Todos rotos y además online
Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 7'
Por Eduardo Irigoyen
Eduardo Irigoyen García recorre, con humor y autocrítica, las adicciones digitales, la degradación del debate público y la conversión de la política en espectáculo. El problema, advierte, no pertenece a una sola tribu: el algoritmo se alimenta de nuestras ganas de tener razón.
Tengo varias adicciones. Algunas más presentables que otras.
El chocolate, por ejemplo. El mate también: esa costumbre que convierte a cualquier uruguayo promedio en un reactor soviético con termo bajo el brazo o sobre la mesa. Después vienen las dependencias menos químicas, pero igual de peligrosas: la lectura, Peñarol, el cine, la música —candombe, murga y rocanrol— y, finalmente, la peor de todas: la pantalla de mi PC.
No la computadora. La pantalla.
Porque por ahí entra todo. Música, noticias, discusiones, estupideces, artículos brillantes, videos absurdos, documentales sobre los Esteros de Farrapos y tipos que aseguran que los aviones fumigan con productos químicos para que no pensemos y así es más fácil dominarnos.
La pantalla es una ventana al conocimiento universal y, al mismo tiempo, un contenedor que, a diferencia del que tengo en la esquina, no recibe basura: te la tira sin pudor.
Basura mental, muy bien presentada y colorida. La consumo con gran entusiasmo masoquista y antropológico.
Entre esas drogas digitales hay una particularmente rioplatense: el debate político argentino. Los uruguayos tenemos una relación profundamente enfermiza con Argentina. No podemos dejar de mirar a los argentinos para criticarlos y envidiarlos, ni de admirarlos por las mismas razones.
Es imposible.
Argentina es nuestro reality show geopolítico favorito: una mezcla de asamblea universitaria ruidosa, programa de chimentos escandaloso y terapia grupal televisada. Y tiene algo que Uruguay no produce en cantidades industriales: farándula.
Nuestro ecosistema mediático es demasiado pequeño y austero. Acá lo más parecido a una celebridad escandalosa suele ser un diputado diciendo una barbaridad en comisión o un intendente peleándose por una amante colocada a dedo. Entonces llenamos ese vacío convirtiendo a los políticos argentinos en figuras de espectáculo. La pantalla uruguaya no se inunda de modelos peleándose en un set, sino de diputados, ministros, politólogos, economistas, sindicalistas, intendentes y, de tanto en tanto, algún terraplanista antivacunas que aparece porque faltaba completar el panel. A veces también un exfutbolista indignado.
Y ahí estamos nosotros. Mirando. Opinando. Sufriendo. Gozando.
Algoritmo libertario o compañero
En ese ecosistema de sobreexcitación permanente me crucé hace un tiempo con un hilo de Adrián Ramírez, consultor de comunicación y estratega de marketing. En uno de sus posteos llama a “peronizar el algoritmo”, frase que ya de por sí es bastante definitoria.
No lo conocía.
Probablemente discrepemos en varias cosas. Pero tengo una costumbre vieja y poco rentable en redes: cuando alguien presenta un argumento atendible, intento reconocerlo aunque nos separen toneladas de diferencias y un Río de la Plata entero. Y Ramírez, en buena parte de su diagnóstico sobre la degradación del debate público, tiene razón. Describe muy bien tres fenómenos que hoy se practican como deporte extremo:
El galope de Gish: abrumar al oponente con una ráfaga rápida de afirmaciones dudosas, medias verdades o mentiras para que no pueda responder a todas.
La ley de Brandolini: la cantidad de energía necesaria para refutar una tontería es mucho mayor que la requerida para crearla.
La erística: el arte de discutir no para acercarse a la verdad, sino para ganar la disputa a cualquier costo.
Cualquiera que haya pasado más de siete minutos en redes sociales lo reconoce. Hoy el debate muchas veces no consiste en pensar mejor, sino en impedir que el otro piense. No gana quien argumenta con más claridad, sino quien genera más ruido. El objetivo ya no es persuadir: es fatigar, saturar, convertir la conversación en una licuadora cognitiva donde ya nadie distingue entre dato, meme, ironía, propaganda o simple esquizofrenia digital. Y eso no es exclusivo de ningún sector. Es una enfermedad transversal de época.
