Edición Nº 1103 - Viernes 23 de octubre de 2026

¡Somos franceses, papá!

Viernes 23 de octubre de 2026. Lectura: 9'

Por Eduardo Irigoyen García

Francia vuelve a estremecerse entre protestas sociales, violencia callejera y teorías conspirativas que convierten el descontento en odio religioso. Mientras los extremos políticos buscan sacar provecho de la crisis, Marianne contempla una República cuyas divisiones amenazan con debilitarla.

La imagino asustada, con el terror en los ojos, mientras un estudiante le coloca un chaleco amarillo y le cubre las espaldas con una bandera palestina. Justo a ella, Marianne, la madre de la República francesa, que ha visto pasar generaciones de franceses, miles de manifestaciones y multitudes que salieron a la calle con rabia, por motivos justos, por reclamos equivocados y, a veces, por ambas cosas al mismo tiempo.

El pasado 17 de octubre, Francia vivió una de esas crisis que admiten muchos diagnósticos, aunque no todos resistan el contraste con los hechos. Los sindicatos calcularon 800.000 manifestantes; el Ministerio del Interior, 550.000. Hubo 1.200 detenidos, 855 en París. Pero mientras las calles expresaban un malestar social concreto, las redes sociales se apresuraban a ofrecer explicaciones mucho más cómodas: dos conspiraciones religiosas, enfrentadas entre sí, pero coincidentes en algo esencial: sustituir los problemas reales por un enemigo fácil de señalar.

Las protestas comenzaron con estudiantes que denunciaban el deterioro de las aulas y la falta de profesores. Se sumaron trabajadores, agricultores, antiguos chalecos amarillos y ciudadanos hartos del costo de vida y de unos servicios públicos cada vez más deteriorados. La deuda pública francesa alcanzará el 119,3% del PIB en 2026, su nivel más alto desde 1978.

No hay evidencia presentada que permita atribuir las protestas a una supuesta composición étnica o religiosa particular de los manifestantes. Tampoco las grandes crisis francesas de 2005 y 2023 pueden reducirse a la inmigración: detrás hubo desigualdad, fractura territorial y conflictos con la policía.

Pero entre los hechos y su explicación se abrió un abismo.

Dos conspiraciones, una misma función

Por un lado, publicaciones en X acusaban a las “élites judías”, al Mossad o a la familia Rothschild de organizar los disturbios. Por otro, Éric Zemmour afirmaba en LCI que las imágenes mostraban «el verdadero rostro del gran reemplazo», protagonizado, según él, por una “horda de bárbaros magrebíes y africanos”.

Las versiones se contradicen, pero cumplen la misma función: borrar la complejidad de una crisis social y reemplazarla por un enemigo religioso reconocible, útil para movilizar seguidores y alimentar agendas políticas previas.

Un análisis del Centro de Investigación sobre el Antisemitismo del Combat Antisemitism Movement (CAM) examinó 18.381 publicaciones de X y revisó manualmente 4.922 grupos de texto. Identificó 1.384 publicaciones antisemitas procedentes de 816 cuentas. El 30% de las publicaciones atribuidas en el informe provenía de cuentas islamistas y el 21% de la extrema derecha o del nacionalismo blanco. Al excluir veinte posibles falsos positivos, la extrema derecha concentraba el 53% de las visualizaciones y las cuentas islamistas, el 12%.

Las proporciones cambian según el criterio utilizado, pero la conclusión no: sectores ideológicamente enfrentados pueden converger en la difusión del mismo odio.

Hay otro dato revelador. El 69% de las publicaciones estaba en inglés y concentraba el 86% de las visualizaciones. El francés representaba el 21% de los mensajes y apenas el 8% de las vistas. El negocio del odio, por lo visto, no conoce fronteras ni necesita hablar el idioma del país al que pretende incendiar.

El guion estaba escrito antes del incendio

Once días antes de los disturbios del 17 de octubre, cuando las protestas todavía eran estudiantiles, Donald Trump ya había presentado la situación francesa como consecuencia de una “migración masiva fuera de control”. Según sus declaraciones, el problema no tenía que ver con las escuelas, sino con el supuesto intento del islam de controlar Francia.

El diagnóstico estaba instalado antes de que se produjeran los disturbios que pretendía explicar. No surgió de una investigación sobre las causas de la protesta, sino de una agenda política que necesitaba convertir el malestar social en una advertencia contra la inmigración.

El patrón no es nuevo. El CAM documentó al menos cuatro episodios en doce meses en los que acontecimientos internacionales fueron reinterpretados como conspiraciones judías: Ceuta, el aniversario del 11-S, el intento de secuestro del vuelo FZ1073 y Francia.

