Rada, la voz con la que Uruguay se reconoció
Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 10'
Cantante, compositor, percusionista, actor y comunicador, Ruben Rada murió a los 83 años después de una vida consagrada a la música. Creador fundamental del candombe beat y dueño de una alegría que atravesó generaciones y fronteras, convirtió las raíces afrouruguayas en un lenguaje universal sin despojarlas jamás de su identidad.
Uruguay perdió a uno de esos hombres cuya presencia parecía asegurada para siempre. Ruben Rada murió el miércoles 26 de agosto, a las 15.30, después de luchar durante un mes contra una neumonía y sus complicaciones. Tenía 83 años, más de siete décadas de trayectoria artística y todavía demasiados proyectos por delante.
Su familia comunicó la noticia y agradeció las expresiones de afecto, así como la dedicación del equipo profesional que lo atendió. El gobierno decretó duelo oficial para el jueves 27, dispuso que el pabellón nacional permaneciera a media asta y le tributó honras fúnebres. Su velatorio fue organizado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, abierto al público, como correspondía a alguien que hacía mucho tiempo había dejado de pertenecer solamente a su familia o al mundo de la música para convertirse en patrimonio afectivo de todo un país.
Omar Ruben Rada Silva había nacido el 16 de julio de 1943, en las inmediaciones de Tacuarembó e Isla de Flores. Era hijo de Carmen Silva, una brasileña que transmitió a su hijo la musicalidad de ese país, y de un reconocido repique de Ansina que se alejó del hogar cuando Ruben tenía apenas dos años. Él se crio en Cuareim, en una familia extremadamente humilde, junto a su madre, hermanos, tíos y primos: siete personas compartiendo una sola pieza.
La pobreza no fue una anécdota embellecida posteriormente por la fama. Fue hambre, enfermedad y necesidad. Rada padeció tuberculosis durante su infancia y, siendo todavía un niño, cantaba a capela en el club Aldea para conseguir restos de comida que pudiera llevar a su casa. Su primera vocación había sido el fútbol, pero una mancha pulmonar frustró la posibilidad de que lo ficharan. La música, que al principio parecía una alternativa impuesta por las circunstancias, terminó siendo su salvación.
A los diez años ya cantaba en la comparsa de negros y lubolos Morenada. Allí recibió su primer apodo, “Zapatito”, porque a esa edad ya calzaba 43. A los 15 salió en la murga La Nueva Milonga y simultáneamente cantó en Cubanacán, la orquesta tropical candombera de Pedro Ferreira, a quien siempre reconoció como uno de sus grandes maestros. El candombe no fue para él un género que descubriera intelectualmente: era el sonido de su barrio, de su familia y de la calle en la que había aprendido a vivir.
A los 17 años se convirtió, bajo el seudónimo de Richie Silver, en el cantante de Los Hot Blowers. Allí coincidió con músicos como Hugo y Osvaldo Fattoruso, Federico García Vigil y Daniel “Bachicha” Lencina, además de Cacho de la Cruz, quien fue decisivo para que encontrara su camino profesional. En aquella banda de jazz ya aparecieron dos características que lo acompañarían durante toda su vida: una voz de extraordinaria ductilidad y una presencia escénica capaz de convertir cualquier actuación en una celebración.
Rada no tuvo formación musical académica. Fue un intuitivo excepcional, dotado de un oído, un sentido rítmico y una imaginación melódica fuera de serie. Podía cantar jazz, bolero, samba, tango, rock o bossa nova; improvisar sonidos como si su voz fuera otro instrumento; pasar del registro grave al falsete; y hacerlo todo con una naturalidad que ocultaba la enorme complejidad de lo que estaba ejecutando. Se definía, con su humor habitual, como un “barítono con trampas de negro”.
En la segunda mitad de la década de 1960 llegó El Kinto, junto con Eduardo Mateo, Walter Cambón, Urbano Moraes, Luis Sosa y otros músicos. Allí ocurrió una transformación decisiva. El candombe salió del formato exclusivamente tradicional, se encontró con las guitarras eléctricas, el bajo, la batería, las tumbadoras, el rock psicodélico y la música brasileña, y dio origen al candombe beat.
