¿Qué hace Uruguay en el escaparate de Putin?
Viernes 5 de junio de 2026. Lectura: 4'
Mientras Rusia utiliza el Foro Económico Internacional de San Petersburgo para exhibir que no está aislada pese a la invasión de Ucrania, Uruguay participa oficialmente a través del ministro Alfredo Fratti. Más que una oportunidad comercial, la presencia uruguaya aparece como un gesto político inoportuno que difícilmente pase inadvertido para sus socios europeos y que vuelve a plantear interrogantes sobre el rumbo de la política exterior del país.
Mientras Rusia intenta convencer al mundo de que continúa siendo una potencia respetada y plenamente integrada a la comunidad internacional, Uruguay decidió enviar una representación oficial a la 29.ª edición del Foro Económico Internacional de San Petersburgo. La delegación nacional está encabezada por el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Dr. Alfredo Fratti, cuya presencia en el evento constituye un nuevo desacierto de la política exterior uruguaya.
Durante años, el Foro Económico Internacional de San Petersburgo fue presentado como el equivalente ruso de Davos: una plataforma para atraer inversiones, promover negocios y reunir a dirigentes políticos y empresariales de distintos países. Sin embargo, desde la invasión de Ucrania en 2022, el encuentro adquirió una dimensión muy diferente. Hoy funciona, ante todo, como una vitrina política del Kremlin destinada a demostrar que Rusia no está aislada y que las sanciones occidentales no han logrado quebrar sus relaciones internacionales.
Ese es precisamente el problema. La presencia de delegaciones extranjeras ya no puede interpretarse exclusivamente como una actividad comercial o económica. Cada ministro que asiste, cada reunión bilateral y cada fotografía protocolar forman parte de una puesta en escena cuidadosamente diseñada para reforzar el relato político de Vladimir Putin.
Por eso resulta difícil comprender qué beneficio concreto obtiene Uruguay al participar oficialmente en esta instancia. Rusia no constituye uno de los principales destinos de las exportaciones nacionales ni representa una fuente relevante de inversiones para el país. Los eventuales contactos comerciales que puedan surgir difícilmente compensen el costo político y reputacional de aparecer asociado a una operación internacional de legitimación del régimen ruso.
La señal tampoco pasa inadvertida para los socios occidentales de Uruguay. La Unión Europea continúa siendo uno de los principales interlocutores políticos y económicos del país, al tiempo que el acuerdo entre el Mercosur y el bloque europeo sigue ocupando un lugar prioritario en la agenda regional. En ese contexto, la presencia de un ministro uruguayo en el principal escaparate diplomático de Putin no parece precisamente la decisión más inteligente.
Nadie discute la necesidad de mantener relaciones diplomáticas con Rusia. Los Estados dialogan incluso en los momentos de mayor tensión internacional. Pero una cosa es sostener canales institucionales y otra muy distinta participar en un evento cuyo propósito central es demostrar que Moscú conserva apoyos y reconocimiento internacional pese a la guerra en Ucrania.
La ironía es que la realidad se empeña en arruinar el libreto cuidadosamente preparado por el Kremlin. Mientras San Petersburgo recibía a delegaciones extranjeras para exhibir normalidad y fortaleza, Ucrania volvió a demostrar su capacidad para golpear objetivos dentro la propia ciudad, obligando a las autoridades a reforzar medidas de seguridad y recordando que la guerra sigue lejos de estar bajo control. El contraste entre la imagen de estabilidad que el foro pretende proyectar y la vulnerabilidad que exhiben estos episodios resulta difícil de ignorar.
Quizás, a su regreso, el ministro Alfredo Fratti pueda ilustrar a los uruguayos sobre ese detalle del viaje: cómo se vivió desde San Petersburgo el nuevo ataque ucraniano que terminó empañando la inauguración del gran espectáculo diplomático de Putin. Sería, al menos, un dato de interés para quienes todavía intentan comprender qué hacía Uruguay participando de una vitrina concebida para demostrar una normalidad que los hechos se encargan de desmentir.
La política exterior también comunica valores. Y los países pequeños, que no disponen del peso de las grandes potencias, dependen especialmente de la claridad de sus señales. Uruguay construyó durante décadas una reputación asociada al respeto del derecho internacional y a la defensa de las reglas que rigen la convivencia entre los Estados. Por eso sorprende verlo nuevamente en un escenario donde la búsqueda de oportunidades circunstanciales parece imponerse sobre las consideraciones estratégicas más elementales.
El viaje a San Petersburgo no proyecta independencia ni pragmatismo. Proyecta confusión. Y vuelve a colocar a Uruguay, una vez más, en el lado equivocado de la historia.
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