Trump traiciona a Ucrania para salvar las elecciones
Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 9'
A pocas semanas de las elecciones legislativas estadounidenses, Donald Trump ha pactado con Vladímir Putin la flexibilización de las sanciones al diésel ruso para intentar contener los precios de los combustibles. Mientras Washington proporciona un alivio económico al agresor y presiona a Ucrania para que deje de atacar sus refinerías, Europa protesta y Kiev responde militarmente. Las sospechosas restricciones tecnológicas de Starlink, la empresa de Elon Musk, agregan un elemento particularmente inquietante.
La política exterior de Donald Trump acaba de ofrecer una de sus demostraciones más descarnadas de subordinación de los compromisos internacionales a las conveniencias electorales domésticas. A menos de tres semanas de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre, el presidente estadounidense ha llegado a un acuerdo con Vladímir Putin para facilitar la comercialización de diésel ruso, flexibilizando las sanciones destinadas a privar al Kremlin de recursos para financiar su invasión de Ucrania.
La explicación es tan sencilla como inquietante: Trump necesita bajar los precios de los combustibles antes de que los estadounidenses concurran a las urnas. Y para conseguirlo está dispuesto a proporcionar oxígeno económico a Rusia y presionar al país invadido para que deje de golpear la infraestructura petrolera de su agresor.
Un salvavidas económico para Putin
El acuerdo anunciado el 9 de octubre contempla la liberación inmediata de más de 300.000 toneladas de diésel ruso, otras 500.000 durante noviembre, un millón adicional posteriormente y hasta tres millones más en una etapa ulterior.
Para hacerlo posible, Washington autorizó una exención de las sanciones estadounidenses sobre el diésel ruso hasta abril de 2027, contradiciendo la estrategia de presión económica que el propio Trump había reforzado pocas semanas antes. Este jueves, el Kremlin confirmó que Rusia ya había reanudado las exportaciones.
La urgencia de la Casa Blanca responde al fuerte encarecimiento de los combustibles, agravado por la guerra contra Irán y sus repercusiones sobre los mercados energéticos. El precio del diésel en Estados Unidos ha experimentado una suba extraordinaria, convirtiéndose en un problema político de primera magnitud para el Partido Republicano.
Ni siquiera está claro que la maniobra consiga su objetivo. Los volúmenes comprometidos representan una proporción relativamente pequeña del consumo estadounidense, por lo que diversos analistas dudan de su capacidad para reducir significativamente los precios. Lo que sí resulta evidente es que Moscú obtendrá nuevas posibilidades de ingresos.
En otras palabras, el beneficio electoral para Trump es incierto; el beneficio económico y político para Putin es mucho más tangible.
La insólita presión sobre la víctima
El acuerdo comercial fue acompañado por otro anuncio desconcertante: Trump proclamó una suerte de tregua energética entre Rusia y Ucrania, sin que Kiev hubiera participado en su negociación ni Moscú confirmado inicialmente su aceptación.
La pretensión estadounidense encerraba una profunda asimetría. Ucrania había desarrollado una capacidad de ataque con drones que le permite alcanzar refinerías situadas a centenares de kilómetros de sus fronteras, afectando la producción de combustibles, la logística militar y los ingresos que financian la guerra rusa.
Impedir esos ataques significa privar a Kiev de uno de sus instrumentos más eficaces para compensar su inferioridad militar.
Trump fue más lejos: responsabilizó a Zelenski de contribuir al encarecimiento de los combustibles y reclamó que Ucrania eligiera un nuevo presidente. Mientras tanto, Rusia continuó bombardeando instalaciones energéticas ucranianas, desmintiendo en los hechos la supuesta tregua.
La reacción de Kiev no se limitó a las protestas. Este jueves 15 de octubre, Ucrania reanudó sus ataques contra las refinerías rusas, después de comprobar que Moscú no respetaba el entendimiento proclamado por Washington.
Zelenski dejó abierta una posibilidad de negociación: reconsiderar esas operaciones si Ucrania recibe más misiles interceptores Patriot para defender sus ciudades. No se niega a negociar, sino que reclama una contrapartida real para cualquier concesión militar.
Europa protesta, pero enfrenta sus propias debilidades
La reacción europea ha sido severa. La alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, recordó que Rusia inició la guerra y reclamó mantener y aumentar las sanciones, en lugar de proporcionar al Kremlin nuevos ingresos para financiar su agresión.
