Saab empieza a hablar
Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 6'
La declaración de culpabilidad del antiguo operador financiero de Nicolás Maduro puede complicar la situación judicial del exdictador y, sobre todo, sembrar desconfianza dentro del chavismo que permanece en el poder. Para Delcy Rodríguez representa una oportunidad, pero también un peligro.
Alex Saab ya no es solamente un detenido dispuesto a negociar. Desde este martes es un confeso dispuesto a colaborar. El empresario colombiano, convertido durante años en uno de los hombres de mayor confianza de Nicolás Maduro, se declaró culpable ante una corte federal de Miami de participar en una conspiración para lavar dinero procedente de contratos públicos venezolanos. Además, aceptó entregar 195 millones de dólares y proporcionar a las autoridades estadounidenses información, documentos y testimonios sobre altos funcionarios de Venezuela.
El cambio es sustancial. Saab había sostenido hasta julio que era inocente y durante años se había presentado como víctima de una persecución política. Ahora reconoce que organizó sobornos y pagos ilegales para obtener contratos vinculados al programa de alimentos y medicinas CLAP, utilizando empresas de fachada, facturas falsas y transferencias a través del sistema financiero estadounidense. Su acuerdo lo obliga a cooperar plenamente y a no proteger a ninguna persona mediante falsedades u omisiones.
Esta última precisión es importante. Sería apresurado afirmar que Saab ya se convirtió en el testigo decisivo contra Maduro. El proceso de Miami se refiere fundamentalmente a corrupción, sobornos y lavado de dinero, mientras que Maduro espera en Nueva York un juicio por narcotráfico, narcoterrorismo y delitos relacionados con armas. La culpabilidad de uno no demuestra automáticamente la del otro.
Pero la utilidad de Saab para los fiscales estadounidenses desborda ampliamente el delito que acaba de admitir. No era un funcionario secundario ni un empresario que ocasionalmente contrataba con el Estado. Fue el operador al que el régimen recurrió para mover alimentos, petróleo, oro y divisas cuando las sanciones internacionales dificultaron el acceso de Venezuela a los circuitos financieros normales. Conocía las empresas, los intermediarios, las cuentas, las rutas comerciales y, sobre todo, quién impartía las órdenes y quién recibía los beneficios.
Si puede relacionar ese entramado financiero con actividades investigadas en la causa de Nueva York, su testimonio podría resultar muy perjudicial para Maduro. También podría permitir la formulación de nuevas acusaciones por corrupción y lavado de activos o servir para corroborar declaraciones de otros colaboradores. Sin embargo, su palabra por sí sola no será suficiente: la defensa de Maduro alegará que se trata de un delincuente confeso que acusa a otros para reducir su condena. El verdadero valor de Saab dependerá de los documentos, comunicaciones y movimientos bancarios con los que pueda respaldar lo que declare.
La amenaza no se limita, por tanto, al exdictador encarcelado. Saab conoce la dimensión económica del chavismo como pocos. Su cooperación puede alcanzar a antiguos ministros, militares, jerarcas de PDVSA, empresarios favorecidos, intermediarios internacionales y funcionarios que aún conservan posiciones dentro del aparato estatal. Cada nombre que entregue puede abrir una investigación, provocar la congelación de activos o convertirse en una nueva pieza de negociación con Washington.
Aquí aparece la paradoja de Delcy Rodríguez. Fue su gobierno el que detuvo y deportó a Saab, después de que Maduro hubiera realizado enormes esfuerzos políticos para conseguir su liberación en 2023, lo recibiera como un héroe y posteriormente lo designara ministro. Entregarlo a Estados Unidos fue una demostración inequívoca de que la nueva conducción estaba dispuesta a sacrificar a integrantes del círculo de Maduro para preservar lo esencial del poder.
En el corto plazo, la operación beneficia a Delcy Rodríguez. Le permite mostrarse ante Washington como una interlocutora capaz de cumplir compromisos, desprenderse de figuras particularmente comprometidas y colaborar con el desmantelamiento de algunos negocios del período anterior. También contribuye a presentar la nueva etapa como una depuración del madurismo, aunque quienes la conducen hayan formado parte central de ese mismo sistema.
Saab puede servir, en ese sentido, como chivo expiatorio perfecto. El relato consistiría en atribuir los mayores actos de corrupción a Maduro, su familia y un grupo de operadores económicos, preservando al chavismo como fuerza política bajo una conducción renovada. No sería la desaparición del régimen, sino su reconversión: sacrificar personas, símbolos y negocios para salvar estructuras, cuotas de poder y capacidad de negociación.
El problema para los hermanos Rodríguez es que ningún colaborador de semejante nivel puede ser controlado una vez que comienza a hablar. Saab trabajó para Maduro, pero sus operaciones atravesaron ministerios, organismos públicos y empresas estatales que continúan bajo la dirección de figuras del chavismo residual. Es improbable que todo cuanto sabe termine convenientemente en la frontera entre el viejo poder y el nuevo.
Su acuerdo con la Fiscalía puede, por eso, multiplicar la desconfianza interna. Funcionarios que hasta ahora se consideraban protegidos deberán preguntarse si aparecen en sus registros o declaraciones. Algunos procurarán negociar sus propias garantías; otros destruirán pruebas, moverán activos o intentarán demostrar una lealtad política cada vez más difícil de creer. En estructuras sostenidas por secretos compartidos y complicidades recíprocas, la incertidumbre sobre quién habla suele ser tan desestabilizadora como las revelaciones mismas.
Existe además un daño simbólico. Durante años, el régimen aseguró que Saab era un diplomático injustamente secuestrado por Estados Unidos. Maduro convirtió su regreso en una victoria nacional y lo incorporó formalmente al gobierno. La confesión no prueba todas las acusaciones formuladas contra el chavismo, pero destruye aquella construcción propagandística: el supuesto perseguido político reconoció que lavó dinero y sobornó funcionarios mientras administraba contratos destinados a alimentar a una población empobrecida.
Eso no significa que el chavismo vaya a derrumbarse. Conserva instituciones, fuerzas de seguridad, redes territoriales y mecanismos de intimidación. La misión internacional de determinación de los hechos de las Naciones Unidas acaba de advertir que, pese a la salida de Maduro y algunas medidas aperturistas, el aparato represivo permanece esencialmente intacto y las reformas pueden ser reversibles. Altos funcionarios vinculados con abusos anteriores continúan en el poder y los colectivos siguen operando.
El mayor efecto de Saab puede no ser una caída inmediata, sino una corrosión progresiva. Para Maduro, representa el riesgo de que alguien que conocía sus circuitos financieros contribuya a completar el rompecabezas de la Fiscalía. Para Delcy Rodríguez, es simultáneamente una credencial de cooperación y una caja de secretos que podría volverse contra su propio entorno. Para el chavismo residual, constituye una advertencia brutal: las lealtades que parecían eternas terminan cuando la alternativa es pasar décadas en una prisión estadounidense.
Saab todavía debe demostrar cuánto sabe y cuánto puede probar. Pero una frontera ya fue atravesada. El hombre al que Maduro rescató, homenajeó y convirtió en ministro ha aceptado salvarse entregando información sobre quienes lo hicieron poderoso. Y en un régimen construido sobre la complicidad, pocas cosas resultan más peligrosas que la cooperación de quien llevaba las cuentas.
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