¿Será que llegó la reivindicación del glifosato?
Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 5'
Por Tomás Laguna
Tras un cuarto de siglo de uso de lo que fue una revolucionaria tecnología, recién hoy la justicia, la ciencia y la academia redimen al glifosato de tantos males de los que ha sido acusado. De por medio hubo, y hay, una campaña ideológica para muchos, comercial para Europa. ¿Será que se logra superar el subjetivismo en toda esta controversia?
Un par de ediciones atrás escribimos sobre Biotecnología y Competitividad, remarcando la importancia de estas tecnologías aplicadas a la producción agrícola, el desfasaje que mantiene nuestro país en su adopción, así como la responsabilidad que, en su momento, tuvo la izquierda imponiendo moratorias y postergando luego su adopción. Todo como consecuencia de un maniqueísmo tecnológico. Algo así como la batalla entre la luz, para el caso representada por la izquierda redentora y supra moral, y las tinieblas del mal, en este caso las multinacionales que hambrean al ser humano y destruyen el ambiente. Dentro del portafolio de iniquidades tecnológicas se incluyen los “agrotóxicos”, en esa perversa acepción que dan a los agroquímicos, donde el mal mayor se identificó en el glifosato.
Historia que se inscribe en la “luminosa” militancia del ecomarxismo como expresión global de las corrientes antisistema posteriores a la caída del Muro de Berlín.
Ocurre hoy que, tras una larga historia de reclamos judiciales, un fallo de junio de este año de la Corte Suprema de los Estados Unidos dio la razón a Bayer como empresa propietaria de Monsanto, a partir del hecho de que desde 2015 la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) no clasifica al glifosato como cancerígeno. En octubre de 2026, un jurado de St. Louis (Misuri) volvió a fallar de forma unánime a favor de Monsanto en un caso presentado por tres mujeres que atribuían su linfoma no Hodgkin al herbicida. Cabe agregar que tanto FAO como la OMS han evitado calificar a este producto como genotóxico, utilizando la ambigua definición de “poco probable que lo sea”.
Es interesante conocer el origen de este controvertido producto agroquímico. El glifosato fue sintetizado inicialmente en 1950 durante una búsqueda de nuevos compuestos farmacéuticos realizada por el químico Henri Martin, de la compañía suiza Cilag. Por entonces, el compuesto fue descartado debido a la falta de evidencia de potencial farmacéutico. En la década de 1960, tras la adquisición de Cilag por la empresa estadounidense Aldrich Chemical, el glifosato fue añadido a la Biblioteca Aldrich de Sustancias Químicas Raras. Esto llevó a nuevos estudios y a una nueva síntesis del compuesto en 1970 por los químicos Phil Hamm y John Franz de la compañía estadounidense Monsanto, quienes identificaron su condición de herbicida. En 1974, Monsanto, bajo el nombre comercial Roundup, ofreció al mercado el primer herbicida total a base de glifosato, que rápidamente se convirtió en líder mundial.
Recién en 1983 se crearon los primeros cultivares genéticamente modificados. Los primeros se desarrollaron en tabaco y en 1986 se iniciaron los trabajos de tolerancia a herbicidas. Para ubicarnos en el tiempo y nuestra agricultura, fue en 1996 que en nuestro país se sembró por primera vez soja RR (resistente a glifosato). A partir de allí se da inicio a una nueva forma de agricultura con el revolucionario beneficio de reducir el uso de herbicidas y a su vez prácticas de siembra que redundaron en la conservación del suelo.
Precisamente, días pasados, el reconocido excatedrático y exdecano de Agronomía, principal referente en nuestro país en todo lo concerniente a las ciencias del suelo, Ing. Agr. (PhD) Fernando García Préchac, publicó en la diaria, a la sazón periódico identificado con la izquierda, un extenso alegato reivindicando el uso del glifosato en la agricultura moderna. Reconoce el académico como principal beneficio el abandono del laboreo convencional, esto es la rotura mecánica del suelo, sustituyéndolo por la siembra directa. Fue así como se consiguió evitar la degradación del recurso suelo, además de lograr una sustancial reducción en los costos de siembra (incluyendo el menor uso de combustibles fósiles). Para ello era necesaria la eliminación previa de la vegetación existente de modo de instalar el nuevo cultivo sin la competencia por luz, agua y nutrientes de la cobertura vegetal anterior. En aras de ese objetivo fue clave la aplicación del controvertido herbicida.
La eliminación del laboreo mecánico fue el gran cambio tecnológico que algunos “locos” pioneros emprendieron en nuestro país ya a fines de la década de los ’70 y los ’80 pero que finalmente se logró imponer gracias al glifosato a fines de los ’90 y siguientes años. Por entonces con un costo muy elevado, pero que se volvió más accesible una vez que la patente de Monsanto expiró en 2000 y otras compañías comenzaron a producirlo.
Reconoce el mencionado investigador y docente que la aparición de variantes de malezas resistentes al glifosato puede haber debilitado en parte esta tecnología, pero no la ha invalidado ni excluido. En todo caso es materia para los investigadores y la necesaria actualización que cualquier tecnología requiere, so pena de quedar obsoleta.
Desde filas de la misma izquierda parece surgir hoy una campaña de redención, aun así, persiste un prejuicio muy difícil de superar para este paquete tecnológico. Desde las ciencias agrarias se reivindica su uso, las ciencias ambientales y humanas descartan riesgos colaterales sea en el ambiente como en la salud humana. No obstante, hay obsesiones difíciles de neutralizar, las que surgen de la ideología y la ignorancia. La agricultura moderna, a través de la transgénesis y sus agroquímicos específicos, tiene ganada la batalla científica, mucho más difícil es ganarle al oscurantismo y la ideología.
Anécdota de cierre. En un reconocido programa periodístico matutino, al tratarse el tema en una entrevista al profesor García Préchac, se leyó al aire la pregunta enviada por un oyente. “¿Por qué no volver a los métodos agrícolas de las civilizaciones antiguas?” Tal vez Thomas Malthus y sus predicciones de fines del siglo XVIII puedan contestar semejantes simplezas.
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