La Unión Europea anunció que mantendrá sus medidas restrictivas y varios gobiernos reafirmaron su respaldo a Ucrania. El principio es elemental: no puede exigirse a Rusia que abandone su invasión mientras simultáneamente se le proporcionan recursos para sostenerla.
Sin embargo, detrás de las declaraciones aparece una debilidad estructural: Europa continúa dependiendo de Estados Unidos para suministros militares, inteligencia y tecnologías indispensables para la defensa ucraniana. Mantener las sanciones es necesario, pero insuficiente si Washington utiliza esa dependencia para imponer condiciones políticas a Kiev.
Elon Musk y el poder de un interruptor
La controversia ha incorporado un protagonista particularmente inquietante: Elon Musk, propietario de SpaceX y del sistema de comunicaciones satelitales Starlink, esencial para numerosas operaciones militares ucranianas.
Durante la noche del 13 al 14 de octubre, las fuerzas ucranianas detectaron restricciones de conectividad en terminales de la versión militar Starshield cuando se desplazaban a velocidades superiores a aproximadamente 160 kilómetros por hora. Algunas unidades denunciaron dificultades incluso a velocidades menores.
La limitación afectó operaciones con drones, especialmente la interceptación de aparatos rusos de alta velocidad, debilitando una capacidad defensiva fundamental. Según un análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra, esas restricciones no impedían necesariamente los ataques contra objetivos estacionarios, como las refinerías, pero sí comprometían la defensa frente a determinados drones rusos.
La coincidencia temporal resultó inquietante: mientras Trump presionaba a Zelenski para que suspendiera los ataques contra las instalaciones petroleras rusas, las fuerzas ucranianas sufrían restricciones tecnológicas que comprometían sus operaciones.
Musk sostuvo que las limitaciones de Starshield son responsabilidad de las autoridades militares estadounidenses. Washington negó haber intervenido y posteriormente se informó de una recuperación de las comunicaciones. Pero permanece sin esclarecer quién decidió las restricciones y por qué fueron impuestas precisamente entonces.
No se trata, además, de un episodio sin antecedentes. Una investigación de Reuters, publicada en julio de 2025, reveló que Musk había ordenado personalmente interrumpir la cobertura de Starlink en determinadas zonas de Ucrania durante la contraofensiva de setiembre de 2022, cuando las fuerzas ucranianas intentaban recuperar posiciones ocupadas por Rusia en la región de Jersón.
La decisión provocó fallas de comunicaciones y dificultades en operaciones con drones y artillería, obstaculizando una maniobra contra posiciones rusas. Según aquella investigación, Musk temía que una derrota militar de Moscú pudiera desencadenar una respuesta nuclear.
El antecedente es revelador: un empresario privado, sin legitimidad democrática ni responsabilidad ante los ciudadanos ucranianos, había condicionado directamente operaciones de un ejército que combatía una invasión extranjera.
A ello se agrega otra revelación. En octubre de 2024, The Wall Street Journal informó que Musk había mantenido contactos privados frecuentes con Putin desde fines de 2022, sobre cuestiones personales, comerciales y geopolíticas. Según la investigación, Putin incluso le habría solicitado que evitara activar Starlink sobre Taiwán, como favor a su aliado chino Xi Jinping. El Kremlin negó la existencia de esos contactos regulares.
Así, las sospechas actuales no surgen de la nada. Existe un historial de decisiones tecnológicas de Musk que perjudicaron operaciones ucranianas, investigaciones periodísticas sobre sus contactos con Putin y una estrecha relación política con Trump.
Nada de ello demuestra que los tres hayan coordinado las restricciones recientes. Pero la coincidencia de intereses resulta demasiado significativa para ignorarla: Trump necesita abaratar los combustibles; Putin, preservar sus ingresos petroleros y debilitar a Ucrania; y cualquier restricción a las capacidades militares de Kiev favorece objetivamente al agresor.
La cuestión de fondo trasciende las responsabilidades individuales. Ucrania depende para parte de su defensa de tecnologías controladas por un empresario privado vinculado al poder político estadounidense. Y Europa debería comprender que no basta con disponer de ejércitos y armamentos propios si las comunicaciones y los sistemas indispensables para utilizarlos dependen de decisiones empresariales o políticas adoptadas en Washington.
En el siglo XXI, un interruptor tecnológico puede resultar tan decisivo como una batería de misiles.
