Serbia demuestra que el poder no es eterno
Viernes 30 de octubre de 2026. Lectura: 4'
Un movimiento nacido de la indignación ante la corrupción consiguió derrotar, en las urnas, a un régimen que llevaba catorce años dominando la política serbia. La victoria de los estudiantes constituye una formidable reivindicación de la democracia, aunque el verdadero desafío comienza ahora: transformar la protesta en un gobierno respetuoso de las instituciones y las libertades.
El domingo 25 de octubre, Serbia protagonizó uno de los acontecimientos políticos más significativos de la Europa contemporánea. Después de catorce años de predominio del Partido Progresista Serbio, el movimiento encabezado por estudiantes universitarios derrotó ampliamente a la coalición de Aleksandar Vu?i?, quien debió reconocer públicamente su fracaso electoral.
Los resultados preliminares de la Comisión Electoral son elocuentes: la Lista Estudiantil obtuvo el 52,71% de los votos, frente al 39,17% de la coalición oficialista. Con una participación cercana al 69%, la mayor en décadas, los vencedores consiguieron una mayoría parlamentaria que les permitiría gobernar sin necesidad de acuerdos con otras fuerzas políticas.
No fue una victoria cualquiera. Fue la derrota de un sistema de poder construido pacientemente desde 2012, caracterizado por el personalismo, la concentración de atribuciones y las reiteradas denuncias de subordinación de las instituciones, presiones sobre los medios de comunicación y utilización partidaria de los recursos estatales.
Paradójicamente, quienes consiguieron lo que los partidos tradicionales de oposición habían sido incapaces de lograr fueron los estudiantes.
Todo comenzó el 1.º de noviembre de 2024, cuando el derrumbe de una marquesina en la estación ferroviaria de Novi Sad provocó la muerte de 16 personas. La tragedia, ocurrida en instalaciones recientemente renovadas, desató denuncias de corrupción, irregularidades en las obras públicas y negligencia administrativa.
Las universidades se movilizaron reclamando responsabilidades. Lo que inicialmente parecía una protesta circunstancial terminó convirtiéndose en una formidable expresión de resistencia cívica. Durante casi dos años, los estudiantes mantuvieron viva una movilización que trascendió los claustros universitarios, incorporó a profesionales, trabajadores y ciudadanos de diversas orientaciones políticas y acabó transformándose en una alternativa electoral.
El fenómeno resulta particularmente significativo porque demuestra que la indignación social, cuando consigue organizarse y traducirse en participación política, puede quebrar estructuras de poder aparentemente inexpugnables.
Y ello ocurrió pese a un contexto electoral muy cuestionado. La organización independiente CRTA documentó presiones sobre votantes, integrantes de las mesas y observadores, además de numerosas irregularidades relacionadas con el secreto del sufragio. También se registraron episodios de intimidación y violencia. Sin embargo, la magnitud de la victoria opositora terminó imponiéndose sobre esas circunstancias.
Vu?i?, que había abandonado la Presidencia para intentar regresar al gobierno como primer ministro, reconoció la derrota, aunque atribuyó parte de ella a supuestas interferencias extranjeras. Es una explicación habitual entre dirigentes personalistas: cuando los electores dejan de acompañarlos, resulta más sencillo responsabilizar a conspiraciones internacionales que admitir el desgaste de su propio ejercicio del poder.
Pero sería un error interpretar este resultado como una automática conversión de Serbia al liberalismo político.
La Lista Estudiantil constituye una coalición heterogénea, unida fundamentalmente por el rechazo a la corrupción y al predominio del oficialismo. Sus integrantes comparten aspiraciones de recuperación institucional, independencia judicial y transparencia, pero mantienen diferencias sobre cuestiones económicas, sociales y geopolíticas.
Serbia conserva, además, problemas particularmente delicados. Su relación con Rusia, el proceso de incorporación a la Unión Europea y el conflicto irresuelto sobre Kosovo plantean desafíos que no desaparecerán con el cambio de gobierno. El nacionalismo serbio tampoco constituye una peculiaridad exclusiva de Vu?i?, sino una corriente profundamente arraigada en sectores importantes de la sociedad.
Por eso, el triunfo estudiantil merece ser celebrado sin caer en ingenuidades. Derrotar electoralmente a un dirigente de tendencias autoritarias no garantiza, por sí solo, la construcción de una democracia liberal. Esta exige algo más que mayorías circunstanciales: requiere límites al poder, independencia de la Justicia, libertad de prensa, garantías individuales y respeto a quienes piensan diferente.
Los vencedores deberán demostrar que comprenden esa diferencia. Dispondrán de una mayoría parlamentaria considerable, pero sería lamentable que pretendieran utilizarla para reproducir, con otros protagonistas, los mismos mecanismos de concentración de poder que combatieron.
Tampoco conviene dar por políticamente desaparecido a Vu?i?. Su coalición conserva casi cuatro de cada diez votos, una estructura partidaria extendida y una influencia acumulada durante muchos años. El nuevo gobierno tendrá que convivir con una oposición poderosa, cuya legitimidad electoral también deberá respetar.
La enseñanza fundamental de Serbia trasciende, por lo tanto, sus fronteras. Ningún gobernante es propietario del Estado y ninguna mayoría, por prolongada que sea, concede un derecho perpetuo a ejercer el poder. La alternancia no constituye una concesión graciosa de los gobernantes, sino una condición esencial de la democracia.
Los estudiantes serbios acaban de recordar una verdad que demasiados dirigentes olvidan: las instituciones pertenecen a los ciudadanos, no a quienes circunstancialmente las administran.
Ahora tendrán que demostrar que son capaces de gobernar conforme a ese mismo principio. Porque la democracia no alcanza su plenitud cuando cae un gobernante, sino cuando nadie vuelve a sentirse indispensable.
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