Edición Nº 1085 - Viernes 19 de junio de 2026

¿Qué hubiera hecho Artigas con los Charrúas?

Edición Nº 1000 - Viernes 26 de julio de 2024. Lectura: 3'

Por Leonardo Vinci

José Gervasio Artigas -siendo Blandengue-, persiguió, apresó y mató indios.

¿Qué hubiese ocurrido si -triunfando la revolución- los charrúas volvían a las andadas anteriores a 1811, o sea, a los secuestros, robos y asesinatos?

Artigas los hubiese combatido con firmeza, sin lugar a dudas, ya que el haber participado en algunas acciones junto a él, no los habilitaba a cometer atrocidades.

Analicemos los antecedentes.

Con el Reglamento de tierras para el “Fomento de la Campaña y Seguridad de sus hacendados”, no sólo se buscó que “los más infelices fueran los más privilegiados”, sino que se quiso imponer el orden en la campaña exigiendo el trabajo, persiguiendo la vagancia y el delito, y para consolidar el orden y garantizar la seguridad de personas y bienes, se creaba una fuerza represiva, que combatiera vagabundos y delincuentes.

Artigas era inflexible en estos temas. En 1815 al Gobernador correntino José De Silva le decía: “… los perversos que se encuentran haciendo daño a los vecinos (deben ser) castigados por Ud. según la gravedad de los delitos. Para ello, mande sus partidas a la campaña, a fin de recorrer los campos y limpiarlos de ociosos…”

Incluso, el fiel lugarteniente Blas Basualdo le hacía saber al Comandante Silva “Tengo dadas mis órdenes (…) imponiendo la pena de vida al que robe al vecino o cometa algún desorden; como lo he verificado en el camino, en que he hecho dos justicias.”

Artigas tenía una clara postura sobre estos asuntos, y así se lo expresó al Cabildo de Corrientes en 1816, ya que “Un delito tan atroz y manifiesto no requiere más comprobación ni más formalidades que un castigo severo”. Más aún, en otra nota al mismo Cabildo les dijo “la ferocidad de los autores no permite se les guarde indulgencia…”.

Fue categórico al escribir al Cabildo Gobernador “El que no entre al orden de la sociedad por la esperanza del bien, es forzoso lo arredre el temor de la pena.”

No caben dos interpretaciones sobre lo inaceptable que hubiesen sido para Artigas las correrías de las tolderías en la República naciente.

Desaparecido el Protector, la indiada volvió a sus viejos hábitos de asesinatos, robos y saqueos.

Fue el General Rivera quien quebró una lanza por ellos al escribirle a Lecor “Son los charrúas unos restos preciosos por su oriundez, pero detestables por su carácter feroz, indómito, errante, sin anhelo, sin industria, sin virtudes… Con ellos no hay paz durable sino aquella que se compra con el oro o se asegura por el terror de las bayonetas. Ni hay amistad ni relación tan fuerte que no ceda a los furores de la embriaguez o la codicia de un saqueo…”

Aun refiriéndose a los charrúas como “un pueblo bárbaro y sanguinario”, Don Frutos reclamó para ellos “los derechos más sagrados a la consideración de los hombres”. Y señalándole a Lecor “el carácter humano que ha ostentado…” le aconsejó la organización de una fuerza militar, “para contenerlos, si esto basta, y para aterrarlos, si esto es preciso (…) colocando a su frente un jefe valiente, pero filántropo; activo, pero no temerario; hágase luego al charrúa una intimación para que abandone la vida errante y se dedique a cultivar los mismos campos que ahora destruye; dénsele útiles para sembrar y algún ganado para subsistir…”

Constituida la nación, estos indios continuaron con sus correrías y “como avispas robaban, destruían e incendiaban campos”.

Fue entonces que, “Después de agotados todos los recursos de prudencia y humanidad, frustrados cuantos medios de templanza, conciliación y dádivas que pudieron imaginarse para atraer a la obediencia y a la vida tranquila y regular a las indómitas tribus de charrúas”, el Estado decidió poner orden, el que se hallaba “perturbado por las hordas de salvajes y grupos de bandidos que infestan la campaña comprometiendo la seguridad de las propiedades y las personas de los vecinos de ella”.



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