Un caudillo guaraní
Viernes 2 de octubre de 2026. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
Este fin de semana celebraremos una vez más el Día del Patrimonio, que desde su primer día ha convocado al pueblo uruguayo de un modo singularísimo.
Este año está dedicado al pasado indígena y por ello nuestro Partido abrirá como siempre las puertas de su vieja Casa. A las 11 horas del sábado moderaremos una charla en que la Prof. Diosma Piotti y el Dr. Héctor Dotta expondrán sobre el legado guaraní y la figura de Andrés Guacurarí, el joven indígena misionero que desde su primera juventud acompañó al procer en su lucha, convirtiéndose en un verdadero caudillo.
Es importante que en esta ocasión se pueda recordar a nuestros ancestros indígenas por lo menos con un mínimo de verdad histórica y algo menos de mitología. Sin quererlo, el fútbol le ha hecho mucho daño a nuestro país, cuando un periodista acuñó lo de “garra charrúa” para exaltar la bravura de nuestra selección y terminó siendo una especie de emblema nacional. A ello se añadió luego, en el brote indigenista de los 500 años del Descubrimiento de América, la tergiversación histórica del libro de Acosta y Lara sobre el combate de Salsipuedes. Allí se terminó con una toldería ya inaceptable para la vida en sociedad y de ninguna manera con lo que quedaba del pueblo charrúa, en las antípodas de un intento genocida. Por algo no hubo más de unos 40 muertos, incluso militares, y nada menos que 300 prisioneros. Basta dar los números para desterrar esa fábula del genocidio. El grupo remanente, incluso, dio muerte luego a Bernabé Rivera, cortando la vida de un militar que asomaba ya con un perfil de caudillo.
Lo triste de todo esto es que este mito charrúa ha invisibilizado lo importante, que es la presencia guaraní en nuestro territorio. Pensemos simplemente que en 1702 un ejército guaraní, comandado por los jesuitas, derrotó a los charrúas en el llamado combate del Yí, en que murieron 280 guerreros y 500 resultaron prisioneros. No existía todavía Montevideo y Colonia había sido fundada por los portugueses. Los charrúas venían huyendo del territorio entrerriano donde habían vivido en condición nómade y luego de ese combate, muy disminuidos, andarán por el Norte de lo que es hoy el Uruguay.
Cuando se funde nuestra capital sus famosas murallas fueron construidas por guaraníes y no es una casualidad que en nuestra toponimia nacional no hay un nombre charrúa y sí voces guaraníes, que van desde Uruguay (río de los pájaros) hasta Batoví, Arapey, Tacuarembó y cuantas denominaciones de origen indígena existan.
El ejército artiguista tuvo en sus filas a ese joven oficial de Blandengues, Andrés Guacurarí, que le había acompañado desde su adolescencia. Formó parte del ejército de Belgrano en su infructuosa expedición por Paraguay y el Norte argentino, sumándose a José Artigas y siendo luego nombrado Teniente Gobernador de Misiones. En 1815 Guayabos marca el apogeo de las provincias confederadas. Aparece entonces Andresito como comandante de Misiones con una fuerza de 1.300 hombres organizada y disciplinada.
Andresito escribía con buena caligrafía y hasta firmaba con una sofisticada rúbrica, propia de una mano diestra. Incluso leyó varios libros que el propio Artigas le envió. Con la fuerza que logró armar, será parte fundamental de la estrategia artiguista en el Norte, al que Artigas dio siempre importancia. No olvidemos que en las propias Instrucciones de 1813 se hace referencia expresa a las misiones orientales. Se hará muy duro el enfrentamiento con el ejército portugués, que cuando tomaba un pueblo lo incendiaba, como en La Cruz o en Yapeyú. Andresito tuvo sus victorias en la toma de Candelaria y en Apóstoles, una victoria estratégicamente fundamental para el control de Misiones. Incluso ocupa la ciudad de Corrientes para reponer al gobernador federal y retorna como Comandante General de la Provincia. Desgraciadamente, es apresado después de su derrota de Itacurubí, en junio de 1819 y marchará a las cárceles brasileñas donde estaban Lavalleja, Otorgués, Bernabé y muchos otros jefes orientales. Después de la prisión se pierde su rastro y no está claro dónde murió.
Artigas lo prohijó con cariño. Le ofreció el uso de su apellido, en esa suerte de adopción común en aquel tiempo. Por eso mismo él firmará muchas veces sólo como Andrés Artigas y en otras agregando el nombre adoptivo al original. A su vez, él le fue fiel hasta en su última y sacrificada campaña frente al avance portugués. Y siguieron siendo fieles los caudillos misioneros, como Nicolás Aripí, Javier Sity y Pantaleón Sotelo y su gente, masacrados en la batalla de Tacuarembó que pondría punto final a la aventura artiguista en la Provincia Oriental.
Cuando en 1828 Fructuoso Rivera invade y conquista las Misiones, recogerá la adhesión de todos sus pueblos. Devueltas a Brasil como precio de nuestra independencia, provocará el éxodo guaraní con el que el caudillo oriental fundará Bella Unión. Y más tarde Durazno, reiterándose así una presencia guaraní insoslayable.
Este Día del Patrimonio se asoma así a una parte importante de nuestra historia, que hoy usualmente se evoca con más mitología que historia. Su consecuencia es oscurecer el valor y presencia de ese mundo guaraní, que distribuido en diversas etnias y pueblos, será —y es— parte de nuestra condición.
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