Una traición que también divide a Estados Unidos
La decisión de Trump tampoco ha encontrado respaldo unánime dentro de su país. Legisladores demócratas y republicanos cuestionaron el acuerdo, recordando la legislación que prohíbe las importaciones estadounidenses de petróleo ruso y denunciando que la flexibilización de las sanciones beneficia a un adversario de Estados Unidos.
La controversia exhibe una contradicción fundamental: mientras Trump exige a Europa mayores responsabilidades en materia de defensa, adopta decisiones unilaterales que comprometen su seguridad y favorecen económicamente a Rusia.
Todo ello para intentar resolver, mediante un acuerdo con Putin, una crisis energética agravada por otra guerra en la que Washington está directamente involucrado: la de Irán.
El precio de una elección
La cuestión de fondo trasciende ampliamente el mercado del diésel. Estados Unidos ha sido durante décadas uno de los pilares del orden internacional basado en el rechazo a las conquistas territoriales por la fuerza. La invasión rusa de Ucrania puso a prueba esos principios. La conducta de Trump amenaza ahora con erosionarlos desde el interior de la propia alianza occidental.
Naturalmente, un presidente estadounidense tiene la obligación de atender los problemas económicos de sus ciudadanos. Pero esa responsabilidad no justifica cualquier instrumento, mucho menos cuando supone aliviar las dificultades financieras de un régimen agresor y exigir sacrificios militares a la nación invadida.
La situación constituye, además, una advertencia para Europa: su dependencia estratégica de Estados Unidos se ha convertido en una vulnerabilidad que ninguna declaración diplomática puede disimular. Si pretende sostener a Ucrania y garantizar su propia seguridad, deberá transformar su solidaridad en capacidades militares, tecnológicas y financieras efectivas.
Por su parte, Kiev ha demostrado que no está dispuesta a aceptar pasivamente que su supervivencia sea utilizada como moneda de cambio en una campaña electoral extranjera.
La paradoja final es brutal. Putin invade, destruye y bombardea. Zelenski resiste y contraataca. Musk controla tecnologías capaces de condicionar operaciones militares decisivas. Pero Trump negocia con el primero, presiona al segundo y deja graves interrogantes sobre el papel del tercero.
Es una traición a Ucrania, pero también a los principios que Estados Unidos proclamó defender durante generaciones. Y todo por unos centavos menos en el precio del combustible y unos votos más en noviembre.
|
|
 |
La irresponsabilidad previsional tiene nombre: demagogia
|
La Semana
|
Sanguinetti recibió el Bartolomé Hidalgo a la Trayectoria
|
La propaganda terrorista vuelve a la Udelar, ahora con un foro a medida
|
Solaria: ¿quién pone los US$ 5.700 millones?
|
Operación Cardama: un final tan bochornoso como su comienzo
|
Cardama no, ¿pero entonces quién?
|
América Latina se prepara para despegar. ¿Y Uruguay para cuándo?
|
La desigualdad también se mide en años de aportes
|
Regionalización: una vieja tentación centralista
|
Asti, el inquisidor de la JUTEP
|
Una vergüenza Luis Hierro López
|
Uruguay, un país digital cada vez más vulnerable Santiago Torres
|
El INIA, la ley de competitividad y una rectificación que corresponde Tomás Laguna
|
A propósito de la marcha del 8 de octubre y la movilización por Palestina Jonás Bergstein
|
El futuro también se construye con las represas del pasado Fitzgerald Cantero Piali
|
Dudas sobre la política económica Juan Carlos Nogueira
|
Cuando la estadística se convierte en relato político Gonzalo Durañona
|
Eisenkot se acerca a vencer a Netanyahu y cambiar Israel Eduardo Zalovich
|
Parque Batlle: un patrimonio que Montevideo debe recuperar Dante Steffano
|
La infancia que creció Angelina Rios
|
¡Hágase la Lust! Eduardo Irigoyen García
|
Contar lo terminado Alicia Quagliata Rienzi
|
Un control que necesita control Marcela Pérez Pascual
|
La lección secreta del tiempo Susana Toricez
|
La guerra invisible llegó a los supermercados
|
Trump traiciona a Ucrania para salvar las elecciones
|
Los ayatolás dan lecciones de derechos humanos
|
El Nobel de la Paz y la doble moral de Navi Pillay
|
La larga mano de Irán llega a Gran Bretaña
|
Milei y los límites del ajuste
|
Frases Célebres 1102
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|