Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

Raquelita

Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 3'

Por Susana Toricez

Una anécdota mínima revela una lección que suele llegar con los años: la paz mental depende, en buena medida, de aprender qué merece nuestra preocupación y qué conviene dejar pasar.

Hay días en que la existencia parece un campo minado, diseñado exclusivamente para probar nuestra resistencia nerviosa.

Abrís el refrigerador buscando el toque de leche para el café matutino y no hay.

Se activa la alarma. Te negás a usar cualquier sustituto porque rompe tu rutina perfecta, masticás rabia y salís a la calle cargando esa pequeñísima tragedia personal.

Llegás a la feria semanal buscando refugio en ese paseo habitual y descubrís, ¡oh, sorpresa!, que el puestero de siempre no vino.

Ahora te ves en la nefasta obligación de interactuar con un desconocido que no te simpatiza, mientras le pagás por una lechuga que ya está algo marchita.

Para coronar la guirnalda del día, recordás que el jueves tenés dentista y te pasás las 48 horas previas sufriendo por un pinchazo anestésico que dura tres segundos.

Día tras día nos empeñamos en engordar esos microdramas cotidianos.

Nos desgastamos en rabietas invisibles, malgastando una energía sagrada en pequeñeces absolutamente evitables.

Se supone que los años y las batallas reales deberían enseñarnos a dosificar las preocupaciones, a distinguir entre lo que merece nuestra atención y lo que simplemente debemos dejar fluir.

Por eso resulta tan admirable contemplar la actitud con la que muchos adultos mayores caminan por la vida.

Hay en ellos un aprendizaje silencioso que se revela en las cosas más simples.

Si el cielo se cae a pedazos justo cuando tienen que salir, contemplan la lluvia con temple: esperan o buscan un paraguas sin dramatizar; si la persona que aguardaban avisa que no llegará, no hay escándalo ni rencor, solo una aceptación pausada; si el estante del almacén está vacío, se adaptan a lo que hay.

Una lección perfecta sobre esto la dio una señora de casi 88 años. Su hija, conmovida por la ausencia de Raquelita —eterna compañera de paseos y amiga de juventud de su madre—, le preguntó: «¿Cómo está Raquelita?» La madre respondió con aplomo absoluto, sin interrumpir lo que estaba haciendo: «Murió. Hace más de un mes».

«¿¡Quéeeeee!? ¡Maaaamá! ¿¡Raquelita murió!?» Ante la conmoción de su hija, que le reprochaba esa calma al dar la noticia, la señora sentenció con la firmeza que sólo da la perspectiva de los años sabios: «Raquelita murió como vamos a morir todos. Yo lo sentí mucho, pero ¿qué le vamos a hacer? Es la vida».

No se trata de insensibilidad, resignación ni apatía, sino de la sabiduría implacable del tiempo.

Es la lucidez de haber comprendido —tras décadas de caídas, pérdidas y aprendizajes— que preocuparse por aquello que no podemos dominar es un esfuerzo inútil e improductivo.

La vida te enseña, a golpes o con los años, a no gastar lágrimas en la leche derramada ni dramas en el dentista.

Nos toca a todos aprenderlo: la paz mental consiste en saber elegir qué batallas valen la pena y cuáles, simplemente, hay que dejar pasar.

Algún día aprenderemos a no cargar con mochilas inútiles, que lo único que hacen es hacernos más arduo el trayecto que nos toque transitar.



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