Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Suecia y su fractura étnica

Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 7'

La oposición encabezada por Magdalena Andersson obtuvo 176 de los 349 escaños del Parlamento sueco, frente a 173 del bloque que sostenía al gobierno de Ulf Kristersson. Pero el resultado es más complejo que un simple giro hacia la izquierda: los socialdemócratas retrocedieron, la política migratoria restrictiva parece haber llegado para quedarse y la elección dejó al descubierto una creciente división del voto según el origen de los electores.

Suecia cambiará de gobierno, salvo una sorpresa en las negociaciones que ahora comienzan. Terminado el recuento de los votos de las elecciones del domingo 13 de setiembre, los cuatro partidos opositores obtuvieron 176 bancas y los cuatro partidos que sostenían al gobierno de Ulf Kristersson, 173. El primer ministro presentó este jueves su renuncia y dejó en manos del presidente del Parlamento el proceso para encontrar un nuevo gobierno. El resultado todavía debe recibir la certificación formal de la autoridad electoral, pero la distribución de escaños ya no está en discusión.

Sería engañoso, sin embargo, describir lo sucedido simplemente como una victoria socialdemócrata. El Partido Socialdemócrata de Magdalena Andersson volvió a ser ampliamente la primera fuerza, con alrededor del 28% y 99 diputados, pero perdió más de dos puntos respecto de 2022. Los Moderados de Kristersson, en cambio, subieron hasta casi el 20% y recuperaron el segundo lugar. La diferencia entre los bloques se explica fundamentalmente por el retroceso de Demócratas de Suecia (SD), que cayó del 20,5% de 2022 al 17,5% y perdió once escaños. Fue la primera elección parlamentaria desde su ingreso al Riksdag, en 2010, en la que SD retrocedió.

La paradoja es significativa. Andersson tiene ahora la posibilidad de regresar al gobierno después de cuatro años en la oposición, pese a que su propio partido recibió menos votos que en la elección anterior. Kristersson pierde la mayoría parlamentaria aunque los Moderados crecieron. Y SD sufrió una derrota electoral apreciable después de haber ejercido durante cuatro años una influencia sobre el gobierno muy superior a la que sugería su ausencia formal del gabinete.

Eso tampoco significa que Suecia esté regresando a la política migratoria que caracterizó al país durante buena parte de las décadas anteriores. En ese terreno, una parte considerable de la agenda que impulsó SD terminó incorporándose al centro de la política sueca. Los socialdemócratas endurecieron también sus posiciones sobre asilo, ciudadanía, delincuencia vinculada a bandas e integración. Las diferencias continúan existiendo, pero una futura administración Andersson difícilmente restablezca el modelo migratorio especialmente abierto que durante años distinguió a Suecia. Durante la campaña, de hecho, el Partido Socialdemócrata prometió mantener una política migratoria restrictiva [https://www.reuters.com/world/europe/swedish-centre-left-opposition-pole-position-take-power-after-tight-election-2026-09-14/].

Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de la elección.

Durante los días posteriores a los comicios circuló la afirmación de que Suecia se había dividido electoralmente según líneas étnicas: los votantes de origen europeo habrían votado mayoritariamente a la derecha y los de origen no europeo, a la izquierda. La realidad es algo más compleja, pero la existencia de un fuerte clivaje según el origen de los electores está suficientemente respaldada por los datos.

Conviene empezar por una precisión. Suecia no registra el voto por “raza” o “etnia”. La encuesta de salida VALU de la televisión pública SVT clasifica a los entrevistados según dónde crecieron ellos y sus padres. Considera de origen extraeuropeo a quien creció fuera de Europa o tiene al menos un progenitor criado fuera de Europa. Se trata, por tanto, de una categoría de origen geográfico y familiar, no estrictamente étnica [https://www.svt.se/nyheter/sa-rostade-olika-valjargrupper-gr3b30].

Hecha esa salvedad, la diferencia es notable. La encuesta de salida mostró que el 67% de los electores de origen extraeuropeo votó por los partidos opositores [https://www.reuters.com/world/europe/the-night-swedens-far-right-stopped-winning-2026-09-17/]. Ese grupo representa aproximadamente el 13% de los habilitados para votar. La divergencia respecto del conjunto del electorado es demasiado grande para considerarla un fenómeno marginal.

También se observa territorialmente. Un análisis realizado para Reuters sobre 786 distritos en los que al menos la mitad de los habitantes había nacido en el extranjero o tenía ambos padres nacidos fuera de Suecia encontró que los partidos opositores obtuvieron allí 73.000 votos más que cuatro años antes. La participación electoral en esos distritos aumentó unos tres puntos, hasta el 67,5%. En Rinkeby, suburbio de Estocolmo con una numerosa población de origen somalí, aproximadamente el 94% votó por los partidos de la oposición y la participación aumentó alrededor de diez puntos.

