Una peligrosísima aventura
Viernes 17 de abril de 2026. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
El impulso oficial de crear una Universidad de la Educación reabre un debate recurrente: si el problema es de estructura o de resultados. Entre diagnósticos insuficientes, modelos cuestionables y riesgos de fragmentación institucional, la propuesta aparece más como un gesto nominal que como una solución efectiva a la crisis educativa.
Está claro que nuestro sistema educativo hoy no satisface plenamente las necesidades del país. Si la mitad de los jóvenes no termina la educación media, estamos en problemas. Y si la otra mitad que culmina llega a la Universidad con una formación insuficiente, tal cual lo han dicho insistentemente algunas Facultades como Ingeniería, advertimos que la situación es más grave aún. La dimensión es cuantitativa y cualitativa. Pero como las urgencias no estallan y los resultados, buenos o malos, se verán a distancia en el tiempo, seguimos navegando.
Por ahora el nuevo Codicen no ha pasado de desmontar algunos aspectos importantes de la Transformación Educativa del período anterior. El gobierno, por su parte, avanza con la vieja idea de la Universidad de la Educación, que hemos discutido años y cada vez convence menos.
Leída la propuesta, se advierte su total endeblez. Los ejemplos del exterior que se proponen son absolutamente insuficientes. Tanto el de Argentina como el de Ecuador son típicas invenciones del populismo kirchnerista y correísta, y lo de México tiene bien poco que ver, porque la autoridad superior sigue teniendo una superintendencia fundamental y no se puede avanzar en programas sin su aprobación. El Prof. Claudio Rama, experto en el tema, ha publicado ya importantes cuestionamientos a la importación de esos modelos.
Nos lanzamos a una aventura cuya primera consecuencia, para nosotros nefasta, es la desconexión del sistema. Costó muchísimo que Primaria, Secundaria y UTU se fueran realmente coordinando debajo de la autoridad autónoma del Codicen. Cuando este nació, en 1972, muchos lo discutían defendiendo las sagradas autonomías de las ramas históricas. Desde entonces, no hubo gobierno que no procurara fortalecer su autoridad para darle al proceso educativo la coherencia y continuidad imprescindibles. No tenemos duda de que la nueva universidad, en nombre de su autonomía, formará los docentes que se ajustan a su criterio y que seguramente rechinarán con el Codicen, que es quien les dará empleo. Abriremos una querella de competencias e investiduras como los feudalismos medievales que tanto contagian a las burocracias.
La palabra “universidad” convoca, da prestigio y por eso es que ya el gobierno anterior armó un procedimiento de titulación universitaria. Lo hizo de buena fe, no pensando solamente en el rótulo, sino en que la formación respondiera realmente a un nivel de calidad universitaria. Ahora se ha desactivado y no se ha sustituido por nada. ¿Por qué desarmar y quedar al garete? ¿Por qué no mejorar un sistema reformable?
Para peor, la idea camina por el sendero probadamente ineficaz del cogobierno. Hablando claro, gobierno de los retrógrados sindicalismos corporativos. Ni siquiera se considera a los egresados. El gobierno, la administración, vivirá la conocida endogamia sindical que, alejada de la realidad económica y social del país, propondrá profesores para un país ideal, utópico, que nada tendrá que ver con los principios de nuestra Constitución republicana. No es esta una afirmación prejuiciosa, sino simplemente el resultado de la lectura de las proclamas, propuestas y resoluciones de las Asambleas Técnico-docentes.
Por otra parte, y esto también es importante: habrá una recarga presupuestal, porque la dificilísima división de la ANEP obligará a instalar asesoramientos jurídicos y elementos de apoyo administrativo inevitables. El Ministerio de Economía lucha en el día a día con el déficit endémico. Un nuevo Ministerio de Justicia y esta nueva universidad serán un recargo enorme. Ni idea tienen los que emprenden esta ruta que imaginan innovadora.
Hoy, en el IPA solo el 45 % llega a titularse. Y en el tiempo pedagógico normal, solo el 3 %. ¿Podemos avanzar sin una exhaustiva investigación de por qué ocurre un tan bajo rendimiento antes de emprender esta empinada cuesta que se propone? ¿Qué otras opciones se consideraron?
El debate es nominalista. Se piensa que poner una universidad ya es un avance, cuando el país tiene una larga tradición de formación docente que tenemos que diagnosticar en serio y mejorar, a partir de algo tan elemental como disminuir un ausentismo al que solo le cabe la nota de inmoral.
Llamamos a la reflexión. Pensemos. No improvisemos.
No por mucho madrugar se amanece más temprano.
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