Edición Nº 1091 - Viernes 31 de julio de 2026

Tributo a la lana ante el próximo inicio formal de las esquilas

Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 6'

Por Tomás Laguna

Como cada año, agosto es el mes en el que se celebra el inicio formal de la cosecha de lana, dando lugar a las esquilas en todo el país. Este año, y siempre con el liderazgo institucional del Secretariado Uruguayo de la Lana, la celebración será el viernes 7 en el local Chiflero, propiedad de la Asociación Agropecuaria de Artigas.

El país ganadero, con lo más tradicional de nuestra campaña, está próximo a celebrar el inicio de una nueva cosecha de lana. Rubro que supo ser uno de los principales productos de exportación de nuestra agropecuaria hasta que la realidad de los mercados internacionales lo afectó severamente, determinando una sustantiva reducción de la majada nacional en lo que va de los últimos 30 años.

La historia nos cuenta que, cuando ya avanzaba la segunda mitad del siglo XIX, la ganadería vacuna había alcanzado su máxima expansión posible para la época, con una dotación de una cabeza cada dos hectáreas, de acuerdo con lo posible en los sistemas productivos de entonces.

Circunstancias en las que el mercado del tasajo se saturaba por la sobreoferta ante una demanda rígida, con la consecuente reducción del precio, afectando tanto al estanciero como al saladerista. El mercado del cuero constituía una alternativa para el primero, pero también con precios en baja. A la menor rentabilidad del negocio ganadero había que sumar la destrucción del ganado provocada por los ejércitos en los sucesivos levantamientos armados.

Motivos para que aquellos ganaderos con mayor visión buscaran rubros alternativos para incorporar a la ganadería pastoril. Fue por entonces que surgió, en el mercado internacional, la demanda de fibras para la muy dinámica industria textil británica, hija pródiga de la Revolución Industrial. Si bien inicialmente fue por el algodón, posteriormente lo sería por la lana cuando la Guerra de la Secesión (1861-1865) impidió la exportación del algodón del sur de los Estados Unidos a Europa.

Fueron años en los que también tuvo su impronta el desarrollo industrial textil nacional; basta mencionar la fundación de Salvo Hnos. en 1898 y Campomar Hnos. y Cía. en 1899.

Si bien la introducción del ovino en nuestro país data de fines del siglo XVIII, con los primeros ejemplares Merino importados desde Cádiz, España, fue ya avanzada la segunda mitad del siglo XIX cuando las existencias se estimaron en más de 20 millones de cabezas, para crecer hasta un máximo próximo a los 26 millones de cabezas en los inicios de la década del noventa, ya en las postrimerías del siglo XX.

El mejoramiento genético fue una constante en esta historia. Si consideramos los Registros Genealógicos de la Asociación Rural del Uruguay como la principal referencia en este más que relevante proceso, ya en 1896 se inscribieron los primeros ovinos: 7 Romney Marsh, 3 Lincoln y 10 Shropshire, todas razas de origen británico. A tal punto llegó la motivación por el desarrollo de razas adaptadas al medio que, en 1944, se abrió el libro de los RRGG para una nueva raza de creación nacional. Procurando producción y rusticidad, el Dr. José Ma. Elorza utilizó madres Lincoln en retrocruza con carneros Merino, logrando una nueva raza ¾ Merino y ¼ Lincoln, a la que llamó Merilin. La nueva raza ofrecía buenas condiciones para la producción de lana, a la vez que lograba una buena conformación carnicera. Tiempos del doble propósito, cuando ya existía la raza que fue predominante en todo el país: la Corriedale, que había abierto libros en 1925.

Pero todo esto es una interesante historia de un tiempo perimido. La lana perdió demanda ante el nuevo orden en la industria textil establecido por los sintéticos; como consecuencia, el precio se derrumbó. Otras adversidades locales colaboraron para que muchos productores abandonaran la producción ovina, en particular el abigeato y los perros salvajes.

Con el correr del nuevo siglo, la crisis lanera, lejos de detenerse, se fue profundizando, en particular para las lanas medias, propias de las razas de doble propósito. De aquellos casi 26 millones de cabezas en 1991, el stock ovino se redujo en 21 millones de cabezas hacia 2025. De una relación de 2,7 cabezas ovinas por cada vacuno, el país pasó a 0,4; menos de medio ovino por vacuno. Todo lo que afectó incluso el manejo del campo natural al perder aquel buen equilibrio de pastoreo conjunto. Esta realidad también tuvo su afectación social, desde que el productor ovino es, junto al tambero, un productor vocacional difícil de sustituir por quien no sienta la pasión por cualquiera de los rubros mencionados. En muchos casos, productores medianos y chicos con campos de baja productividad.

Pero esta zafra viene mejor aspectada, con razonables expectativas optimistas para el rubro. Los tiempos parecen pautar una suerte de revancha de la fibra natural frente a un producto de la industria petroquímica como lo es la fibra sintética. En particular, las lanas más finas, que más que un commodity son hoy un insumo de características diferenciales para la industria textil de mayor calidad. Los precios, y su evolución, ya condicionan para bien las expectativas del productor. En los últimos 2 años y medio, con incrementos de más de un 50 % en las lanas de menor micronaje, alcanzando interesantes valores de hasta US$ 11/kg, pero también con mercado posible para las lanas medias y gruesas, si bien a valores muy inferiores.

Se podría decir que estamos ante un nuevo tiempo. La producción ovina se jerarquiza hoy, pasando a ser un rubro de alta especialización en lanas finas y muy finas, con procesos de acondicionamiento y certificación que agregan valor al producto final obtenido. En la otra punta, en campos de buena productividad, la carne ovina se afirma atendiendo una demanda con precios similares a los del novillo gordo de exportación.

No sería justo terminar estas reflexiones que reivindican un promisorio futuro para la producción ovina sin mencionar el esfuerzo de productores que procuran colocar su producción natural de lana fina en los mercados más exclusivos. En particular, el reconocimiento para la Ing. Agr. Gabriela Bordabehere, que desde su establecimiento “La Soledad”, próximo a San Gregorio de Polanco, se las ingenió para llegar con su lana Merino a las mismas pasarelas de Gucci. O, más recientemente, Gabriela Hearst, la diseñadora uruguaya de reconocimiento internacional y orígenes familiares agropecuarios, quien, en acuerdo con la AUF, vistió al seleccionado uruguayo con trajes elaborados con la mejor fibra Merino.

¿Cuál será el futuro de la majada nacional? Seguramente nunca recuperará la gran dimensión de stock que tuvo antaño; a su vez, parece difícil que iguale en cabezas al ganado vacuno. Lo que sí es razonable pensar es que ya no será más un producto indiferenciado de la ganadería extensiva; por el contrario, se afirmará como rubro de alta especialización y consecuentes ingresos. Complemento indispensable en la ganadería del basalto superficial y las serranías del este. Larga vida a la producción ovina y a nuestros vocacionales y esforzados pastores.



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