Un Papa y un Presidente
Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
Allá por el mes de abril, en uno de sus exabruptos habituales, el Presidente Trump proclamó su propósito de terminar la civilización iraní: “morirá esta noche para no volver jamás”. Sorpresivamente, un Papa muy moderado, que se acercaba a cumplir el primer año de su magisterio, dijo que esas declaraciones eran “inaceptables” y a partir de allí una gran distancia separó al Presidente de los EE. UU. del primer pontífice norteamericano. La opinión mundial miró ya de otro modo ese papa nacido en EE. UU. y también ciudadano peruano, por su larga labor misional en varias ciudades del interior.
Estas semanas, ambas figuras están en nuestros titulares, aunque por motivos diversos. Ante todo, porque el Papa visitará Uruguay, luego Argentina y finalmente al Perú en una intensísima gira, que no postergó pese a una seria operación pulmonar. De este modo, nuestra república laica (El papa en el «reino» laico se titula el reciente libro de Sergio Berrutti) vuelve a recibir un pontífice.
No se repite el encanto de la novedad que hubo en 1987, cuando Juan Pablo II, una figura imponente, de enorme repercusión mundial, llegaba a nuestro país, como primer pontífice que pisaba nuestra tierra. Todo fue relevante, incluso el debate sobre la permanencia de la Cruz, que provocamos deliberadamente y estableció una doctrina amplia, estrictamente liberal, sobre el concepto de laicidad.
La visita de este viernes es, sin embargo, particularmente significativa, porque no se trata simplemente del líder espiritual de una confesión religiosa sino de un Jefe de Estado que, con firmeza y claridad de criterio, supo poner límites al Presidente de su país, el más poderoso de la tierra. Desde entonces se le ha mirado con gran respeto aun por el mundo laico, que, si no comparte su fe y sus códigos, respeta en él la honestidad de su sentimiento de paz.
En términos generales, ha continuado la orientación de su antecesor, pero se lo ha visto muy moderado en sus actos y más conservador hacia adentro de la Iglesia. Ha enfocado temas de la actualidad, como las redes y la inteligencia artificial, con un espíritu constructivo pero a la vez crítico. El Uruguay le recibirá, por lo tanto, con mucha simpatía. No hemos tenido visitas relevantes en los últimos tiempos y esta lo es. Su mensaje será de unidad y no de división.
Mientras tanto, su compatriota Presidente recibió en las elecciones del martes la condigna sanción a todos sus excesos verbales, palabrotas, desprecio por el derecho internacional y la palabra empeñada. Ha violado tratados que él mismo negoció, como el T-MEC con sus vecinos. De entrada, lanzó una increíble guerra comercial contra China, que terminó siendo contra el mundo entero. Ha resquebrajado la OTAN, auténtica garantía de paz, distanciándose de Europa y debilitando la histórica unidad occidental. Se ha sentido más cerca del agresor zar ruso que del agredido presidente ucraniano, en una inexplicable traición a los compromisos asumidos. Inició un acto militar de intervención de Venezuela y le importó más negociar contratos petroleros que reconstruir la democracia, hoy todavía envuelto en vagas promesas. Podemos reconocerle que ayudó a Argentina cuando flaqueaba su plan económico y que ha ayudado al agredido Israel. Sin embargo, ha llevado adelante una guerra contra Irán de un modo tan improvisado, con objetivos y procedimientos tan equivocados que ha terminado regalando una victoria a quien no lo merece. Y decimos victoria porque el régimen iraní no cayó ni mucho menos y hoy incluso impone severas restricciones a la navegación en el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra se transitaba libremente.
La elección de gobernadores y de Parlamento resultó, para el Partido Republicano, mucho peor que lo que ya se esperaba. Las dos cámaras tendrán mayoría demócrata a partir de enero, aunque el Partido Demócrata tampoco luce prometedor. Ya no hay sólo un alcalde musulmán en Nueva York; ahora también habrá, por vez primera, un senador musulmán, Abdul El-Sayed, y, si bien no cabe generalizar ni estigmatizar a nadie por su fe, estamos ante una religión que no reniega de su espíritu de cruzada antijudía. Con el añadido de que se asumen “socialistas” en el país más liberal del mundo occidental. Se advierte también una enorme distancia entre estos progresistas como, por ejemplo, el novel Senador Talarico de Texas, un conservador clásico, de muy fuerte impronta religiosa protestante. No existe un liderazgo claro y eso explica que se haya convocado al ex Presidente Obama a la campaña, para ofrecer la garantía de un auténtico demócrata.
La elección, en lo general, fue un plebiscito sobre la gestión de Trump. Más que ganar el Partido Demócrata, perdió el Presidente Trump, que un día tomó por asalto al viejo Partido Republicano y lo ha llevado de las narices a cualquier exceso. Felizmente la Suprema Corte le ha frenado muchas arbitrariedades, pero es evidente que juega al límite de la legalidad. Ahora, con un Poder Legislativo adverso, se vivirán seguramente muchas tensiones institucionales.
Un papa llegando con un mensaje de paz y un Presidente tropezando en sus ímpetus bélicos.
Dos caras distintas de la moneda de un siglo XXI que aún está en el aire y no se sabe de qué lado caerá.
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