Releyendo a Cicerón
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 7'
Por Juan Carlos Nogueira
Releyendo a Cicerón, Juan Carlos Nogueira reflexiona sobre el deterioro de las costumbres republicanas y la confianza en las instituciones uruguayas. A partir de los datos de Latinobarómetro, plantea interrogantes sobre el ejercicio del poder, la responsabilidad de la oposición y los deberes éticos que exige la democracia.
Volví a leer a Cicerón. No fue por nostalgia de Roma ni por curiosidad histórica. Quise distraerme de las noticias políticas durante un fin de semana.
No fue una buena idea.
Para Cicerón, una República no dependía únicamente de sus leyes. Me llamó la atención su insistencia en los mores: esas formas de comportamiento que no figuran en ninguna Constitución, pero que determinan cómo funcionan realmente las instituciones. Cuando se deterioran, una República puede conservar sus instituciones mientras pierde aquello que les da sentido.
Me pregunté cuánto de lo que damos por supuesto en nuestra convivencia depende de esas costumbres que nadie escribe y que, sin embargo, todos esperamos que los demás respeten.
Y ahí empezó el problema.
En los últimos años he percibido cambios profundos en algunas costumbres políticas y sociales de Uruguay: en la forma de entender la autoridad, en el respeto por las decisiones expresadas en las urnas y en ciertos límites morales que durante mucho tiempo parecieron formar parte de nuestra convivencia. También los advierto en cuestiones como la legalización de la marihuana o la llamada ideología de género.
Cuestiono que esos cambios constituyan necesariamente expresiones de una sociedad que evoluciona. En algunos de ellos veo factores que están debilitando costumbres que durante mucho tiempo contribuyeron a nuestra convivencia republicana.
Las preguntas que se planteaba Cicerón hace más de dos mil años terminaron llevándome, contra mi voluntad, a la política uruguaya. Y el fin de semana que había reservado para desconectarme empezó a parecerse demasiado a un día cualquiera.
Mi sospecha fue confirmada por una noticia que no pude evitar escuchar en la radio mientras manejaba. Latinobarómetro divulgó una encuesta sobre la democracia y, en el caso de Uruguay, la proporción de quienes afirman que no les importaría un gobierno no democrático si resolviera los problemas pasó de 37% a 45%.
Como soy escéptico por naturaleza y formación, no bien llegué a casa, busqué la letra chica. La encuesta utiliza una muestra de 1.200 casos en Uruguay y aplica una metodología comparable a lo largo del tiempo. Como toda encuesta, no está exenta de error.
Con esas precauciones, me puse a leer el informe completo. Y ahí el titular sobre ese 45% empezó a relativizarse.
No significa que exista una tendencia creciente favorable a una dictadura. Al cruzar esta pregunta con otras variables de la encuesta (apoyo a la democracia, satisfacción con ella y confianza en Parlamento, partidos, gobierno y Justicia) aparece una relación cada vez más estrecha entre democracia y eficacia. Una proporción creciente de uruguayos parece estar condicionando el valor de la democracia a la capacidad del sistema para producir resultados. En el caso uruguayo, esa proporción aumentó ocho puntos durante el gobierno de Orsi.
Otro dato llamativo aparece en los niveles de confianza en las instituciones:

La confianza cae por debajo del 40% en varias de las instituciones centrales del sistema político (38% para el gobierno, 36% para el Parlamento, 35% para el presidente y apenas 23% para los partidos políticos). El Poder Judicial se ubica en 39%.
Más llamativa todavía es la evolución desde 2024. Mientras la confianza en la Policía y las Fuerzas Armadas no cambió significativamente, la caída se concentra en las instituciones políticas y judiciales.
La confianza en la Corte Electoral cayó ocho puntos. El Poder Judicial, diez. El gobierno, once. El Parlamento, el presidente y los partidos políticos, trece puntos cada uno.
Hay otros datos que completan el cuadro. Apenas el 29% dice sentirse representado por el Parlamento, mientras el 65% afirma lo contrario. Sólo el 27% considera que Uruguay marcha en la dirección correcta y el 75% desconfía de que el Estado gaste adecuadamente el dinero recaudado mediante impuestos.
