Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026

Un norte profundamente equivocado

Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026. Lectura: 5'

No es desorientación: es un rumbo deliberado y equivocado. La política exterior uruguaya abandona su tradición de Estado para abrazar una lógica ideológica, complaciente con actores inaceptables, funcional a agendas ajenas y subordinada a Brasil. En un mundo inestable, ese viraje no es solo imprudente: es un riesgo directo para los intereses del país.

Uruguay no atraviesa una política exterior desorientada. No hay vacío. No hay improvisación. Hay algo peor: un rumbo definido… pero profundamente equivocado.

Ese rumbo rompe con una de las pocas tradiciones de Estado que el país había logrado sostener con consistencia a lo largo de décadas: una política exterior prudente, equilibrada, jurídicamente seria y centrada en el interés nacional. En su lugar, se instala una diplomacia de sesgo ideológico, permeable, errática en sus señales y, sobre todo, peligrosamente inconveniente para un país pequeño en un mundo cada vez más hostil.

No es teoría. Son hechos. Y son recientes.

Irán en Montevideo: la claudicación

Que la embajada de Irán en Montevideo haya emitido —desde territorio uruguayo— un comunicado contra el gobierno argentino no es un episodio anecdótico. Es un hecho grave.

Es la utilización de una sede diplomática en Uruguay para intervenir en una disputa política contra un tercer país. Es, en términos simples, un abuso. Y como tal, debió haber tenido una respuesta inmediata, clara y firme de la Cancillería.

No la hubo.

Se optó por minimizar. Por relativizar. Por esconder el problema detrás de tecnicismos absurdos (“es praxis”, “es reproducción”). Esa reacción no es neutralidad: es debilidad.

Uruguay no puede permitir que su territorio sea utilizado para operaciones políticas de terceros países contra sus vecinos. Mucho menos cuando ese vecino es Argentina, con quien comparte toda una historia.

La omisión no fue un error menor. Fue una señal. Y las señales, en política exterior, son todo.

Thiago Ávila: permisividad irresponsable

El ingreso al país del activista brasileño Thiago Ávila, invitado por el PIT-CNT (la central sindical cada vez peor), agrava el cuadro.

No estamos ante un conferencista cualquiera. Estamos ante una figura asociada a la llamada “flotilla” hacia Gaza, con antecedentes de participación en actos vinculados a dirigentes de Hizbolá, organización considerada terrorista por buena parte del mundo.

El punto no es prohibir ideas. El punto es entender el contexto. Un Estado serio no se limita a abrir la puerta y mirar para otro lado. Evalúa, pondera, fija posición.

Aquí no hubo nada de eso.

Se permitió el ingreso, se toleró el despliegue político, y el Estado optó por el silencio. Otra vez, la señal: Uruguay como territorio permisivo, donde todo da lo mismo, incluso cuando se trata de actores asociados —directa o indirectamente— a redes extremistas.

Esa liviandad no es progresismo. Es irresponsabilidad.

Orsi en la cumbre: la politización de la política exterior

La eventual participación del presidente Yamandú Orsi en la llamada “Movilización Progresista Global”, convocada por Pedro Sánchez, termina de cerrar el cuadro.

No se trata de una cumbre de Estados. No es un foro multilateral. Es un evento partidario internacional, impulsado por estructuras como la Internacional Socialista, el Partido Socialista Europeo, el Foro de Sao Paulo y la Alianza Progresista.

Un presidente de la República no puede —no debe— actuar como militante en el escenario internacional.

Y aquí el problema no es solo político. Es institucional. El artículo 77° de la Constitución no es decorativo: establece límites claros a la participación política del presidente de la República. Cruzarlos no es una sutileza interpretativa. Es un desvío.
Pero incluso dejando de lado lo jurídico, lo más grave es el mensaje.

Uruguay se alinea. Se posiciona. Se encuadra en un bloque ideológico internacional. ¿A cambio de qué? De nada. No hay beneficio comercial, no hay ganancia estratégica, no hay mejora en la inserción internacional.

Solo hay una cosa: militancia.

Y eso tiene un antecedente claro y preocupante. Es el retorno a la lógica del “arco virtuoso progresista” que en 2005 promovió el entonces canciller Reinaldo Gargano: una política exterior basada en afinidades ideológicas antes que en intereses nacionales. Aquello terminó mal. Insistir en ese camino hoy, en un mundo mucho más fragmentado y conflictivo, es directamente irresponsable.

Brasil: el espejismo del alineamiento

Todo esto ocurre, además, bajo una premisa implícita: el alineamiento con Brasil.

Un alineamiento acrítico, casi automático, que parte de una idea equivocada: que Brasil actuará como líder regional articulando intereses comunes.

Nunca lo hizo.

Brasil actúa —como cualquier potencia media— en función de sus propios intereses. Siempre lo hizo. Y siempre lo hará.

Pensar que Uruguay puede subordinar su política exterior a esa lógica sin pagar costos es, simplemente, ingenuo. O peor: es renunciar a la autonomía que históricamente fue la principal herramienta del país para insertarse en el mundo.

Un desvío peligroso

Lo que está en juego no es una discusión académica ni una diferencia de matices. Es un cambio de paradigma.

Se abandona una política exterior de Estado y se la sustituye por una política exterior de partido. Se reemplaza la prudencia por la señal ideológica. Se cambia la firmeza jurídica por la ambigüedad conveniente. Se deja de mirar el interés nacional para mirar la tribuna.

Y en el contexto internacional actual —marcado por guerras, tensiones entre potencias, fragmentación económica y creciente inseguridad— ese no es un error menor.

Es un desvío peligroso.

Uruguay no necesita épica ideológica en su política exterior. Necesita inteligencia, equilibrio y firmeza. Necesita, en definitiva, volver a tener un norte.

Pero no cualquier norte.

El correcto.



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