Aquella fusión, inicialmente cuestionada por quienes entendían que desfiguraba el candombe, terminó abriendo uno de los caminos más fértiles de la música popular uruguaya. Rada y Mateo no negaron la tradición: demostraron que una tradición viva también puede experimentar, mezclarse y proyectarse hacia el futuro. El Kinto fue, además, uno de los grupos pioneros en cantar rock en español cuando buena parte de las bandas de la región todavía imitaban fonéticamente las canciones anglosajonas.
De ese período surgió “Las manzanas”, compuesta por Rada en apenas un par de horas para presentarla aquella misma noche en una de las históricas Musicasiones organizadas en El Galpón. La canción provocó un fenómeno popular inmediato y se convirtió en el gran emblema inicial del candombe beat. En 1969 dio título, años después, a la reedición de su primer álbum solista.
Luego llegó Tótem, otra formación esencial de la música uruguaya. Entre 1971 y 1972 Rada participó en sus dos primeros discos, Tótem y Descarga, y dejó composiciones como “Dedos”, “Biafra”, “Heloísa” y “Negro”. La combinación de rock, percusión latina, candombe y una energía escénica desconocida hasta entonces hizo de la banda un fenómeno cuya influencia sobrevivió largamente a su breve existencia.
Más tarde se sumó en Estados Unidos a Opa, junto con Hugo y Osvaldo Fattoruso. El álbum Magic Time, de 1977, llevó la fusión del candombe con el jazz rock a una dimensión internacional. Con Opa, Rada compartió el lenguaje de músicos como Airto Moreira, Flora Purim y Hermeto Pascoal, y comprobó que el ritmo nacido en los barrios Sur y Palermo podía dialogar de igual a igual con las expresiones musicales más sofisticadas del mundo.
Su carrera nunca siguió una línea cómoda. Vivió durante años en Argentina, donde fundó La Banda y se convirtió en una figura profundamente querida. Después se radicó en México, trabajó como compositor, arreglador y productor, y llegó a actuar como telonero de Sting y UB40. Hubo reconocimiento, pero también incertidumbre económica y momentos de enorme frustración.
Cuando regresó definitivamente a Montevideo, a mediados de la década de 1990, debió comenzar otra vez. Contó que volvió con mil dólares como único patrimonio y que su familia pasó la primera noche durmiendo sobre papeles de diario en un apartamento. Esa precariedad no le impidió reconstruirse. En lugar de refugiarse en el prestigio ya adquirido, volvió a componer, grabar y buscar nuevos públicos.
Black, editado en 1998, inició una nueva etapa de popularidad. Dos años después apareció Quién va a cantar, producido por Cachorro López, el disco que terminó de convertirlo en una figura masiva en todo el Río de la Plata. “Cha-cha, muchacha”, “Muriendo de plena”, “No me queda más tiempo”, “Quién va a cantar” y “Mi país” sonaron en radios, bailes, estadios y fiestas familiares.
El álbum alcanzó el cuádruple platino en Uruguay. “Mi país”, concebida originalmente para una publicidad, trascendió por completo aquel origen y pasó a integrar el cancionero nacional. Rada puso en palabras y música el zaguán, el mate, las tradiciones, la nostalgia del que se encuentra lejos y ese apego casi inexplicable que hace que los uruguayos siempre quieran volver.
Poseía una cualidad extraordinariamente difícil de alcanzar: podía satisfacer al músico más exigente y, al mismo tiempo, hacer bailar a una multitud. Nunca consideró que la popularidad fuera incompatible con la calidad ni que la experimentación debiera conducir a una música inaccesible. En una misma obra podían convivir la delicadeza, el virtuosismo, el humor, el disparate, la sensualidad, la denuncia contra el racismo y una melodía destinada a ser cantada por todos.
Tampoco aceptó quedar encerrado en una única versión de sí mismo. Grabó más de cuarenta álbumes, como solista o en colaboración; trabajó con Eduardo Mateo, Litto Nebbia, Hugo Fattoruso, Fito Páez, León Gieco, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Daniela Mercury y músicos de generaciones mucho más jóvenes. Cuando el rock, el rap o la música urbana parecían pertenecer a otros tiempos, Rada se acercaba a sus intérpretes con curiosidad genuina. No pretendía darles una lección: quería saber qué estaban haciendo y encontrar una nueva ocasión para jugar.
