Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026

Rivera y la victoria olvidada (Pintado Viejo)

Viernes 7 de marzo de 2025. Lectura: 4'

Por Leonardo Vinci

En 1817, mientras la Banda Oriental estaba ocupada por los portugueses, ocurrió un hecho de armas memorable.

Si bien es cierto que la información que se ha preservado es muy escasa, destacan el oficio de Artigas dirigido al Gobierno de Corrientes y el parte del General Bernardo Da Silveira Pinto a Lecor.

Según Fernando Ochoteco, el 23 de marzo, las fuerzas orientales aplastaron la retaguardia de una poderosa división del ejército invasor. Constituyó una victoria de aristas únicas, en la que una formidable acción de una División de la Caballería patriota estuvo a un pelo de borrar de la faz de la tierra aquel destacamento luso-brasileño. Tal fue la magnitud del éxito obtenido que este hecho de armas hizo que el invasor dejara sin efecto su plan original. Tan así fue que, al día siguiente, comenzó a retroceder abandonando todas sus conquistas recientes (equivalente a los actuales Departamentos de Canelones y el sur de Florida), para retornar en menos de 72 horas al punto de partida de aquella ofensiva militar iniciada en la Plaza de Montevideo. Es más que evidente que este hito bélico apaciguó los ímpetus lusitanos, lo que permitió reorganizar la resistencia artiguista en el Frente Sur, y que finalmente postergó la llamada “gran derrota” hasta enero de 1820.

Es incomprensible que este episodio histórico ha sido virtualmente ignorado, salvándose de esta injustificable omisión la excepción de algunos investigadores de tierra adentro y alguna que otra honrosa excepción. A esta extraña circunstancia no escapa gran parte de nuestra academia histórica, donde, con suerte, hay menciones menores, pero donde la mayoría ni siquiera hace referencia a la misma.

Lo cierto es que ese domingo, en el Pintado Viejo, una exuberante división de la caballería oriental realizó un ataque relámpago que deshizo la retaguardia enemiga, logrando así la primera victoria artiguista de gran importancia y con consecuencias duraderas en el devenir de esta guerra.

Las fuerzas militares artiguistas, heterogéneas, precariamente armadas y con escasa disciplina castrense, eran milicias compuestas principalmente por orientales, guaraní-misioneros, entrerrianos y correntinos. Una tropa mayoritariamente reclutada de entre gauchos, indios, criollos y negros libertos. Ciertamente, contaban con cierta experiencia guerrera adquirida previamente durante algunas batallas ocurridas entre las Piedras en 1811 y Guayabos en 1815. Pero tampoco es menos cierto que jamás habían tenido que enfrentar una maquinaria de guerra del porte de aquel ejército portugués. A favor de aquellos aguerridos y temibles paisanos, contaban con la condición de eximios jinetes, disponían de una buena caballada y, además, conocían la geografía local y sus accidentes mejor que sus adversarios.

Según el Boletín Histórico del Ejército, ese día “... El Coronel Rivera en persona mandó este choque a la cabeza de 300 hombres, y el capitán Lavalleja se portó con la bravura que le era de costumbre...”

Se trató de una incursión fulminante de la caballería patriota sobre un campamento portugués, cuya guardia fue completamente sorprendida. Esta hipótesis nos parece la única lógica, considerando, por un lado, el efecto devastador del ataque sobre dicho destacamento, y al contrastarlo con las mínimas pérdidas sufridas por los atacantes.

En un oficio dirigido al Gobernador de Corrientes, redactado en Purificación tres días después del combate, Artigas decía: “... logrado matarle a más de 100 hombres...”, “... hiriéndole a mucha gente...”, “... 57 prisioneros...”, habiendo sufrido las huestes artiguistas solo “... dos heridos y un muerto...”. De la lectura de la misiva se percibe claramente un Artigas aliviado por la victoria, insuflando el ánimo a su protegido, aliado estratégico correntino, luego de la seguidilla de recientes contrastes infligidos por las fuerzas portuguesas a la Liga Confederada.

A propósito, en los Potreros del Queguay, escribía el Coronel Ramón de Cáceres: “... los soldados no tenían más vestuario que un modesto chiripacito para cubrirse; utilizaban las fornituras debido a la escasez de vestuario; el invierno fue muy riguroso; los soldados se amanecían en sus ranchos haciendo fuego y, cuando se tocaba la diana –una hora antes del amanecer– salían a formarse, arrastrando cada uno un cuero de vaca para taparse, de modo que parecían unos pavos inflados en la formación; luego, cuando aclaraba, se pasaba lista, y al ordenar retirar las compañías a sus cuarteles, quedaban tantos cueros en la línea como hombres habían estado en formación; sin embargo, estos hombres eran tan constantes y entusiastas que, tras evitar tan frecuentes derrotas, procuraban acudir a Artigas para incorporarse y continuar en el servicio. ¡Gloria eterna a aquellos denodados patriotas! ...”.



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