¿Son conscientes?
Viernes 10 de abril de 2026. Lectura: 6'
Por Julio María Sanguinetti
Un diagnóstico implacable del expresidente sobre el riesgo de volver a viejas recetas: entre la presión fiscal, el avance sobre las AFAP y la tentación estatista, el país enfrenta decisiones que pueden erosionar su credibilidad, su inversión y su futuro económico.
Por modalidad temperamental y una vida en la política, descuento la buena fe de los actores. Tengo claro que la mayoría del común no piensa así y por eso habla de las “buenas intenciones” como un factor que distingue al dirigente que votará o que acompaña, a diferencia de los que imagina ambiciosos, personalistas o corruptos.
Lo que sí he visto hasta la fatiga es el pecado de la irrealidad. A veces en los propios y, sin duda —en grado superlativo—, en los sueños de los viejos marxistas uruguayos y sus herederos, a los que la realidad no les llega. Puede desfondarse la Unión Soviética en medio del fracaso económico, caerse solo el Muro de Berlín sin que nadie tirara un tiro, puede China transformarse en potencia cuando abandonó la economía socialista o, a la inversa, hundirse Cuba en la miseria por su fidelidad a la doctrina, que nada de eso cambiará su talante. El PIT-CNT es el paradigma de ese modo de vivir en un mundo de fantasía.
Como el personaje de Joyce en el Ulysses, que, como no podía cambiar de país, proponía cambiar de tema. De todo aquello que es la verdad no se habla. Los comunistas siguen siendo comunistas y los socialistas no asumen la socialdemocracia. Y, como consecuencia, creen que la realidad no tiene límites, todo es posible.
Los vemos todos los días acosando al ministro de Economía, creyendo que se puede seguir gastando como si no pasara nada, como si no tuviéramos un déficit fiscal que permanentemente nos tintinea con su luz amarilla.
Estos días, el ministro de Desarrollo Social ha estado en el candelero por el acuciante tema de la gente en situación de calle. Es un tema social preocupante, estrechamente asociado a las drogadicciones. Hubo muchas críticas en la interna frentista, se habló de “operaciones” mediáticas y, finalmente, todo parece haberse encarrilado con un plan que se presentó al presidente de la República.
Sin duda, el tema es prioritario. No solo por lo que humanamente significa en sí mismo, sino por lo que afecta al conjunto de la sociedad, aun psicológicamente. En la sensación de inseguridad de la que tanto se habla no está sola la recurrencia en el delito, sino esta presencia triste que se asocia a esa nube de presuntos cuidacoches cuyo rostro, semáforo tras semáforo, no siempre es amigable.
No se ha hablado de financiación del programa. Sobre eso alerta Búsqueda en su edición de ayer, y es lógico. Si la Biblia es el presupuesto, aparece aquí un gasto extraordinario donde, sin duda, hay una prioridad para el gobierno y la sociedad toda.
Otra alerta, pero de mayores repercusiones políticas, es la que Ignacio Munyo planteó el domingo en El País. En su artículo celebra que en abril de 1986 se depositó el primer peso de un trabajador en una cuenta de su propiedad, a su nombre, como ahorro previsional. Habían nacido las AFAP, como parte de un cambio profundo en el sistema de jubilaciones del país.
En aquel momento estaba de moda el sistema chileno de ahorro privado y, en la otra punta, teníamos en crisis el nuestro de reparto solidario. Se discutió a fondo y el Uruguay fue a un sistema mixto. Mantuvo la base solidaria, pero le añadió el ahorro individual como seguro para trabajadores que durante años habían visto diluirse sus aportes en el magma de un enorme sistema que significaba injusticias y discriminaciones.
Había dudas sobre su operatividad. Treinta años después, nadie de buena fe puede decir que no ha funcionado eficazmente. Hay AFAP privadas y hay una AFAP del Estado que es la mayoritaria y naturalmente ha marcado un rumbo porque no se da allí el ominoso “lucro”. Ni privatismo chileno ni estatismo universal. El Uruguay marcó un rumbo. Por supuesto, el dogmatismo nostálgico de la idea socialista fracasada intentó en un plebiscito derrumbar el sistema, pero fracasó, y así se llegó a estos 30 años de exitosa experiencia. Ya antes, en 2008, habían vuelto a desfinanciar el sistema de reparto y por eso el gobierno anterior tuvo que volver a legislar.
En el artículo que comentamos, Munyo dice que hay una propuesta de desfondar las AFAP, vaciarlas de contenido. No derogarlas, para evitar el choque frontal. Por una vía oblicua, llegar a lo mismo: pasar las cuentas al BPS. O sea, volver al pasado. A la gran olla donde todo se diluye y, aunque jurídicamente siga habiendo una cuenta individual (ya la hay, legalmente, en el BPS), el dinero ya no tendrá una administradora privada, que ha permitido financiar obra pública o invertir en títulos serios, lo que quedaría expuesto a las urgencias del Estado.
Por el momento, son planteos en el “diálogo social”. No hay una razón económica. No hay un tema de funcionamiento. Hay la revancha de un plebiscito y, de nuevo, caer en la irrealidad de que todo será más justo porque el trabajador ya no tendrá el control de su dinero. Reaparece la nostalgia estatista que suele invocar al batllismo porque no se entiende que el batllismo es reformismo, reformismo permanente, búsqueda de la justicia en un sistema democrático, de libertades, de propiedad privada, economía de mercado y un Estado que asume el rol compensatorio de las inevitables desigualdades que produce la competencia, hasta donde ello es posible, para no asfixiar el ritmo del crecimiento, que solo lo generará la inversión. Esto no es batllismo. Es la esclerosis socialista que hundió a Europa del Este y llevó al totalitarismo cubano a la miseria de su pueblo.
Esto sería un paso atrás de impensables consecuencias. De inmediato, el daño sería a los 300 funcionarios de las AFAP. Pero habrá otros muchísimos mayores: la pérdida de credibilidad del gobierno, el abrazarse nuevamente a un dogma perimido. Lo del principio: ignorar la realidad. Cambiar lo que anda bien por una nostálgica revancha ideológica. Ignorar que las calificadoras de crédito probablemente pongan en duda la nota del gobierno. Ignorar que la inversión privada sentirá que el país empieza a dejar de ser el de las reglas claras. Ni hablar si en el análisis de las edades jubilatorias se va también a un retroceso en la ley que el gobierno anterior tuvo que dictar para reconocer la realidad, una vez más la realidad, de que vivimos más años y no se puede soñar con un retiro anticipado. Esto sería ya el acabose en el estricto sentido de la palabra. Ya en 2008 hicieron un desastre, pero todavía en tiempos de bonanza. Hoy sería algo lindante con lo catastrófico.
Quienes proponen estas fantasías, ¿son conscientes de lo que están hablando?
El gobierno actual parece ser un continuador del pragmatismo del último Mujica. Queremos creer que no acompañará la propuesta si finalmente aparece y que entenderá que este es un paso en falso de enormes consecuencias.
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