Fuera de Europa, hace tiempo viene ocurriendo algo parecido con los incendios de la Patagonia argentina, atribuidos al fantasmal “Plan Andinia”, un libelo antijudío que circula desde hace décadas. Una teoría tan infame como El judío internacional o Los protocolos de los sabios de Sion. La consultora Ad Hoc registró más de 469.000 publicaciones que vinculaban términos asociados a Israel con los incendios y un crecimiento del 10.800% en las teorías antisemitas.

El mecanismo es sencillo: ante un hecho complejo, se ofrece un culpable conocido. No importa demasiado que la explicación sea absurda; importa que sea fácil de entender, despierte indignación y confirme los prejuicios de quien la comparte.

La prueba de la selectividad

Ese mismo fin de semana, Italia, Portugal, Bélgica y Grecia también registraron protestas por el costo de vida, la vivienda y los servicios públicos. En Milán hubo enfrentamientos con la policía; en Portugal, decenas de miles marcharon por el derecho a la vivienda; en Bruselas y Lieja, algunas manifestaciones terminaron en choques.

Sin embargo, esos episodios no recibieron el mismo tratamiento político que las protestas francesas.

¿Por qué en Francia se activó con tanta fuerza el discurso de la invasión musulmana? No necesariamente porque sus problemas sociales fueran distintos, sino porque allí resultaba políticamente rentable explotar esa interpretación. Las elecciones presidenciales estaban en el horizonte; la extrema derecha necesitaba movilizar a sus votantes y la crisis ofrecía imágenes capaces de dominar la agenda.

El “gran reemplazo” no explica los disturbios. Es una teoría política que se presenta como explicación cuando conviene y desaparece del centro de la escena cuando deja de ser útil.

El negocio concreto

El odio religioso no es una discusión abstracta de las redes. Según el balance del Ministerio del Interior francés para 2025, se registraron 2.489 actos antirreligiosos: 1.320 antisemitas y 326 antimusulmanes. Estos últimos aumentaron un 88% en un año, mientras los ataques contra personas crecieron un 151%.

El antisemitismo y la islamofobia no son lo mismo, ni tienen idénticas causas o manifestaciones. Pero ambos pueden alimentarse de un clima en el que se responsabiliza colectivamente a una comunidad por hechos que no ha cometido.

Un estudio publicado en Science en 2018 por investigadores del MIT —Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral— analizó unos 126.000 relatos difundidos por cerca de tres millones de usuarios de Twitter entre 2006 y 2017. Encontró que las noticias falsas tenían un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las verdaderas y que estas últimas tardaban aproximadamente seis veces más en llegar a 1.500 personas.

El estudio no demuestra que toda falsedad se difunda más que cualquier noticia verdadera. Sí muestra una ventaja preocupante de los relatos novedosos y sorprendentes, capaces de despertar emociones intensas.

Una conspiración que explica una crisis en una frase, con un culpable y una dosis de indignación, compite con ventaja frente a un análisis sobre inflación, vivienda, educación y desigualdad. El algoritmo no necesita creer en el odio: le basta con premiar la interacción.

Y alguien termina cobrando por ella. En el caso de Ceuta, el análisis citado identificó publicaciones procedentes de cuentas monetizadas.

No hace falta imaginar un titiritero que coordine a todos. Basta con observar cómo coinciden los intereses de políticos, influencers y plataformas: unos ganan votos, otros visibilidad y las empresas, tráfico e ingresos. La indignación es rentable, incluso cuando quienes la explotan se odian entre sí.

Lo que Marianne mira

Mientras tanto, Marianne contempla el espectáculo. Ha visto monarquías, imperios, guerras, ocupaciones, revoluciones y gobiernos de todos los colores. Sabe que protestar es un derecho fundamental, pero no una patente de infalibilidad: ni el gobierno tiene razón por ser gobierno, ni los manifestantes la tienen automáticamente por ocupar la calle.

También sabe que una República no se defiende solamente con policías, presupuestos equilibrados y discursos sobre el orden. Necesita instituciones sólidas, educación, libertades, responsabilidad ciudadana y gobernantes capaces de escuchar el descontento antes de que se convierta en desesperación.

Pero hay algo que debería preocuparla todavía más que los autos quemados. Según el barómetro Odoxa-Backbone para Public Sénat, Marine Le Pen lideraba la intención de voto presidencial con el 37%, frente al 18% de Jean-Luc Mélenchon. En un eventual balotaje entre ambos, Le Pen se impondría con el 68%. Otro sondeo, de Ifop-Fiducial, señalaba que la dirigente de extrema derecha era la candidata que más se beneficiaba políticamente de los acontecimientos.

