Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026

Una extraña fotografía

Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 4'

Por Julio María Sanguinetti

La fotografía política y social del Uruguay de hoy resulta extraña. Sus contornos esenciales lucen como siempre: democracia, separación de poderes, libertad de conciencia, rotación normal de los partidos políticos en el gobierno, paz. También se preservan los ribetes de los últimos años: calma económica, baja inflación, crecimiento bajo, crédito internacional, desocupación en valores tradicionales, déficit fiscal permanente pero aún administrable.

Cuando el zoom hace una aproximación y se va más a los detalles, la mirada es preocupante. Mucho más preocupante. La violencia social es un fenómeno hoy inocultable. La delincuencia notoriamente ha crecido. El fenómeno de la droga envenena progresivamente la sociedad uruguaya, con una pasividad alarmante de la autoridad pública. Es evidente que no hay joven que crea que la marihuana es dañina, como se ha probado en el terreno científico de modo incuestionable. No se trata hoy de ir a un prohibicionismo que probablemente agravaría la situación, pero sí a una acción informativa y pedagógica en serio. En serio quiere decir involucrar ante todo al sistema educativo, convencer a sus actores para que se comprometan. Ni hablar del cuerpo médico. Seamos honestos: cualquier entrevista médica arranca preguntando si el paciente fuma, pero casi nunca si ello es con marihuana u otro estupefaciente.

Naturalmente, la marihuana está en la periferia de la cuestión, pero por allí empezó el contagio y por allí empezará a caer si se logra hacer lo debido.

El tema nos lleva a otros ámbitos. Uno fundamental es el de la educación. Los liceos hoy son una fuente de violencia y tráfico menor que los docentes reconocen. No todos los establecimientos son iguales, pero hay zonas donde los incidentes entre los estudiantes son casi a diario. Y se terminan involucrando padres que por cierto tampoco responden a conductas ejemplares. Lo hemos escuchado de profesores, incluso lesionados por intentar apartar a los que se pelean.

La policía actúa en esos casos. Se labra algún acta, pero no pasa nada, salvo que se afecte a algún dirigente gremial y entonces viene la respuesta clásica: el paro. El mágico paro. El repetitivo, inservible y desalentador paro. Luego, nada, porque las autoridades no asumen el rol de autoridad que les es obligatorio. Hay un terror pánico, paralizante, a ser acusado de autoritario o fascista.

Estos días nos sacudimos por la agresión a puñaladas de una joven estudiante por un compañero. Es un caso aleccionador, pero que no está aislado. Es parte de un clima.

Pasemos a otro ámbito, ya clásico: el del fútbol. Este domingo pasado ocurrió con Peñarol, antes con Nacional. En lo personal nos duele particularmente lo de Peñarol, por obvios motivos. En los últimos tiempos el club ha pagado millones de dólares por las estupideces nacionales e internacionales de una famosa “barra”, que desprestigia y desalienta al aficionado real. Vemos los estadios llenos y sin problemas en Europa. Con el público al lado de la cancha. Hubo una época de agresiones e inseguridad. Se superó. Aquí seguimos sin asumir el tema. Se toman medidas notoriamente insuficientes. Se les concede a “las barras” una legitimidad representativa que no se merecen.

Digamos también con voz clara que la deserción policial fue en su momento una declaración de impotencia inaceptable e insostenible. Si no podemos mantener la seguridad de una cancha de fútbol, ¿es lógico imaginar éxito en el enfrentamiento al crimen organizado? Cada día resulta más ridícula la teoría de que un partido de fútbol es apenas una reunión privada y que ese espectáculo abierto y multitudinario no compromete el orden público. La prueba está en que es imprescindible actuar en los alrededores de los estadios.

Se le endilga a los clubes una responsabilidad que les desborda. Contratar seguridad privada cuesta una fortuna, sin ofrecer respuesta, porque sus funcionarios son avasallados y carecen de autoridad. Multar y multar a los clubes tampoco ha llevado a nada. Si un imbécil tira una bengala, ¿es responsable el club? No ignoramos que muchos dirigentes se callan por temor y que algunos otros no actúan por intereses electorales. Si vieran a la autoridad pública con real compromiso, naturalmente actuarían con una libertad que hoy está limitada en los hechos.

No se trata de salir a buscar culpables. De un modo u otro, todos podemos haber tenido alguna responsabilidad, aunque haya quienes tienen la mayor por haber retirado a la fuerza pública. El hecho es que en estos días todo luce peor, porque está la droga y un clima generalizado de violencia que se percibe a ojos vistas. Hasta en la intolerancia en el tránsito y en actitudes sindicales extremistas.

Es imprescindible una reacción colectiva de la sociedad que tiene que liderar el Estado. De lo contrario, la fotografía empezará a mostrar fragilidades, quiebres, rupturas, en lo que han sido nuestras fortalezas.



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