Las cifras plantean una pregunta que me hizo volver a Cicerón: ¿hasta qué punto puede una República conservar su vitalidad cuando una parte tan importante de sus ciudadanos no se siente representada por sus instituciones políticas?
Pero la encuesta deja otra pregunta, aún más difícil: ¿de dónde viene ese deterioro?
No sería riguroso atribuirlo a una sola causa ni pretender que los números demuestran por sí mismos una degradación ética de la política. Sí permiten advertir que la confianza en las instituciones no se sostiene únicamente con leyes, elecciones o resultados de gestión. También depende de la conducta de quienes las representan.
En De re publica, la República no se reduce a una estructura institucional. Es una comunidad unida por el derecho y por intereses compartidos. Las leyes importan, pero no bastan si quienes tienen la responsabilidad de aplicarlas olvidan los deberes que acompañan al poder.
Para Cicerón, el poder no convierte por sí solo a quien lo ejerce en representante legítimo de la comunidad. Ganar una elección es necesario, pero no suficiente. La República requiere algo más que la legalidad formal.
El gobernante recibe el poder por un tiempo limitado. No lo posee. Lo administra. Quien gobierna no debería preguntarse solamente qué puede hacer dentro de la ley, sino qué corresponde hacer con aquello que le fue confiado durante su mandato.
Por eso empecé a recordar varios episodios de la política uruguaya que parecían contradecir estos principios. No los voy a enumerar. Prefiero que cada lector arme su propia lista.
Al recordarlos, advertí que, aunque cada uno pudiera discutirse desde el punto de vista jurídico, muchos no resistían una pregunta más sencilla: ¿son esas conductas apropiadas para quien ejerce el gobierno?
Cicerón sabía que ninguna forma de gobierno está a salvo de su propia corrupción. Por eso defendía el equilibrio entre los distintos componentes del poder. Ciertas decisiones, aun siendo legales, pueden debilitar la confianza de los ciudadanos. La autoridad, por sí sola, no alcanza. También hace falta responsabilidad en su ejercicio.
Cuando Cicerón habla de la prudencia, vuelvo a encontrar motivos para pensar en nuestra política. La prudencia exige sopesar las consecuencias de las decisiones, pero también revisar las propias convicciones.
Reconocer un error y rectificar el rumbo no debería ser una derrota personal. Lo preocupante es persistir en él para evitar el costo político. Cuando el interés de la República queda postergado ante la defensa de una ideología o del prestigio de quien gobierna, aparece una grieta que una democracia debería vigilar.
Pero Cicerón no miraría solamente al gobierno. Si la República necesita equilibrio entre los poderes, también hay que preguntarse qué hacen quienes tienen la responsabilidad de controlar al poder. La oposición no está para esperar que el desgaste del oficialismo se convierta en votos. Tiene que controlar, cuestionar y ofrecer una alternativa.
La formación de una Coalición Republicana ya ha generado espacios de coordinación parlamentaria y política. Para consolidarse como alternativa de gobierno, deberá acordar un rumbo común, establecer reglas para resolver sus diferencias y subordinar los intereses particulares de los partidos a ese propósito. Eso implica también superar los acuerdos circunstanciales y, electoralmente, concurrir a la elección bajo un lema común.
Mientras leía, pensaba que las grietas no aparecen solamente cuando una institución se rompe. También pueden surgir en la forma en que se ejerce el poder, en la manera en que se hace oposición y en lo poco que, a veces, exigimos de quienes nos representan.
La res publica no pertenece al presidente, ni a los ministros, ni al partido de gobierno. Tampoco a la oposición. Es del pueblo. Quienes reciben temporalmente la responsabilidad de gobernar o de controlar al gobierno deberían recordar que el poder no es una propiedad, sino un mandato del que algún día deberán rendir cuentas.
Quizá por eso la pregunta que deberíamos hacernos hoy no sea solamente si el gobierno de Yamandú Orsi está gestionando bien o mal, ni si la oposición está siendo más o menos eficaz. La pregunta de fondo es otra: ¿Estamos comportándonos como una República?
Yo había buscado en las páginas de Cicerón una manera de olvidarme de la política durante un fin de semana. Terminé encontrando preguntas que siguen siendo incómodas para el Uruguay de hoy.
Tal vez por eso valga la pena volver a leerlo.
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