Riad mira a Jerusalén
Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 5'
Por Eduardo Zalovich
La ofensiva hutí y la presión sobre las rutas comerciales y la infraestructura petrolera saudita están acercando discretamente a Riad e Israel, unidos por la percepción de una amenaza común proveniente de Irán.
Mientras en nuestro país organizaciones proterroristas, respaldadas por buena parte del FA y un pasquín decadente, realizan todo tipo de acusaciones falsas sobre Israel —seguramente costeadas por Qatar—, el Cercano Oriente avanza en otras direcciones más positivas, aunque no exentas de riesgos. La enfermedad antisemita en Uruguay y las formas de derrotarla irán en un artículo próximo.

Arabia Saudita —quién lo diría— busca ayuda frente a los hutíes y recurre discretamente a Israel.
Hay imágenes capaces de resumir un cambio geopolítico mejor que cualquier discurso. Una de ellas sería la de Arabia Saudita, durante décadas distante de Israel, recurriendo ahora a Jerusalén para obtener ayuda frente a los hutíes respaldados por Irán.
Según los diarios The Jerusalem Post e Israel Hayom, Riad ha utilizado canales vinculados al Comando Central estadounidense (CENTCOM) para solicitar asistencia israelí, principalmente en materia de inteligencia. El objetivo es identificar mejor las posiciones, los movimientos y las capacidades de los hutíes, así como contener su presión sobre el mar Rojo y Bab el-Mandeb.
No se trata de una alianza militar ni del despliegue de soldados israelíes en Yemen. La petición es más concreta: los sauditas necesitan información y los israelíes cuentan con amplia experiencia en el seguimiento de organizaciones respaldadas por Irán. Los hutíes están dando motivos suficientes para preocuparse.
La organización yemení ha intensificado sus ataques y amenaza una de las principales arterias del comercio mundial. A esa presión se suman ataques de otros grupos proiraníes contra infraestructura energética saudita. Para Riad, el problema dejó de ser exclusivamente yemení: afecta directamente a su seguridad nacional y a su principal fuente de riqueza.
El oleoducto Este-Oeste, que transporta petróleo desde el este del reino hasta Yanbu, en el mar Rojo, es una pieza esencial de esa estrategia. Las instalaciones de procesamiento, como Abqaiq, son objetivos especialmente sensibles. El New York Post ha advertido sobre las consecuencias de una escalada contra estas infraestructuras. La amenaza simultánea al crudo saudita y a una de las principales rutas marítimas del planeta tendría efectos mucho más allá de la región.
El enemigo
La ironía es difícil de ignorar. Israel y Arabia Saudita no mantienen relaciones diplomáticas formales y siguen discrepando sobre la cuestión palestina. Sin embargo, cuando aparecen los drones iraníes y los misiles hutíes, esas diferencias pasan a segundo plano. Israel conoce bien el problema.
Los hutíes han lanzado misiles y drones contra territorio israelí y contra la navegación vinculada a Israel. Jerusalén considera a la organización una pieza de la red regional construida por Irán. Por eso, la cooperación de inteligencia con Riad responde a una lógica sencilla: ambos países enfrentan, desde posiciones distintas, al mismo adversario.
La preocupación israelí se concentra especialmente en Bab el-Mandeb. El estrecho conecta el océano Índico con el mar Rojo y forma parte de una ruta estratégica para el comercio internacional. El control efectivo del estrecho por una organización aliada de Irán alteraría el equilibrio regional.
Ynet y otros medios israelíes han reflejado la inquietud del aparato de seguridad por la expansión de la amenaza hutí. Desde la perspectiva israelí, permitir que Irán consolide posiciones en el extremo sur de la península arábiga equivaldría a aceptar una nueva ampliación de su red de influencia.
Durante años, Jerusalén advirtió que la amenaza iraní no podía medirse solo por el arsenal de Teherán. El riesgo también estaba en la red de organizaciones armadas que Irán fue construyendo: Hezbolá en Líbano, las milicias de Irak y Siria y los hutíes en Yemen.
Arabia Saudita lo está comprobando directamente. Riad dispone de enormes recursos económicos, petróleo, armas modernas y acuerdos de seguridad con Estados Unidos. Pero ninguna de esas ventajas garantiza por sí sola que pueda detener a una organización relativamente pequeña que opera desde Yemen, pese a las graves limitaciones operativas que ha mostrado su ejército.
Israel, en cambio, lleva décadas desarrollando capacidades para localizar amenazas, anticipar ataques y enfrentarse a grupos armados respaldados por Teherán. Por eso el acercamiento resulta relevante. No significa que Arabia Saudita se haya convertido de repente en aliada de Israel ni que Riad haya abandonado sus posiciones tradicionales sobre los palestinos. Sí demuestra, sin embargo, que la realidad estratégica está empujando a ambos países en la misma dirección.
La oportunidad
Mohammed bin Salman busca también una respuesta regional. Según Israel Hayom, está presionando a Egipto para que participe en una estructura destinada a enfrentar la amenaza hutí.
Estados Unidos sigue siendo fundamental. Fox News informó que Riad ha pedido a Donald Trump una acción militar contra los hutíes, mientras Washington estudia hasta dónde debe llegar su participación.
Pero los sauditas parecen haber entendido que no pueden depender exclusivamente de que otros países actúen por ellos. Ahí Israel adquiere un valor especial. Para Jerusalén, la crisis puede convertirse en una oportunidad estratégica. Si ayuda a Arabia Saudita a proteger sus instalaciones y sus rutas marítimas, reforzará su posición como socio de seguridad de las monarquías árabes.
La normalización diplomática puede tardar. La cooperación frente a una amenaza común es distinta.
El Medio Oriente vuelve a demostrar que la geografía puede pesar más que la diplomacia. Israel y Arabia Saudita no necesitan coincidir en todos los asuntos para entender que un Irán más fuerte y unos hutíes más poderosos no benefician a ninguno de los dos. La conclusión es clara: Riad no está reconociendo a Israel como aliado, pero sí está descubriendo que puede necesitarlo.
Para Jerusalén, el movimiento confirma una advertencia repetida durante años sobre la expansión de la influencia iraní. Ahora son algunos de sus antiguos adversarios quienes buscan su experiencia.
Mientras Teherán arma a los hutíes, sus adversarios empiezan a coordinarse. Eso es lo que más preocupa a Irán.
Esta vez Israel no está llamando a la puerta de Arabia Saudita. Es Riad quien llama a la puerta de Jerusalén.
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