Una jornada de heroísmo y libertad
La Revolución del Quebracho marcó el fin del militarismo y fue una valiente expresión generacional a favor de la libertad, según una columna de Luis Hierro López publicada en La Prensa de Salto. Reproducimos ese texto.
La Revolución del Quebracho, concretada a fines de marzo de 1886, representó la respuesta de la sociedad al militarismo, que ya sumaba más de once años de gobiernos dictatoriales.
Las colectividades políticas se coaligaron en Buenos Aires para preparar una invasión, pero la tónica de la convocatoria fue más generacional que partidaria, ya que cientos de jóvenes se alistaron en las fuerzas revoluciones y no lo hicieron según sus afiliaciones sectoriales, sino por un sentimiento nacional de rebeldía y reivindicación libertaria.
La invasión fue un fracaso, por falta de coordinación militar y porque los grupos de luchadores habían sido infiltrados por agentes santistas, por lo que el Ejército estaba esperando a los invasores. La batalla, ocurrida entre el 30 y el 31 de marzo, terminó con una aplastante derrota que produjo cerca de 300 muertos en las filas revolucionarias y 700 prisioneros.
Como un signo de los tiempos nuevos que se avecinaban, los detenidos no fueron ejecutados y a los pocos días todos recuperaron la libertad.
Pero vencida militarmente, aquella jornada tuvo un notorio éxito político.
Como sostuvo Pivel Devoto, derrotada en el campo de batalla la Revolución de El Quebracho, “estaba sin embargo llamada a ganar el combate ante la opinión pública”, juicio histórico que coincide con la visión que en su momento tuvieron los propios protagonistas, como Pedro Casamayou, uno de los jóvenes combatientes, quien en un libro inmediatamente posterior dijo que “la revolución fue grande por la causa que la engendró, más grande todavía por las fuerzas que contribuyeron a su desarrollo, y mucho más grande aún por los efectos morales y políticos que puede reportar para el país, aun después de su derrota definitiva”.
Entre los combatientes se encontraba José Batlle y Ordóñez, quien “peleó con gran valentía y en los momentos más dramáticos del combate se le vio alentando a sus compañeros de lucha”, según testimonio que recoge el historiador Félix Montaldo, quien relata varios episodios de heroísmo protagonizadas por los jóvenes montevideanos.
“Fueron abundantes los actos de heroísmo en este ejército, que tienen especial significación por las condiciones adversas y sin esperanzas bajo las que lucharon y demostraron la convicción y el entusiasmo que había en la base del movimiento. Para ilustrar estos hechos daremos algunos ejemplos de estos actos de heroísmo: Ernesto Villar, que contaba con 17 años, se suicidó con un balazo para no entregarse a un oficial santista que iba a arrestarlo, diciendo “yo no me entrego a la gente de Santos”. Juan Antonio Magariños, herido de dos balazos, dijo a su hermano Mateo Magariños cuando se acercó a auxiliarlo: “No es preciso que tú me ayudes a andar, ve a cumplir con tu deber”. Un joven de apellido Soto, de la 2ª Compañía del Batallón Montevideo, cuando ya estaban derrotados, se separó del batallón con 6 u 8 compañeros e improvisó una guerrilla que fue finalmente arrollada por el enemigo; uno de los combatientes que murió en la lucha solo tenía 14 o 15 años y junto a su cuerpo se encontraron como 200 cápsulas vacías: había disparado hasta el último tiro”.
Estos muchachos integraban una notable generación de uruguayos que, más allá de sus tendencias partidarias, tenían un profundo amor por la libertad y soñaban y luchaban por un Uruguay modernizado. Según los estudios de la Fundación Vázquez y Vega, “reelaboraron la herencia espiritualista francesa a la que le agregaron el espiritualismo alemán y sobre esa base articularon una propuesta nueva, en abierta polémica con la anterior. En pugna con el militarismo de Latorre primero y de Santos después, a través de las sociedades científicas y literarias y de una intensísima acción periodística, proyectaron una sociedad nueva, abierta y libertaria”. Como sostuvo Jorge Batlle, el Quebracho “fue una revolución que procuró no solo concluir con un período militar y restablecer las libertades republicanas y democráticas en las que había nacido Uruguay [...] sino que colocó a Uruguay en el mundo”.
Es claro que tras la revolución, el Uruguay cambió sustancialmente. José Batlle y Ordóñez fundó El Día pocos meses después, en junio, y desde esa tribuna inició su formidable prédica a favor de la modernización democrática de los partidos. A mediados de 1886 se instaló el “Ministerio de Conciliación”, desde el que Julio Herrera y Obes desarrolló su tarea civilizatoria para desmantelar el militarismo.
Los jóvenes del Quebracho nos enseñaron a los uruguayos que tenemos derecho a rebelarnos ante las dictaduras y que la libertad es nuestro valor supremo.
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