No sería correcto, sin embargo, invertir mecánicamente la afirmación y decir que “los europeos votaron a la derecha”. Las tabulaciones de VALU muestran una diferencia mucho más pronunciada entre los electores de origen extraeuropeo y los demás que una división binaria entre europeos y no europeos. Los votantes de origen sueco fueron comparativamente mucho más favorables a los partidos del acuerdo de Tidö, pero quienes tienen otros orígenes europeos no constituyen tampoco un bloque homogéneo. Edad, sexo, nivel educativo, ingresos y lugar de residencia siguen siendo variables importantes.

Lo que sí puede afirmarse es que el origen migratorio se ha convertido en una variable electoral de primer orden en Suecia.

Y la propia campaña probablemente contribuyó a profundizar esa diferencia. SD planteó, entre otras propuestas, restricciones adicionales a la inmigración y una prohibición de determinados velos islámicos. Dirigentes del propio partido reconocieron después de la elección que algunas de esas iniciativas pudieron movilizar en su contra a electores de origen inmigrante.

Eso tampoco significa que los inmigrantes constituyan un electorado uniforme ni que SD carezca de apoyo entre ellos. La encuesta de SVT registra votos para Moderados y SD también dentro de los grupos de origen extraeuropeo. Lo relevante no es una supuesta separación absoluta entre dos comunidades, sino la magnitud de la diferencia estadística entre ellas.

La pregunta de fondo es qué puede producir ese fenómeno a largo plazo.

Suecia fue durante décadas un ejemplo casi paradigmático de política organizada alrededor de la clase social: trabajadores sindicalizados y sectores populares vinculados a la socialdemocracia, clases medias y empresariales más inclinadas hacia los partidos burgueses. Esa estructura no desapareció, pero se superpone ahora con otra: metrópolis y suburbios multiculturales por un lado; ciudades pequeñas, zonas rurales y sectores de la población de origen sueco por otro. Inmigración, integración, delincuencia e identidad cultural se han añadido a impuestos, salarios y Estado de bienestar como factores determinantes del voto.

Para SD se plantea además una contradicción. Su influencia fue decisiva para endurecer la política migratoria sueca, pero algunas de sus propuestas parecen haber provocado precisamente una movilización electoral de quienes se sentían directamente afectados por ellas. Al mismo tiempo, cuatro años respaldando al gobierno pudieron debilitar una de las características que habían favorecido históricamente al partido: su imagen de fuerza ajena al sistema político tradicional. Dirigentes de SD mencionaron ambas explicaciones después de la elección, además del voto táctico de algunos de sus simpatizantes hacia otros partidos del bloque gubernamental.

Para Andersson, mientras tanto, ganar la elección puede resultar más sencillo que gobernar.

Sus 176 diputados pertenecen a cuatro partidos que discrepan en cuestiones fundamentales. El Partido de Izquierda reclama formar parte del próximo gobierno. El Partido del Centro sostiene exactamente la posición contraria y llegó a afirmar durante la campaña que preferiría una elección extraordinaria antes que permitir la entrada de la Izquierda al gabinete. También existen discrepancias sobre impuestos, empresas privadas en la educación, energía nuclear e inmigración.

El parlamentarismo negativo sueco ofrece margen para resolver el problema: un candidato a primer ministro no necesita reunir una mayoría afirmativa, sino evitar que 175 diputados voten en su contra. Andersson había dejado abierta durante la campaña la posibilidad de gobernar incluso con un gabinete socialdemócrata minoritario y negociar mayorías parlamentarias según cada asunto. Esa alternativa adquirió ahora una relevancia evidente.

Por eso las elecciones de 2026 probablemente no significan un vuelco ideológico de Suecia. El país puede cambiar de primer ministro sin desandar buena parte del recorrido realizado durante los últimos años en inmigración y seguridad. Tampoco desaparece SD: con más del 17% sigue siendo una de las tres grandes fuerzas políticas del país.

Lo verdaderamente novedoso puede encontrarse en otro lugar. Una elección decidida por apenas tres diputados mostró hasta qué punto la composición demográfica del electorado y su movilización pueden convertirse en factores decisivos de la política sueca.

Si esa tendencia continúa, el viejo conflicto sueco entre izquierda y derecha podría incorporar de manera permanente otro eje, mucho más difícil de administrar: el que atraviesa a una sociedad cada vez más diversa en torno a inmigración, integración e identidad.

La elección del 13 de setiembre no creó esa fractura. Pero la hizo imposible de ignorar.



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