Ucrania entre la resistencia y la fatiga democrática
Viernes 13 de febrero de 2026. Lectura: 5'
Mientras la guerra continúa y la presión internacional aumenta, el gobierno de Volodímir Zelenski enfrenta un dilema incómodo: sostener la unidad nacional sin erosionar la legitimidad institucional.
A casi tres años de la invasión rusa a gran escala, Ucrania atraviesa una fase política tan delicada como el frente militar. El presidente Volodímir Zelenski se encuentra bajo presiones cruzadas: por un lado, la exigencia occidental de consolidar legitimidad democrática incluso en tiempos de guerra; por otro, la complejidad real de organizar elecciones bajo bombardeos, desplazamientos masivos y ley marcial.
En las últimas semanas, distintos medios internacionales han informado que Kiev evalúa —al menos en términos preliminares— la posibilidad de convocar elecciones o incluso un referéndum sobre un eventual plan de paz con Rusia, en parte ante presiones de Estados Unidos y aliados europeos que buscan una salida negociada al conflicto. Sin embargo, Zelenski ha reiterado que no habrá elecciones mientras no existan “condiciones de seguridad adecuadas”.
La posición tiene fundamentos jurídicos: la Constitución ucraniana y la legislación de guerra dificultan la realización de comicios bajo ley marcial. Organismos internacionales también han señalado los obstáculos logísticos y de seguridad: millones de desplazados internos y refugiados en el exterior, territorios ocupados por Rusia y una infraestructura civil constantemente atacada.
Pero reconocer las dificultades no elimina las preguntas políticas.
Legitimidad prorrogada y desgaste interno
Zelenski fue elegido en 2019 con una promesa de renovación política y lucha contra la corrupción. Tras la invasión de 2022, su figura se transformó en símbolo de resistencia nacional. La suspensión de elecciones en 2024, en el marco de la ley marcial, fue aceptada mayoritariamente como una medida excepcional.
Sin embargo, a medida que la guerra se prolonga, la excepcionalidad corre el riesgo de volverse rutina.
El argumento presidencial es claro: no puede pedirse a soldados en el frente ni a ciudadanos bajo amenaza constante que participen en un proceso electoral pleno. Pero al mismo tiempo, la ausencia de competencia política prolongada tensiona el equilibrio democrático. En cualquier democracia, incluso bajo emergencia, la legitimidad se renueva periódicamente.
La pregunta que comienza a circular en sectores políticos y académicos europeos no es si Zelenski es legítimo hoy, sino cuánto tiempo puede sostenerse esa legitimidad sin mecanismos de validación electoral.
El factor Zaluzhnyi y el temor a la competencia
Un elemento adicional introduce complejidad: el creciente perfil público del excomandante en jefe Valeri Zaluzhnyi. Distintos análisis sugieren que, en un escenario electoral, Zaluzhnyi podría convertirse en un competidor serio para Zelenski, capitalizando tanto el prestigio militar como cierto cansancio con la conducción política.
Aunque no hay anuncios formales de candidatura, el mero debate sobre elecciones ha abierto especulaciones sobre una eventual transición interna en el liderazgo ucraniano. Para Zelenski, convocar elecciones no solo implica riesgos de seguridad, sino también un desafío político real.
La postergación indefinida puede interpretarse —aunque no necesariamente lo sea— como una estrategia de preservación personal del poder.
Corrupción: una sombra persistente
A la tensión institucional se suma otro frente delicado: la corrupción. Ucrania arrastra históricamente problemas estructurales en este ámbito, y si bien el gobierno actual ha impulsado reformas y colaborado con organismos anticorrupción, investigaciones recientes han puesto bajo la lupa a diputados y funcionarios por presuntos sobornos y tráfico de influencias.
La guerra no ha eliminado esas prácticas; en algunos casos, las ha complejizado. Informes periodísticos internacionales han señalado casos de irregularidades en adquisiciones militares y en el funcionamiento del Parlamento.
Zelenski ha reaccionado con destituciones y reformas, pero la percepción de que la corrupción sigue siendo un problema sistémico erosiona parte del capital moral con el que el gobierno se presentó ante Occidente.
Para un país que aspira a la integración europea, la calidad institucional no es un tema secundario.
Presión internacional y dilema estratégico
Estados Unidos y la Unión Europea enfrentan sus propias dinámicas internas. En Washington, el apoyo financiero y militar a Ucrania ya no es incuestionable; en Europa, el cansancio económico y político crece. En ese contexto, la cuestión electoral se convierte también en un mensaje hacia aliados: demostrar que, incluso bajo fuego, Ucrania sigue comprometida con estándares democráticos.
Pero la presión externa puede generar efectos contraproducentes si se percibe como injerencia.
Un eventual referéndum sobre un plan de paz —si llegara a plantearse— abriría otra dimensión polémica: ¿puede consultarse a una ciudadanía dispersa y parcialmente ocupada sobre concesiones territoriales o acuerdos de seguridad? ¿Sería una expresión soberana o una validación condicionada por la fatiga bélica?
Liderazgo bajo escrutinio
Zelenski ha demostrado resiliencia y capacidad de movilización internacional. Su liderazgo comunicacional fue clave para sostener el apoyo occidental en los momentos más críticos. Sin embargo, el liderazgo en tiempos de guerra no exime del examen democrático.
Las críticas que comienzan a deslizarse —sobre la concentración de poder, la prolongación de la ley marcial o la gestión de la corrupción— no equivalen a equiparar al gobierno ucraniano con el régimen ruso. Pero sí invitan a una reflexión: la defensa de la democracia frente a la agresión externa no debería convertirse en justificación para la dilación indefinida de mecanismos democráticos internos.
Entre la necesidad y el riesgo
Ucrania enfrenta un dilema genuino. Organizar elecciones en plena guerra es extraordinariamente complejo y potencialmente peligroso. No hacerlo indefinidamente puede socavar la legitimidad que se busca proteger.
La historia reciente muestra que las democracias en guerra caminan por una cuerda floja. El desafío para Zelenski no es solo resistir a Rusia, sino demostrar que la excepcionalidad no se transforma en normalidad.
En esa tensión se juega algo más que una coyuntura política: se juega la credibilidad de un proyecto nacional que aspira a integrarse plenamente en Europa como Estado democrático y de derecho.
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