Triste espectáculo
Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 3'
Por Julio María Sanguinetti
La escalada de agravios entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva trasciende el plano bilateral y expone una preocupante erosión de las normas de convivencia entre los Estados. Julio María Sanguinetti advierte que este deterioro compromete la credibilidad del Mercosur y debilita la imagen de la región en un momento clave para su inserción internacional.
Triste espectáculo ofrece hoy nuestro Mercosur. Cuando acaba de firmar un Tratado con la Unión Europea y se aboca a instrumentarlo, el Presidente argentino va a Brasil a la proclamación del candidato opositor y lanza una serie de improperios contra su colega Lula.
La sola visita del Presidente argentino a un acto opositor es algo que claramente desprecia el principio cardinal de no intervención de los Estados en los asuntos internos de los demás. Desde hace tiempo venimos escribiendo sobre el tema, porque ha pasado entre nosotros y el Presidente Trump ha caído una y otra vez en esa ingerencia inaceptable. No estamos hablando de condenar dictaduras, la venezolana o la nicaragüense, por ejemplo, sino de expresiones hostiles hacia gobiernos democráticos, que han terminado en cosas tan absurdas como que Canadá sea hoy castigado con un arancel del 50 % cuando está ligado a los EE. UU. por un tratado que se desconoce arbitrariamente.
El Presidente Javier Milei ha cometido desmanes como ir a España a un acto del opositor Vox, la derecha de la derecha, e insultar al Presidente Sánchez y a su esposa. Ahora lo hace con el Presidente de Brasil, a un nivel soez, en la ciudad de San Pablo, en el mismísimo territorio brasileño, en plena campaña electoral. Naturalmente, se han producido reacciones adversas en Brasil, tanto como en Argentina, y más que un debate se vive un cruce de agravios.
Debe reconocerse la templanza del Presidente de Brasil. Ha contestado humorísticamente y, fuera de llamar a su Embajador en Buenos Aires, hasta el momento de escribir estas líneas no ha tomado medidas de reacción que estarían más que justificadas.
En lo personal, siempre hemos tenido simpatía por el Presidente Lula da Silva, pese a las distancias con su partido, el PT. Advertimos, con todo, en este período, una actitud más intransigente de lo que fue en sus anteriores mandatos. Incluso suele expresar malhumores cuando antes se caracterizaba por lo contrario. Pero es un presidente democrático elegido tres veces limpiamente por el voto popular, incluso la última luego de haber estado preso. Nadie puede desconocer esa enorme legitimidad y, en el caso, que no se ha dejado arrastrar a replicar los insultos con otros igualmente soeces.
Tengo serias dudas de que esta intervención del Presidente argentino favorezca la candidatura de Flavio Bolsonaro. Pero ese no es el tema, sino la agresión abierta a las normas internacionales y a los mínimos códigos de decoro institucional.
La cuestión nos afecta directamente. No es solo un asunto de los protagonistas. Queda el Mercosur en entredicho. ¿Cómo pueden mirarnos desde una Europa con la que acabamos de firmar un acuerdo comercial tan relevante? ¿Cómo desde los EE. UU., donde no solo radica el titular de la Casa Blanca, sino un Congreso que nos observa y, sobre todo, un empresariado de enorme relevancia? Los propios organismos financieros internacionales, tanto como los agentes privados en el mundo de la banca, podrán entender los valores de estabilidad de nuestro país, pero naturalmente toman nota de la fragilidad de los vínculos regionales.
Nuestro clásico argumento del Uruguay como “puerta de entrada” a la región se hace ilusorio cuando se advierte que no es un acceso a un gran mercado por encima de fronteras, sino a un inestable acuerdo entre socios inamistosos.
El entredicho, en suma, es también un serio problema para nosotros. Ojalá podamos hacer algo para superarlo. Si todo queda flotando, sin resolverse, retornará acrecido.
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