Producción y Ambiente
Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 4'
Por Tomás Laguna
La Asociación de Ingenieros Agrónomos hizo público un extenso comunicado defendiendo las políticas en materia de conservación de suelos, en particular el Plan de Uso y Manejo Responsable de Suelos, respondiendo a cuestionamientos realizados por el presidente de la Asociación Rural del Uruguay en la pasada Rural de Melilla. Desde ya, una controversia que no debería existir.
Hacíamos referencia, en una anterior entrega, cuando defendimos las jineteadas ante el embate de los animalistas, a la irrupción de microideologías fragmentarias en el devenir del posmodernismo. Se trata del culto a ciertos paradigmas, convertidos luego en dogmas, tras los cuales sus seguidores pretenden condicionar a toda la sociedad. Son construcciones inamovibles de diverso tipo y tendencia. El ecoambientalismo en su versión fundamentalista constituye un ejemplo.
“Los ecologistas no están totalmente equivocados, y es bueno que existan. De lo que se trata es de saber si nos cuentan todos los puntos de vista, o si lo que nos dicen es exagerado y catastrofista”, nos dice Bjørn Lomborg, economista, politólogo e investigador ambientalista danés, autor del libro El ecologista escéptico. Más aún, afirma que resulta fundamental estar seguros de que las decisiones que toman los gobernantes, en el ejercicio de la democracia, no se basan en el pánico o en evidencias insuficientes, para concluir que la agricultura ecológica es ciertamente menos productiva, por lo que, para producir más alimentos en atención a la demanda creciente de la humanidad, habría que cubrir más áreas naturales. Concluye que los alimentos llamados “orgánicos” o “ecológicos” son más caros, limitando el acceso a determinados alimentos de importancia para la salud humana. Saber que existen referentes racionales, como el caso de Lomborg, que no militan en el fácil partido masificador de lo políticamente correcto, da esperanzas…
Fueron estos, los cuestionamientos de Lomborg, los que constituyeron la línea de razonamiento abordada en el discurso de inauguración de la pasada Rural de Melilla, exposición activa agropecuaria organizada por la Asociación Rural del Uruguay, por parte de su presidente, Rafael Ferber. En la oportunidad, Ferber evitó los habituales temas de reivindicación de la competitividad de la producción agropecuaria para referirse a la creciente tendencia contemporánea por la cual se enfrenta a la producción agropecuaria con el ambiente. En ese orden de ideas, el dirigente rural reivindicó la natural responsabilidad del productor rural en el cuidado de los recursos naturales, siendo que con ellos habitualmente convive y los necesita para producir y para mantenerse en la producción. Hizo mención a los dogmas impuestos desde la academia en forma sesgada y antiproductiva, cuando ha ocurrido que el desarrollo científico en la producción de alimentos ha posibilitado que una creciente humanidad pueda acceder a los alimentos a partir de precios accesibles. Un correcto y oportuno mensaje del presidente de ARU que mereció mayor trascendencia en la opinión pública.
Pero ocurrió que el final del alegato estuvo dedicado a criticar el Plan de Uso y Manejo Responsable de Suelos como ejemplo de aquellas regulaciones que le complican la vida al productor rural. Se trata del programa insignia en las políticas de conservación de este sustancial recurso productivo por el cual los agricultores están obligados a presentar un programa de rotaciones acorde con un manejo responsable del suelo. Esto mereció una extensa declaración de la Asociación de Ingenieros Agrónomos defendiendo este mecanismo de supervisión de chacras agrícolas. Declaración que constituye por sí un documento donde se resume la larga trayectoria recorrida en nuestro país de lo que bien puede definirse como política de Estado en la materia.
Estamos ante dos corporaciones, productores y profesionales del agro, que deberían compartir intereses y objetivos. Resulta incómodo, inoportuno que surja entre ambos grupos de interés desencuentros como el que se dio en esta oportunidad.
Es necesario que ambos grupos de interés se presenten en una comunión de ideas y objetivos en estos temas de sensibilidad social para enfrentar la irracionalidad de los fundamentalistas del ambientalismo, aquellos que Guy Sorman calificaba de “enemigos del progreso”.
Si no lo hacen, debilitan la institucionalidad que en la actualidad actúa en la preservación de los recursos naturales renovables, desde siempre bajo el paraguas institucional del MGAP. El mayor riesgo para la producción comercial y como consecuencia para el agronegocio agrícola es que mañana tome cartas en el asunto el Ministerio de Ambiente desplazando al ministerio de la producción como lo es Ganadería, Agricultura y Pesca. Ya lo intentaron con el monte natural, por lo que el temor a ese riesgo no surge de la paranoia.
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