Edición Nº 1094 - Viernes 21 de agosto de 2026

Ucrania: ni victoria ni paz a la vista

Viernes 21 de agosto de 2026. Lectura: 7'

Por Santiago Torres

Tras cuatro años y medio de guerra, Rusia conserva una importante ventaja territorial y material, pero no ha conseguido quebrar a Ucrania. Kyiv, por su parte, logró frenar la ofensiva rusa y trasladar parte del conflicto al interior del país invasor, aunque depende cada vez más de una asistencia occidental que presenta fisuras. La salida diplomática continúa bloqueada y la prolongación de la guerra aparece como el escenario más probable.

El enorme ataque lanzado este jueves 20 de agosto contra Kyiv ofrece una fotografía bastante precisa del momento que atraviesa la guerra. Rusia empleó misiles balísticos, hipersónicos y de crucero, junto con 168 drones, en una ofensiva que provocó al menos 17 muertos y más de 40 heridos. Ucrania logró derribar la mayor parte de los drones y misiles de crucero, pero volvió a quedar expuesta frente a los proyectiles balísticos por la escasez de interceptores Patriot. Fueron alcanzados edificios residenciales, una escuela, un hospital infantil, depósitos de alimentos e instalaciones de la Cruz Roja.

La imagen resume la nueva fase del conflicto. Rusia no está logrando un avance decisivo en el campo de batalla, pero intenta compensarlo mediante una campaña aérea destinada a desgastar la economía, quebrar la moral de la población y demostrar que ninguna ciudad ucraniana se encuentra fuera de su alcance. Ucrania, entretanto, procura resistir en el frente y golpear la retaguardia rusa, especialmente refinerías, depósitos de combustible, puertos, aeródromos y centros logísticos.

Rusia ocupa aproximadamente el 20% del territorio ucraniano, incluyendo Crimea y las zonas que controlaba antes de la invasión de febrero de 2022. Domina prácticamente toda la región de Luhansk, la mayor parte de Donetsk y conserva el corredor terrestre que comunica su territorio con Crimea a través del sur de Ucrania. Es una conquista relevante, pero muy inferior a los objetivos con los cuales Vladimir Putin comenzó la guerra: tomar Kyiv, derribar al gobierno ucraniano y colocar al país bajo la órbita política de Moscú.

El frente se extiende por unos 1.200 kilómetros y permanece activo, aunque sus desplazamientos son relativamente pequeños. Rusia mantiene la presión en Donetsk, especialmente sobre el eje que conduce hacia Kramatorsk y Sloviansk, las últimas grandes ciudades de esa región que continúan bajo control ucraniano. También desarrolla operaciones en los alrededores de Kupiansk, en el norte de Kharkiv, y en los límites de Zaporizhzhia y Dnipropetrovsk.

Sin embargo, la campaña rusa de primavera y verano no produjo la ruptura que Moscú esperaba. El Ministerio de Defensa ruso afirmó haber capturado 19 pequeñas localidades en el sudeste, mientras que Volodímir Zelenski sostuvo que sus fuerzas recuperaron 745 kilómetros cuadrados desde comienzos del año. Ninguna de las dos afirmaciones puede comprobarse íntegramente de manera independiente, pero ambas describen una guerra de avances y retrocesos locales, no una ofensiva capaz de decidir el conflicto.

Esto no significa que exista un empate. Rusia conserva ventajas evidentes: posee una población mucho mayor, una industria militar que funciona a pleno rendimiento y una creciente producción de misiles y drones. Además, recibe municiones, armamento y otros apoyos de Corea del Norte e Irán, mientras mantiene con China una relación económica que le permite amortiguar parte del efecto de las sanciones occidentales.

Pero tampoco Rusia dispone de recursos ilimitados. Sus bajas humanas son enormes, el reclutamiento voluntario viene perdiendo intensidad y una nueva movilización general tendría costos políticos que Putin ha intentado evitar. La economía rusa registró una contracción de 0,3% durante el primer trimestre de 2026, la primera caída trimestral desde comienzos de 2023. El gasto militar, las elevadas tasas de interés, la falta de trabajadores y el deterioro de la inversión civil están convirtiendo el crecimiento provocado por la industria de guerra en estancamiento.

Los ataques ucranianos contra las refinerías agravaron esas dificultades. Rusia, una de las principales potencias petroleras del mundo, debió restringir la venta de gasolina, suspender exportaciones e importar combustible para abastecer su propio mercado. El problema todavía no amenaza con derrumbar su economía, pero demuestra que Kyiv puede aumentar considerablemente el costo interno de la guerra.

Ucrania enfrenta dificultades más inmediatas. La principal es la falta de soldados. Después de más de cuatro años de combates, la movilización encuentra resistencias, las unidades de infantería sufren un desgaste considerable y miles de militares permanecen ausentes sin autorización. Las reformas introducidas en la estructura del Ejército mejoraron el mando y permitieron contener algunos ataques, pero no resolvieron la escasez de personal.