Desde 1999 creó también un universo destinado a los niños. Rada para niños, Sueños de niño, Rubenrá y Rakatá llevaron su música a las vacaciones de invierno y permitieron que padres e hijos compartieran el mismo entusiasmo. Pocos artistas lograron, como él, acompañar tantas etapas de la vida de su público.
Su talento desbordó la música. Participó en Telecataplúm y El show del mediodía, condujo El teléfono, Décadas y Es tu sentido, actuó en la telenovela argentina Gasoleros y en la uruguaya Porque te quiero así, y fue jurado de La Voz y La Voz Kids. También trabajó en cine, teatro y doblaje. Su humor no era una actividad paralela: formaba parte de su manera de entender la existencia y de resistir las adversidades.
En 2011, la Academia Latina de la Grabación le otorgó el Premio a la Excelencia Musical, reservado a quienes han realizado contribuciones creativas de excepcional valor a la música latinoamericana. Fue además Ciudadano Ilustre de Montevideo, recibió un título honorario de Berklee College of Music, obtuvo seis premios Gardel en Argentina, numerosos premios Graffiti y el Iris a la Trayectoria. En 2024 una baldosa con su nombre fue colocada en el Espacio de los Soles de la Peatonal Sarandí.
Detrás del artista estaba el hombre de familia. Patricia Jodara fue su compañera durante más de cuatro décadas. Sus tres hijos —Lucila, Matías y Julieta— eligieron también caminos artísticos y compartieron con él grabaciones y escenarios. Rada, que se había criado prácticamente sin padre, construyó alrededor de sus hijos y nietos la familia unida que no había conocido en su infancia. Entre todos los reconocimientos recibidos, hablaba de ellos con un orgullo difícil de disimular.
A los 83 años seguía pensando en lo que haría después. El 16 de julio, el día de su último cumpleaños, estrenó en YouTube el ciclo Quién va a cantar, cuyo primer episodio lo reunió con Sebastián Teysera y músicos de La Vela Puerca. Preparaba para octubre dos conciertos en el Auditorio Nacional del Sodre que marcarían el regreso de Tótem, trabajaba en un disco con Los Auténticos Decadentes y ya había comenzado los ensayos. En una entrevista realizada apenas unas semanas antes de enfermarse dijo, con la sencillez de quien todavía se asombraba de su propio oficio: “Yo me divierto como loco”.
Por eso su muerte produjo una conmoción que trascendió estilos, edades y fronteras. Jaime Roos lo despidió como su maestro, su héroe y “un pedazo del cielo del Uruguay”. Fito Páez lo llamó “el gran caudillo del amor y la música”. Jorge Drexler resumió como pocos la dimensión de la pérdida: “No sabíamos quiénes éramos hasta que nos cantaste”.
En la noche de su muerte, cientos de personas acudieron espontáneamente a Isla de Flores con tambores, parlantes y canciones. Bailaron y cantaron para despedirlo, obedeciendo aquel deseo que Rada había dejado escrito en “Muriendo de plena”: “No quiero llanto ni pena”.
Quizás no exista una despedida más fiel. Rada conoció la pobreza, el racismo, la enfermedad, la emigración, las dificultades económicas y la necesidad de empezar de nuevo. Pero decidió responder a todo ello con música, humor y una inagotable voluntad de alegría. No ocultó los dolores: los transformó.
Se fue el niño de Cuareim, Zapatito, Richie Silver, Rubenrá, el Negro Rada. Se fue el cantante que podía convertir la voz en trompeta, tambor o carcajada. Se fue uno de los creadores que enseñaron al Uruguay a escuchar sus propias raíces sin miedo a mezclarlas con el mundo.
Pero mientras tres tambores vuelvan a conversar en una calle de Montevideo, mientras alguien que está lejos escuche “Mi país” y sienta deseos de regresar, mientras una familia baile “Muriendo de plena” o un niño descubra sus canciones, Ruben Rada no habrá terminado de irse.
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