Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026

Trump decidió que la democracia venezolana podía esperar

Viernes 3 de julio de 2026. Lectura: 5'

Por Santiago Torres

Las grandes traiciones en política casi nunca se anuncian. Simplemente ocurren. Un día, quienes hasta entonces eran presentados como aliados indispensables descubren que han dejado de ser útiles. Todo indica que eso es exactamente lo que le está sucediendo a María Corina Machado. Y, con ella, a millones de venezolanos que creyeron que Washington jamás aceptaría otra cosa que no fuera la restauración plena de la democracia.

La política exterior siempre ha convivido con una incómoda tensión entre los principios y los intereses. Los principios sirven para los discursos. Los intereses gobiernan las decisiones.

Donald Trump nunca hizo demasiado esfuerzo por disimular esa realidad. Su concepción de las relaciones internacionales siempre fue crudamente transaccional: cada país vale en la medida en que contribuya a los intereses de Estados Unidos.

Nada de eso debería sorprender.

Lo verdaderamente llamativo es comprobar hasta qué punto esa lógica parece haber alcanzado también a Venezuela.

Durante años, la dirigencia republicana denunció que el chavismo representaba una amenaza para la libertad en el continente. Nicolás Maduro era presentado como la encarnación de una dictadura que debía desaparecer por razones morales, políticas y estratégicas. Washington repetía una y otra vez que la única salida aceptable consistía en devolverles a los venezolanos el derecho a elegir libremente a sus gobernantes.

Hoy, sin embargo, pareciera que aquella convicción ha quedado archivada.

Desaparecido Maduro, la administración Trump parece haber descubierto que puede convivir bastante cómodamente con un chavismo sin Maduro. Es decir, con Delcy Rodríguez. ¡Y hasta con Diosdado Cabello!

No deja de ser una paradoja extraordinaria.

La dirigente que durante años fue una de las principales arquitectas del aparato político chavista pasó a convertirse en una interlocutora aceptable para la Casa Blanca. Ya no parece importar demasiado que haya formado parte del régimen cuya legitimidad Washington cuestionó durante tanto tiempo. Lo importante es otra cosa: ofrece gobernabilidad, garantiza continuidad institucional, mantiene abierto el negocio petrolero y evita un nuevo foco de inestabilidad regional.

En otras palabras, resulta útil.

Y cuando una potencia decide quién le resulta útil, la democracia suele comenzar a ocupar un lugar secundario.

No es necesario que Donald Trump salga a declarar que apoya al neochavismo. Basta observar los hechos.

Mientras Delcy Rodríguez consolida su poder con el respaldo político, financiero y diplomático de Estados Unidos, la principal dirigente democrática venezolana descubre que ya no tiene lugar en el libreto.

La historia de María Corina Machado merece una reflexión aparte.

Pocas figuras latinoamericanas apostaron tanto a construir una relación privilegiada con el Partido Republicano.

Durante años cultivó esa cercanía con perseverancia y, por momentos, desconcertante. Llegó incluso a protagonizar gestos que muchos venezolanos consideraron excesivos. La entrega simbólica de su medalla del Premio Nobel —que para sus seguidores representó un homenaje y para otros constituyó una escena cercana a la subordinación política— reveló hasta qué punto estaba convencida de que el respaldo de Washington terminaría siendo decisivo para recuperar la democracia.

La realidad le está dando una respuesta brutal.

Para la Casa Blanca, María Corina Machado dejó de ser una aliada imprescindible y pasó a convertirse en un problema.

Las versiones sobre las presiones ejercidas para impedir su regreso a Venezuela después del terremoto, así como el evidente malestar de funcionarios estadounidenses frente a su intento de asumir protagonismo durante la emergencia, muestran un cambio de actitud demasiado profundo para atribuirlo a simples diferencias tácticas. Todo indica que Washington considera hoy que Machado complica una transición cuya prioridad ya no es democratizar el país, sino estabilizarlo. Esa diferencia cambia absolutamente todo.

Porque estabilizar no es democratizar. Nunca lo fue.

Puede estabilizarse una dictadura. Puede estabilizarse un régimen autoritario. Puede estabilizarse un sistema profundamente injusto.

Lo único que no puede hacerse es presentar esa estabilidad como si fuera libertad.

Y allí reside el problema moral de la apuesta de Donald Trump.

No parece importarle demasiado quién gobierne Venezuela mientras exista un gobierno capaz de garantizar orden, contener la emigración masiva, asegurar el funcionamiento de la industria petrolera y ofrecer un interlocutor confiable para Washington.

Si además ese gobierno conserva buena parte de la estructura política, burocrática y de poder construida por el chavismo durante un cuarto de siglo, parecería tratarse de un detalle secundario.

Para los venezolanos, difícilmente lo sea.

Porque el problema nunca fue únicamente Maduro. El problema siempre fue un sistema.

Cambiar al administrador sin desmontar el mecanismo equivale a cambiar el rostro de una enfermedad sin curarla.

Y esa decisión puede terminar siendo mucho más costosa de lo que imagina la Casa Blanca.

El terremoto está empezando a mostrar las grietas de esa estrategia.

Más allá de la tragedia humana, comienza a percibirse un creciente malestar social por la forma en que el gobierno de Delcy Rodríguez administra la emergencia. Las denuncias sobre falta de transparencia, la lentitud en la asistencia, la desorganización y la sensación de que las prioridades oficiales no siempre coinciden con las de las víctimas están alimentando un clima de desconfianza que crece día tras día.

Quizá todavía sea prematuro hablar de una crisis política, pero sería igualmente ingenuo ignorar el estado de ánimo de una sociedad agotada.

Los venezolanos llevan más de veinticinco años soportando distintas versiones del mismo modelo de poder.

Primero Chávez. Después Maduro. Ahora Delcy Rodríguez.

Cambian los nombres. Permanecen las estructuras.

Y cuando un pueblo empieza a convencerse de que ni siquiera la caída del principal símbolo del régimen alcanza para modificar el sistema, el desencanto suele transformarse en algo mucho más peligroso.

Donald Trump parece creer que está apostando por la estabilidad.

Tal vez.

Pero también es posible que esté apostando por la continuidad de un régimen cuya legitimidad social se erosiona cada día un poco más.

La historia ofrece innumerables ejemplos de grandes potencias que confundieron tranquilidad con gobernabilidad y gobernabilidad con legitimidad.

Casi todas terminaron pagando ese error.

Si la indignación que hoy comienza a aflorar tras la gestión del terremoto termina convirtiéndose en una verdadera rebelión cívica, Washington descubrirá que la comodidad de hoy era apenas una ilusión.

Y entonces quedará una pregunta incómoda.

¿Habrá contribuido Donald Trump a liberar definitivamente a Venezuela?

¿O simplemente habrá ayudado a que el chavismo encontrara una nueva máscara para sobrevivir?

Todo indica, por desgracia, que la respuesta empieza a inclinarse hacia la segunda opción.



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