La segunda dificultad es la dependencia exterior. Europa incrementó su asistencia durante mayo y junio, pero todavía depende de Estados Unidos para proporcionar algunos de los sistemas más sofisticados. Ningún país europeo puede reemplazar rápidamente los Patriot estadounidenses, ciertas municiones de precisión ni las capacidades de inteligencia y comunicaciones que Washington aporta. En otras palabras, Europa puede financiar la resistencia ucraniana, pero todavía no está en condiciones de sustituir completamente el arsenal norteamericano.

A ello se suma el deterioro de la economía ucraniana. Los ataques rusos contra puertos, barcos e instalaciones del mar Negro redujeron 75% las exportaciones de granos durante las primeras semanas de agosto. Para un país cuyo sector agrícola genera buena parte de las divisas, la virtual interrupción del corredor marítimo constituye un golpe estratégico. Rusia rechazó incluso la posibilidad de una tregua limitada en el mar Negro, porque considera que cualquier alivio permitiría a Ucrania recuperar fuerzas.

La población civil paga crecientemente esta estrategia. Durante los primeros siete meses de 2026, Naciones Unidas verificó 1.839 civiles muertos y 10.638 heridos, un aumento de 44% respecto al mismo período del año anterior. Julio fue el mes con mayor número de víctimas civiles desde marzo de 2022. La guerra terrestre avanza lentamente, pero la guerra aérea se vuelve más intensa y destructiva.

En el terreno diplomático, las perspectivas son todavía más limitadas. Ucrania entregó a los negociadores estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner una nueva propuesta para terminar la guerra, pero las conversaciones impulsadas por Donald Trump quedaron relegadas por la crisis con Irán y no produjeron un acercamiento sustancial.

El principal obstáculo no es técnico, sino político. Rusia exige que Ucrania retire sus tropas de la totalidad de Donetsk, Luhansk, Zaporizhzhia y Kherson, incluyendo territorios que el Ejército ruso nunca logró conquistar, y que renuncie definitivamente a incorporarse a la OTAN. Kyiv podría llegar a aceptar una suspensión de la lucha sobre la línea actual del frente, pero no está dispuesto a entregar voluntariamente más territorio ni a reconocer jurídicamente las anexiones rusas.

La otra cuestión decisiva son las garantías de seguridad. Ucrania teme que una tregua sin protección occidental permita a Rusia reorganizarse y volver a atacar algunos años después. Francia y el Reino Unido promueven una fuerza multinacional que podría desplegarse una vez acordado el cese del fuego, pero Moscú rechaza la presencia de tropas europeas. Sin un mecanismo capaz de castigar inmediatamente una violación del acuerdo, cualquier armisticio corre el riesgo de convertirse apenas en una pausa entre dos guerras.

El escenario más probable es, por tanto, la prolongación del conflicto durante 2027. Rusia continuará intentando desgastar a Ucrania mediante ataques aéreos, presión económica y pequeños avances terrestres. Kyiv procurará impedir una ruptura del frente y aumentar el costo de la guerra dentro de Rusia. Ninguna de las dos partes parece actualmente en condiciones de obtener una victoria militar completa, pero ambas conservan suficientes recursos para evitar la derrota.

Una tregua sigue siendo posible, aunque sería más parecida al armisticio coreano que a un tratado de paz. Congelaría el frente, dejaría sin resolver el estatuto de los territorios ocupados y obligaría a mantener durante años un fuerte dispositivo militar occidental. Para que eso ocurra, Estados Unidos debería presionar simultáneamente a Kyiv y Moscú. Hasta ahora, Washington ha demostrado mayor capacidad para condicionar a Ucrania que para modificar los cálculos de Putin.

También existe el riesgo de una ruptura militar ucraniana si disminuyen drásticamente los suministros occidentales o se agotan sus reservas de soldados y defensas antiaéreas. No parece un desenlace inmediato, pero constituye la principal vulnerabilidad de Kyiv. En sentido contrario, una reconquista ucraniana de todos los territorios ocupados resulta aún menos probable sin una crisis interna rusa o una intervención occidental mucho más contundente.

La guerra se encuentra, en definitiva, en un equilibrio inestable. Rusia no puede conquistar Ucrania al costo que está dispuesta a pagar, pero Ucrania tampoco puede expulsar a Rusia con los recursos actualmente disponibles. El resultado dependerá menos de una batalla espectacular que de tres resistencias acumulativas: la cohesión de la sociedad ucraniana, la continuidad del apoyo occidental y la capacidad de Putin para seguir trasladando a la población rusa el costo de una guerra que prometió breve.

La paz no parece cercana. En el mejor de los casos podría alcanzarse una tregua armada. Y, si esa tregua no incluye garantías creíbles, no sería el final de la guerra, sino apenas el comienzo de su próxima etapa.



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