Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Tres abriles

Por Julio María Sanguinetti

El 5 de abril de 1813 Artigas pronuncia, en Tres Cruces, su célebre discurso al Congreso que designaría los representantes ante la Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas. Esa oración es el prólogo político de las célebres Instrucciones que pueden considerase la fundación institucional de nuestra República. Allí claramente se proponía la independencia de España y que no se admitiría "otro sistema que el de la Confederación para el pacto recíproco con las provincias que formen nuestro Estado", reteniendo la provincia "su soberanía, libertad e independencia, todo poder jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente". Artigas nunca habló de "federación", sistema en que la soberanía se desplaza al Estado, subordinando a las provincias. Por esa razón fue obsesivo en él, como lo será para Rivera, mantener un ejército oriental a su mando como garantía esencial de una libertad que recién se estaba procurando y lejos estaba de afianzarse.

Recordemos que el pueblo oriental había seguido a Artigas un año anterior, en el Éxodo, abandonándolo todo, justamente por no subordinarse. Lo reiterará al retornar, antes del Congreso, en su Campamento del Yí, en que se reivindicará la fuerza militar propia, al mando de Artigas. No está de más recordar estos inicios para los que todavía siguen hablando de que nuestra independencia fue un "invento" británico.

Las Instrucciones definirán para siempre nuestro destino republicano, la separación de poderes, la libertad civil y religiosa. Por eso es que desde el comienzo no hubo un entendimiento con Buenos Aires, donde no predominaba todavía la idea de la independencia y mucho menos de la República, que ni aún en Tucumán en 1816 pudo resolverse, por las ideas monárquicas de sus mayores líderes. Suele en estos días asomar la pregunta del institucionalismo uruguayo, por comparación con países hermanos, y la explicación está, justamente, en que desde el primer día nuestra revolución fue republicana, democrática e institucionalista.

Vendrá luego la victoria de Rivera en Guayabos en 1815, que marcará el momento de mayor éxito del artiguismo. Al año siguiente comienza ya la guerra con los portugueses, que culminará en 1820, con nuestra derrota de Tacuarembó y el retiro de Artigas, abandonado, además, por los caudillos provinciales, que habían pactado con Buenos Aires el Tratado del Pilar. A instancias del Cabildo de Montevideo reconoce Rivera el dominio del invasor, logrando mantener la fuerza armada oriental y la libertad de los hermanos Lavalleja, su sobrino Bernabé y Otorgués, que retornan a la Provincia, desde su prisión en Brasil, para incorporarse a los Dragones de Rivera. Lo hermanos Oribe, que se habían alejado de Artigas en 1817, retornan también y se incorporan al ejército de la ahora Provincia Cisplatina.

Así llegamos al segundo gran abril, en 1825, después de esos años de dominio lusitano. Juan Antonio Lavalleja inicia su Cruzada, el día 19. El 29 se incorpora Rivera como segundo jefe y el 25 de agosto se declara la libertad de la Provincia. En setiembre, la victoria de Rivera en Rincón debilita al ejército Imperial, que es derrotado el 12 de octubre en Sarandí, donde Lavalleja tuvo a su mando a Fructuoso y Bernabé Rivera, a Oribe, Zufriategui y Venancio Flores, única vez en que están todos los caudillos juntos. Con estos triunfos orientales, Buenos Aires acepta la reincorporación de la Provincia y pretende subordinar a nuestros Dragones al llamado Ejército Nacional. Lavalleja acepta y bajo el mando de Alvear participa en la Batalla de Ituzaingó (20 de enero de 1827), mientras Rivera, en rebeldía, se aleja y comienza a ser difamado y perseguido. Critica duramente la conducción de la guerra, estimando que el ejército está paralizado y que si no se lleva el conflicto al territorio brasileño, difícilmente se logre la victoria. A Rivera lo condenan, le confiscan sus bienes, le declaran traidor, pese a que reiteradamente había intentado convencer a Dorrego y a Lavalleja, de lanzarse a la conquista de las Misiones. Estanislao López lo protege en Santa Fe y desde allí organiza en solitario su gran operación.

Allí nos encontramos con el tercer gran abril, en 1828, cuando Rivera cruza el Ibicuy, en la noche entre el día 20 y 21, derrota a la fuerza imperial de Alencastre y en dos meses conquista todos los pueblos misioneros. En Buenos Aires, pasa de traidor a héroe, Dorrego lleva a la Catedral la bandera tomada al Imperio en celebración triunfal y pasa a ser Jefe del Ejército de Norte. Organiza la Provincia de San Pedro, forma cabildos, con una aclamación popular al vérsele como un Libertador. El presidente de la Provincia, escribe al Vizconde de la Laguna que "la audacia de Fructuoso, el terror que ha encendido su súbita invasión, su aparente moderación, la prédica revolucionaria que usa, el conocimiento que tiene de toda nuestra gente y la posición que ocupa, todo lo torna un enemigo peligrosísimo".

Lo que no logró Ituzaingó lo alcanzó en 20 días Rivera reconquistando las Misiones. El Imperio, que se negaba a aceptar la paz entre Buenos Aires y Río de Janeiro, asume que está en peligro y que puede perder más. El mediador británico, Lord Ponsonby, que lo venía intentando infructuosamente, se encuentra con que ahora hay un precio posible para la paz y la idea de la independencia de la provincia oriental, que advertía ya irreversible dada la entereza de la lucha de los orientales. El 27 de agosto de 1828 se firma la Convención Preliminar de Paz. Luego de 17 años, en combate, contra españoles, porteños, portugueses, brasileños, se reconoce la independencia oriental. Con mucho dolor, Rivera entrega las Misiones, retorna con un contingente indígena y funda Bella Unión. Se temía su rebeldía pero acata y esa actitud es determinante de la independencia nacional. Como dice José Enrique Rodó: "Para quien cale más hondo; quien sea capaz de llegar al alma de los hechos históricos, percibirá que la significación de la conquista de las Misiones es inmensamente mayor, al punto de que no hay, en el transcurso de los acontecimientos que se abren con la cruzada de 1825, página que más sin reserva podamos vincular al hecho de nuestra independencia, de nuestra constitución como nacionalidad".

Tres abriles, una en que se sienta la doctrina, otra en que se sale a buscar la independencia y la última, la que la define. En la primera está Artigas, con Rivera y Lavalleja. En la segunda están Lavalleja y Rivera. En la final, la decisiva, Rivera, solo con su audacia, popularidad, talento político y patriotismo.




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