Un cambio que no tiene marcha atrás: llega la post-familia
Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Eduardo Irigoyen
La transformación de la familia ya no parece una crisis transitoria, sino el surgimiento de un nuevo modelo social. El autor sostiene que el desafío no consiste en restaurar el pasado, sino en construir instituciones y políticas capaces de responder a las nuevas formas de vivir, cuidar y convivir.
Hace unos días vi a la filósofa argentina Roxana Kreimer hablar sobre la post-familia. El nombre puede sonar extraño, pero la idea es bastante simple: no estamos viviendo una crisis pasajera de la familia. Estamos asistiendo al nacimiento de otra forma de organizar la vida.
Y me parece que tiene razón.
Hay quienes siguen hablando de “defender la familia tradicional”, como si fuera posible volver al Uruguay de hace setenta u ochenta años. No va a pasar. La historia no marcha en reversa.
La familia tradicional no desapareció porque alguien la atacara. Cambió porque cambió la sociedad.
Las mujeres conquistaron derechos, ingresaron masivamente al mercado laboral, alcanzaron independencia económica, aparecieron métodos anticonceptivos seguros, aumentó la expectativa de vida, se multiplicaron los divorcios, surgieron nuevas formas de convivencia y, simplemente, muchas personas empezaron a priorizar su propio proyecto de vida.
Eso no es una conspiración. Es historia.
En Uruguay conocemos muy bien ese proceso.
Hace más de un siglo, el batllismo impulsó un profundo cambio social con el divorcio por sola voluntad de la mujer, amplió derechos civiles, promovió la educación pública, laica y obligatoria, abrió espacios de participación femenina y comenzó a desmontar una estructura familiar profundamente patriarcal.
En su momento también hubo quienes dieron los peores augurios.
Que el país se vendría abajo.
Que el divorcio destruiría la familia.
Que la emancipación femenina acabaría con los valores.
Que la sociedad perdería sus referencias morales.
Nada de eso ocurrió.
Lo que ocurrió fue otra cosa: las mujeres dejaron de depender jurídicamente de los hombres y comenzaron a construir su propio destino.
¿Eso modificó la familia?
Claro que sí.
Y fue para mejor.
Ahora bien, reconocer ese enorme avance no significa negar que hoy enfrentamos nuevos desafíos.
Uruguay tiene una de las tasas de natalidad más bajas de América Latina.
Envejecemos aceleradamente. Nuestros queridos viejos viven más. Cada vez hay más hogares unipersonales. Crecen la soledad, la ansiedad y los problemas de salud mental. Muchos adultos mayores viven solos. Muchas madres y padres crían hijos sin una red de apoyo suficiente. Los jóvenes postergan la maternidad y la paternidad por razones económicas, laborales o simplemente porque desean otra forma de vivir.
Hasta hemos integrado a las mascotas como parte de nuestra familia o de nuestra vida en solitario.
Todo eso está pasando.
Negarlo sería tan absurdo como idealizar el pasado.
Hay quienes creen que la solución pasa por volver a la familia tradicional, como si bastara con rebobinar la historia.
Algunos incluso llegan a cuestionar conquistas que hoy nos parecen elementales, desde la autonomía económica de la mujer hasta su plena participación en la vida pública y política. Es una mirada profundamente reaccionaria.
Pretender que la mujer vuelva a ocupar exclusivamente el hogar, subordinando su proyecto personal al de su marido, o relativizar derechos como el sufragio femenino, no solo es desconocer un siglo de avances democráticos.
El progreso social del Uruguay se construyó precisamente cuando las mujeres dejaron de ser ciudadanas de segunda categoría y pasaron a ser protagonistas de la vida económica, cultural y política del país.
Por eso me parece interesante la idea de la “post-familia”. No plantea volver atrás. Tampoco celebra ingenuamente cualquier cambio. Nos obliga a hacernos una pregunta mucho más difícil.
Si la vieja familia ya no cumple las funciones que cumplía antes, ¿quién las va a cumplir?
¿Quién cuida a los niños?
¿Quién acompaña a los adultos mayores?
¿Quién sostiene emocionalmente a las personas cuando aparecen las crisis?
Durante siglos esas tareas descansaron, casi exclusivamente, sobre las mujeres y dentro de la familia tradicional. Esa realidad cambió y, afortunadamente, no debería volver.
Pero las necesidades siguen existiendo.
Ahí aparece el verdadero desafío.
No se trata de decirles a las personas cómo deben formar una familia. Tampoco de añorar un modelo que, además de afecto y estabilidad, muchas veces escondía violencia, desigualdad y dependencia económica.
Se trata de construir nuevas respuestas.
Más políticas de cuidados.
Más apoyo a la crianza.
Más licencias parentales.
Más viviendas adaptadas a nuevas formas de convivencia.
Más servicios para los adultos mayores.
Más comunidad.
Y también un cambio profundo en nosotros, los hombres. Asumir, de una buena vez, que las tareas domésticas, la crianza y el cuidado de las personas no son “una ayuda” que damos cuando tenemos ganas, sino una responsabilidad compartida. Que lavar un plato, cambiar un pañal, cocinar o cuidar a un padre anciano no nos hace menos hombres ni debería herir nuestro orgullo. Nos hace, simplemente, más justos y más libres.
Porque el problema no es que existan familias distintas. El problema sería creer que las instituciones pueden seguir funcionando como si nada hubiera cambiado.
El Uruguay del siglo XXI ya no es el de nuestros abuelos. Y probablemente el de nuestros nietos será todavía más diferente.
El desafío no consiste en restaurar una familia que ya no existe, sino en construir una sociedad capaz de acompañar las nuevas formas de vivir, amar, criar y envejecer sin perder aquello que nunca debería pasar de moda: la solidaridad, el cuidado mutuo y la dignidad de las personas.
Ese es el verdadero debate.
No la nostalgia.
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