Ahora bien, también hay algo que me gustaría decirle amistosamente a Adrián.
El liberalismo no son esos energúmenos reaccionarios que han tomado la palabra “libertad” como quien secuestra un ómnibus. Igualito que en Máxima velocidad, pero Milei no es Keanu Reeves ni Karina es Sandra Bullock.
Eso no es liberalismo.
O, por lo menos, no es el liberalismo que uno aprendió a respetar.
La versión uruguaya
Tenemos influencers y militantes digitales del Frente Amplio capaces de convertir una media verdad en una verdad absoluta, atribuirle al adversario intenciones que nunca tuvo o construir, a partir de un dato real, una conclusión completamente disparatada.
Lamentablemente también los tenemos en el Partido Colorado.
Y en el Partido Nacional, bueno... ahí ya existe una larga tradición levantisca de emoción, nativismo, rebeldía y romanticismo blanco que a veces lleva a subirse a la cuchilla, lanza en mano, y decir unos cuantos disparates sin necesidad de que nadie los obligue.
La camiseta cambia. El mecanismo es el mismo.
Cada tribu tiene sus propios fabricantes de indignación, sus expertos en seleccionar solamente los datos que les sirven, sus influencers que confunden opinión con información y sus militantes capaces de defender cualquier cosa siempre que la haya dicho “uno de los nuestros”.
Y eso debería preocuparnos bastante más que la identidad partidaria del mentiroso.
Porque el problema no es solamente que alguien mienta.
El problema es que nosotros queremos creerle.
El algoritmo aprendió algo que los políticos descubrieron hace mucho: la indignación moviliza más que la razón. Una explicación compleja recibe menos “me gusta” que una acusación brutal. Una duda razonable circula poco. Una certeza absurda vuela.
Y así vamos construyendo pequeñas comunidades donde todos reciben confirmación permanente de que tienen razón y de que los demás son unos imbéciles.
¿Querías liberalismo? ¡Tomá!
El liberalismo clásico fue una tradición intelectual enorme, compleja y contradictoria. Nació de la desconfianza hacia el poder, de la defensa de las libertades individuales, de la libertad de conciencia, de la tolerancia y de la convicción de que ningún gobierno debería disponer arbitrariamente de la vida de los ciudadanos.
Locke, Montesquieu o Mill no eran enemigos de la democracia, de la cultura ni de la solidaridad social. Por eso me cuesta bastante llamar “liberalismo” a una corriente que convierte cualquier preocupación social en una enfermedad, cualquier regulación en una dictadura y cualquier política pública en comunismo.
Ahí hay mucho de conservadurismo, bastante de fundamentalismo económico y una buena dosis de rebeldía adolescente. Sobre todo, una enorme confusión entre defender la libertad y tener siempre razón. Porque el liberalismo, si algo debería enseñarnos, es precisamente a desconfiar de quienes están demasiado seguros de poseer la verdad.
Después llegaron algunos muchachos que se creen traders, con canales de streaming, gráficos de cotización y una comprensión emocional comparable a la de una calculadora Casio, y transformaron todo eso en una secta donde el ser humano pobre parece un error estadístico que molesta entre las curvas de crecimiento. Convirtieron la economía en metafísica o, peor, en teología.
El problema no es discutir impuestos, mercado o regulación. Eso es sano y necesario. El problema empieza cuando toda conversación humana termina reducida a índices, productividad y eslóganes recitados como si fueran versículos.
Porque una sociedad no es solamente eficiencia. También es cultura. Fragilidad. Humor. Contradicciones. Charla amable. Mate. Amistad. Gente perdiendo tiempo en cosas inútiles y hermosas.
A la uruguaya.
Y quizá ahí esté parte del drama contemporáneo: hemos creado tecnologías prodigiosas para comunicarnos mientras destruimos lentamente la capacidad de conversar, dialogar, discutir y ponernos de acuerdo.
Mientras tanto, seguimos mirando debates argentinos y pensando que quizá el problema no sea solamente político.
Quizá están todos un poco rotos.
Nosotros también.
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