Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Todos lo decían

Edición Nº 1061 - Viernes 14 de noviembre de 2025. Lectura: 4'

Por Julio María Sanguinetti

El prolongado ciclo electoral desgasta a la ciudadanía y debilita la política. Es hora de acortar los tiempos sin perder legitimidad democrática.

Cuando llegamos a la elección departamental de mayo, fue unánime el comentario sobre la fatiga ciudadana por el largo, desmesurado proceso electoral.

Felizmente no tenemos elección de medio término, como en Argentina, pero el hecho de que estemos un año y medio en campaña no deja de ser un anacronismo en este tiempo de velocidad para todo.

Todo el mundo hablaba de acortar el período electoral y creo que, pasando ya la etapa presupuestal, sería un buen momento para que los partidos políticos conversaran sobre el tema.

En su momento, hubo algunas ideas. El presidente Orsi habló de votar lo departamental junto a lo nacional, aunque con apertura para votar lemas distintos. Personalmente, creo que tiene el inconveniente de que lo nacional arrastra a lo departamental, lo que de hecho debilita su autonomía. Por más que pueda haber “voto cruzado”, bien sabemos que este es más complejo y que, además, como el grueso del debate va a estar en lo nacional, el interés por lo departamental queda diluido.

El senador Bordaberry también lanzó un cambio de cronograma, manteniendo el mismo sistema. La interna partiría en agosto, las elecciones en octubre y noviembre en segunda vuelta, la toma de posesión el 10 de febrero y las municipales el segundo domingo de marzo.

Personalmente, estimo que la experiencia de la interna obligatoria con candidatos únicos por partido logró algunos efectos interesantes, como democratizar la elección de candidatos, pero restó apertura a los partidos, les impuso hacer una elección temprana y cerrada, que llevó a que aparecieran más tarde expresiones válidas salteando esa instancia.

Por eso hoy dejaríamos el tema librado a cada partido, como ocurría antes, aun en el propio Partido Colorado, en que hubo elecciones hasta de sectores, como pasó, por ejemplo, en el Batllismo Unido en 1989 entre Jorge Batlle y Enrique Tarigo.

Una idea sería la de retornar al doble voto simultáneo, en que la elección se decide primero por partido y luego por el candidato más votado dentro de cada partido. En el viejo sistema, esto tenía el inconveniente serio de la débil representación de quien resulta presidente solamente, por ejemplo, con un 35% de un partido que obtuvo 40%.

Esto se hizo más evidente cuando apareció el Frente Amplio, en que la elección pasó a ser de tercios y no binaria, como había sido entre los partidos tradicionales. Un sistema dividido en tres hacía difícil la gobernabilidad y por eso establecimos la doble vuelta, el viejo “balotaje” francés, para rodear al presidente de una fuerte legitimidad popular. No se llega a la Presidencia sin el apoyo de por lo menos la mitad del país. La experiencia ha resultado, porque los presidentes, todos ellos, han podido ejercer un mandato indiscutible en su legitimidad representativa.

En el Frente, mucha gente sintió, y lo sigue diciendo, que el balotaje solo nació para ganarle al Frente, y no es así. Nació para mejorar la gobernabilidad, la estabilidad del sistema. No nos podía pasar lo de Chile, cuando se fragmentó. Se dice que con el viejo sistema hubiera ganado siempre el Frente. O no, porque eso supone imaginar que los demás partidos no hubiéramos hecho nada inteligente para enfrentarlo, como hicimos con la Coalición Republicana, por ejemplo.

La idea sería votar en octubre Presidencia y Parlamento. Cada partido podría llevar uno o más candidatos. El Partido Colorado, a título de simple ejemplo, a Ojeda y Bordaberry. O el Frente Amplio, a Sánchez y Cosse. En la segunda vuelta estarían los dos candidatos más votados de los dos lemas más votados.

No solo se acortarían los plazos, sino que además se reduciría el enorme esfuerzo de trabajo y aun financiero que representa una elección como la interna. Seamos claros: la contribución del Estado es importante, pero todos sabemos que es muy insuficiente y que hay que hacer malabarismos para llegar a tener una presencia publicitaria respetable. Y que la interna deja heridos por el camino, que ya se apartan del esfuerzo. La segunda vuelta es otra cosa: ya no son tanto los partidos sino las personas y lo que ellas realmente representan, en ideas y carácter.

No está de más decir que no estamos hablando de una reforma constitucional, sino simplemente de un cambio en el sistema electoral, que requiere una enmienda constitucional, pero punto. Si abrimos el espectro para discutir cualquier cosa, aun legítima e interesante, es el mejor modo para no hacer nada.

En lo personal, no hemos tomado hasta ahora ninguna iniciativa, pero felizmente el tema viene replicando y está leudando la idea de que no está de más hacer algo. Si en mayo, todos fatigados, estábamos de acuerdo, ¿por qué no hacerlo, entonces?



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