Una medida simbólica... y profundamente equivocada
Viernes 8 de mayo de 2026. Lectura: 3'
La tentación de llamar “imbecilidad” a una política pública suele ser peligrosa. Pero hay casos en los que el calificativo no es un exabrupto: es una descripción precisa. La decisión del Ayuntamiento de Ámsterdam de prohibir la publicidad de carne en el espacio público es uno de ellos.
Desde el 1° de mayo de 2026, la capital neerlandesa eliminó de vallas, marquesinas y estaciones de transporte toda publicidad de productos cárnicos —junto con anuncios de vuelos, combustibles fósiles y autos a gasolina— con el argumento de reducir el impacto climático y desalentar el consumo.
La lógica es simple: si la publicidad influye en las decisiones de consumo, eliminarla ayudaría a cambiar hábitos. Pero esa simplicidad es, precisamente, el problema.
Primero, porque la propia medida reconoce su irrelevancia práctica: no prohíbe la venta, ni la publicidad en medios digitales, prensa, televisión o incluso en los propios comercios. Es decir, no apunta al consumo real, sino a una fracción marginal de su promoción.
Segundo, porque el peso de esa publicidad es insignificante. Según datos citados en el propio debate, los anuncios de carne representan apenas el 0,1% de la publicidad exterior. La idea de que eliminar ese porcentaje cambiará hábitos de consumo masivo no es política pública: es pensamiento mágico.
El desliz autoritario: del consumo al control cultural
El problema de fondo no es ambiental, sino conceptual. La medida parte de una premisa inquietante: que el Estado puede —y debe— moldear las decisiones individuales restringiendo qué se puede mostrar en el espacio público.
Hoy es la carne. Ayer fueron los combustibles fósiles. Mañana, ¿qué sigue? ¿Azúcar? ¿Alcohol? ¿Carbohidratos? ¿Carne roja, blanca, procesada? La pendiente es evidente.
No se trata de comparar con el tabaco —como suelen hacer los defensores de estas políticas— porque el tabaco tiene un consenso sanitario directo y un daño individual inmediato. La carne, en cambio, es un alimento central en la dieta humana, con valor nutricional, cultural y económico. Equiparar ambos planos es intelectualmente deshonesto.
La incoherencia económica y cultural
La decisión resulta aún más absurda si se considera que los Países Bajos son un actor relevante en la producción agroalimentaria europea. Es decir, se produce carne, se exporta carne, se lucra con la cadena cárnica… pero se prohíbe su publicidad en la vía pública.
Es una forma de hipocresía institucional: el problema no es la actividad, sino su visibilidad.
Además, la política ignora deliberadamente el carácter cultural de la alimentación. Comer no es solo una función biológica; es tradición, identidad, historia. Pretender rediseñar eso desde una ordenanza municipal revela una desconexión profunda entre la política y la vida real.
El fracaso anunciado de la ingeniería social
La experiencia histórica es clara: las políticas que buscan modificar conductas complejas mediante restricciones simbólicas tienden a fracasar o a generar efectos marginales.
Eliminar un cartel no cambia hábitos arraigados, del mismo modo que prohibir anuncios de viajes no elimina el turismo. Lo que sí genera es una ilusión de acción —una “política performativa”— que permite a los gobiernos exhibir compromiso sin asumir costos reales.
Conclusión: moralismo disfrazado de política pública
La prohibición de la publicidad de carne en Ámsterdam no es una política climática eficaz. Es un gesto ideológico, de bajo impacto y alto simbolismo, que avanza sobre la libertad de elección bajo la excusa de la sostenibilidad.
Y ahí radica su verdadero problema: no resuelve nada relevante, pero sienta un precedente peligroso.
Cuando la política deja de persuadir y empieza a ocultar —cuando en lugar de debatir decide borrar— deja de ser política pública y se convierte en moralismo coercitivo.
Y eso, más que una estrategia ambiental, es una forma sofisticada de estupidez institucional.
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