pueblo durante décadas y dejó como herencia un régimen de partido único, persecución política, censura y ausencia de libertades.
La actividad, convocada para este jueves 5 de noviembre bajo el título 100 años de Fidel en solidaridad con Cuba, está organizada por legisladores del Frente Amplio y la Embajada cubana. Participarán representantes del oficialismo, incluida la subsecretaria de Educación y Cultura, Gabriela Verde, y de la dictadura que todavía gobierna la isla. Y todo ello tendrá lugar, para mayor escarnio, en dependencias del Parlamento nacional.
¡Qué vergüenza!
El diputado colorado Felipe Schipani ha puesto las cosas en su lugar con una claridad que merece destacarse. "En la casa de la democracia no se puede homenajear a un dictador", afirmó. Y agregó una advertencia que debería resonar en cada despacho parlamentario: "Todo tiene un límite".
Tiene toda la razón.
Schipani recordó lo que algunos parecen empeñados en olvidar: "Fidel Castro asesinó, persiguió, encarceló y torturó". No se trata de diferencias ideológicas ni de distintas interpretaciones de la historia. Se trata de hechos que ningún demócrata debería relativizar.
El legislador fue todavía más contundente al preguntar qué diferencia existe entre Castro y los dictadores que cerraron el Parlamento uruguayo, o entre el gobernante cubano y Pinochet o Videla.
La pregunta es demoledora. Y la respuesta, para cualquier persona comprometida sinceramente con los derechos humanos, debería ser evidente.
¿Se imaginan a legisladores uruguayos organizando en el Palacio Legislativo un homenaje a Augusto Pinochet con motivo del centenario de su nacimiento? ¿O celebrando la trayectoria de Jorge Rafael Videla? ¿Qué reacción provocaría semejante iniciativa entre quienes hoy se disponen a rendir tributo a Castro?
El escándalo sería monumental. Y con razón.
Porque los derechos humanos no tienen signo ideológico. La tortura no se vuelve aceptable cuando la practica un gobierno de izquierda. La prisión política no se transforma en justicia revolucionaria porque quien ordena los encarcelamientos se proclama socialista. La censura no deja de ser censura cuando se ejerce en nombre de una supuesta emancipación popular.
Sin embargo, para determinados sectores del Frente Amplio parece existir una categoría especial de dictadores, merecedores de indulgencia, admiración y hasta homenajes oficiales, siempre que hayan levantado las banderas ideológicas adecuadas.
Esa doble moral resulta sencillamente repugnante.
Durante 67 años, los cubanos han vivido bajo un sistema político que les niega la posibilidad de elegir libremente a sus gobernantes. Millones han abandonado la isla, arriesgando incluso sus vidas para escapar de la represión, la falta de oportunidades y la miseria.
Schipani también tuvo palabras para ellos. Preguntó si acaso alguien cree que los millones de exiliados cubanos están haciendo turismo, y recordó que abandonan su patria huyendo de la opresión.
Esos cubanos, muchos de los cuales encontraron refugio en nuestro país, merecen respeto. No merecen contemplar cómo el Parlamento de la República Oriental del Uruguay se convierte en escenario de una celebración de quien fue el principal responsable de su tragedia nacional.
Y hay un agravante que no puede pasar inadvertido.
El martes, cuando Schipani intentó que la Cámara de Representantes discutiera el asunto como cuestión política, la iniciativa fue rechazada por 51 votos contra 37. Ni siquiera se permitió abrir el debate parlamentario.
El diputado colorado cerró su intervención con una exhortación tan sencilla como reveladora: "No hagan como en Cuba y habiliten el debate".
La ironía es amarga. En el Parlamento de un país libre se rechazó discutir el homenaje a quien gobernó un país sin libertades. Naturalmente, no estamos equiparando una votación parlamentaria legítima con la represión de una dictadura. Pero la contradicción política y moral resulta inocultable.
Tampoco alcanza con invocar la pluralidad de opiniones o la inexistencia de una reglamentación específica para utilizar las salas parlamentarias. La libertad de expresión protege incluso las ideas que nos repugnan. Pero una cosa es permitir que alguien exprese su admiración por un dictador y otra muy distinta es facilitar que se le rinda homenaje en la sede institucional de la democracia uruguaya.
Como señaló Schipani, quienes quieran celebrar a Castro pueden hacerlo en sus comités de base. Allí deberán responder políticamente por semejante reivindicación. Lo inadmisible es trasladar esa exaltación al ámbito parlamentario, como si la figura homenajeada fuera compatible con los valores republicanos que el edificio representa.
No puede olvidarse, además, que nuestro país sufrió una dictadura que clausuró el Parlamento, persiguió opositores, encarceló ciudadanos y vulneró derechos fundamentales. Esa experiencia debería habernos enseñado que ninguna justificación ideológica puede legitimar el autoritarismo.
Quienes reivindican la memoria de las víctimas de nuestra dictadura tienen una obligación moral particularmente exigente: reconocer también a las víctimas de las dictaduras ajenas, aunque sus verdugos hayan sido compañeros de ruta ideológica.
No se puede condenar el terrorismo de Estado en Montevideo y celebrarlo en La Habana. No se puede exigir memoria, verdad y justicia para unos y ofrecer homenajes a los responsables del sufrimiento de otros.
La solidaridad con Cuba no consiste en homenajear a Fidel Castro. Consiste en solidarizarse con los cubanos que reclaman libertad, democracia, elecciones auténticas y respeto por sus derechos fundamentales.
El Frente Amplio tiene derecho a sus simpatías históricas. Lo que no tiene es derecho a pretender que la sociedad uruguaya acepte mansamente esta afrenta a sus convicciones democráticas.
Fidel Castro fue un dictador. No un ejemplo de democracia, no un defensor de las libertades, no un gobernante merecedor de honores republicanos. Un dictador.
Y rendirle homenaje en el Palacio Legislativo uruguayo es una vergüenza que debe ser denunciada sin eufemismos ni contemplaciones.
Felipe Schipani ha levantado la voz con firmeza y coraje político. Su denuncia honra la mejor tradición democrática del Partido Colorado y merece el respaldo de todos aquellos que entienden que la defensa de la libertad no admite excepciones ideológicas.
En la casa de la democracia, a los dictadores no se los homenajea. Se los condena.
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