La paradoja es evidente: una crisis alimentada por el deterioro social puede terminar fortaleciendo a quienes ofrecen como solución una política de exclusión.

Y mientras Francia discute consigo misma, Putin espera que Europa se canse de apoyar a Ucrania y Trump parece cada vez menos dispuesto a considerar la seguridad europea como un interés compartido. Ninguno necesita inventar las divisiones del continente. Les alcanza con aprovecharlas.

Una República bajo presión

En Francia se produjo una doble operación de borrado. Los manifestantes y sus demandas de mejores salarios, educación y servicios públicos desaparecieron del relato. En su lugar aparecieron dos figuras de fantasía: el judío conspirador y el musulmán invasor. Cada una destinada a un público diferente, ambas alimentadas por un ecosistema que premia la simplificación y el enfrentamiento.

Las redes no se limitan a reflejar prejuicios existentes: también pueden amplificarlos y convertirlos en mercancía. Mientras la indignación genere más atención que el análisis y el odio religioso siga ofreciendo réditos políticos, la próxima crisis corre el riesgo de ser secuestrada por los mismos guiones.

Marianne tiene motivos para estar preocupada. No porque los franceses vuelvan a salir a la calle, sino porque algunos pretenden convencerla de que la República estará más segura cuando nadie se atreva a protestar. Y porque otros parecen creer que para cambiar el mundo basta con romper una vidriera y llevarse todo lo que se pueda.

Tampoco debería ignorar que, mientras sus compatriotas discuten cómo salvar su modelo social, hay quienes, desde Washington y Moscú, se aprovechan de sus divisiones para debilitar a Europa.

La vieja dama republicana ha sobrevivido a incendios mucho peores. Pero no puede permitirse que las llamas le hagan olvidar por qué nació la República, qué libertades conquistó Francia y qué podría perder si defenderlas empieza a parecer demasiado caro.

Entonces, con una pequeña dosis de nuestro dialecto rioplatense, que se le ha pegado de tanto mirar el mundo, Marianne suspira, se encoge de hombros y sentencia:

—¡Somos franceses, papá!

Y también europeos. Y también ciudadanos del mundo. No estaría mal recordarlo antes de que otros decidan qué Europa merece sobrevivir.

Después, mientras se sacude las cenizas y mira de reojo el último auto en llamas, agrega:

—Pero no se hagan los vivos, bande d'enculés: una cosa es protestar y otra muy distinta es prender fuego todo y pasarle la cuenta al vecino.

PD: recomiendo leer y seguir a Nacho Montes de Oca:

@nachomdeo

Visiten su sitio. No le digan que le sustraje un montón de datos para este artículo.

Espero haber cubierto bien las huellas del delito.

(Gracias Nacho).



La catástrofe educativa que seguimos ignorando
El Frente es el problema
Julio María Sanguinetti
La Semana
Dos homenajes a Jorge Batlle a diez años de su partida
El Partido Colorado reclama elecciones libres y garantías democráticas para Venezuela
Una invitación que agravia al Parlamento
El optimismo de Cardona y las cuentas pendientes
312 homicidios: el fracaso de un gobierno que pierde la batalla contra el crimen
Cuando la ley no alcanza
El Frente Amplio vuelve a dinamitar un acuerdo
Jorge Batlle y el valor de las ideas
Luis Hierro López
Octubre de 1972: las advertencias que Bordaberry no quiso escuchar
Santiago Torres
La trasparencia no puede generar castas
Elena Grauert
Biotecnología y competitividad: una omisión en la ley de referencia
Tomás Laguna
La transición energética también se decide en el Parlamento
Fitzgerald Cantero Piali
El peligro de empobrecer el lenguaje
Juan Carlos Nogueira
El gobierno del relato
Gonzalo Durañona
Una vida no tiene precio
Angelina Rios
¡Somos franceses, papá!
Eduardo Irigoyen García
Aprobado de antemano
Alicia Quagliata Rienzi
Héroes del anonimato
Susana Toricez
Brasil, entre las promesas y los escándalos
Las garantías también valen para los adversarios
Irán amenaza con una guerra larga y el mundo vuelve a temblar
De París a Milán: violencia, saqueos y toques de queda
La ofensiva migratoria de Trump también mata estadounidenses
Cataluña sigue pagando el precio del "procés"
Frases Célebres 1103
Así si, Así no
ENTRE DICHOS
Inicio - Con Firma - Ediciones Anteriores - Staff Facebook
Copyright © 2024 Correo de los Viernes.