Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026

Por un camarero...

Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 4'

Gardel y Le Pera hicieron inmortal aquello de “Por una cabeza”. La pesca uruguaya acaba de ofrecer una versión bastante menos romántica: por un camarero, un buque listo para zarpar quedó amarrado a puerto. El episodio sería apenas pintoresco si no fuera una nueva muestra de cierta forma de sindicalismo que convierte cualquier diferencia en motivo suficiente para detener la producción.

Carlos Gardel y Alfredo Le Pera compusieron Por una cabeza para contar, con la elegancia que solamente ellos podían darle, las desventuras de un hombre dominado por dos pasiones: las carreras y una mujer. Casi un siglo después, la industria pesquera uruguaya parece haber encontrado una adaptación criolla bastante menos poética: por un camarero.

El acta manuscrita difundida por la Cámara de Industrias Pesqueras del Uruguay (CIPU) tiene la virtud de no dejar demasiado espacio para la imaginación. Tripulantes del Río Solís III comunican que retrasan la salida porque falta un camarero y que el buque permanecerá detenido hasta que ese puesto sea ocupado.

No falta un maquinista indispensable. No existe, según la denuncia de la CIPU, una observación de la Prefectura que impida navegar. Tampoco se denuncia que falten elementos de seguridad. El buque cuenta con 31 tripulantes, además de cocinero y ayudante de cocina. Lo que se exige es otra persona destinada a tareas como atender el comedor, lavar y secar ropa, tender camas o colaborar con la limpieza.

Naturalmente, los trabajadores pueden plantear que consideran conveniente o incluso necesario ese puesto. También pueden sostener —como parece desprenderse del acta— que en viajes anteriores hubo alguien desempeñándolo. Todo eso puede discutirse. Lo insólito es convertir una discrepancia acerca de la existencia de un camarero en una potestad de hecho para inmovilizar un buque entero.

Y es precisamente para evitar estas situaciones que existen los convenios colectivos.

El artículo 32 del convenio vigente establece un procedimiento de conciliación para las diferencias entre las partes y contiene una frase de una claridad difícil de superar: “El buque saldrá a navegar”. La controversia debe tramitarse posteriormente ante la Comisión de Relaciones Laborales. Dicho de otro modo: primero se trabaja y después se discute.

Sin embargo, aquí ocurrió exactamente lo contrario.

Es difícil encontrar un ejemplo más acabado de cierta deformación de las relaciones laborales uruguayas: se firma un convenio que establece cómo deben resolverse los conflictos y, cuando aparece uno, se actúa como si el convenio no existiera.

El problema, además, no parece excepcional. La pesca uruguaya viene acumulando conflictos, paralizaciones y pérdidas de actividad en un sector cuya situación dista mucho de ser boyante. En 2025 un prolongado enfrentamiento laboral mantuvo buena parte de la flota detenida. Este mismo año otros buques tampoco pudieron zarpar como consecuencia de controversias sindicales. Cambian las reivindicaciones, pero demasiado a menudo se repite el método: ante una diferencia, el barco queda amarrado.

Ahora es un camarero.

Y allí aparece la contradicción fundamental. Cuando un barco no sale, no pierde solamente el empresario. Pierden los tripulantes cuyos ingresos dependen de la actividad, pierde la industria que procesa la captura, pierden proveedores y servicios portuarios y pierde un país que necesita producir, exportar y generar empleo.

Resulta difícil imaginar una estrategia más autodestructiva que reclamar puestos de trabajo mediante mecanismos que deterioran la actividad encargada de financiarlos.

El sindicalismo cumple una función legítima cuando protege salarios, seguridad y condiciones dignas de trabajo. Pero esa legitimidad no concede derecho a administrar la empresa ni a decidir unilateralmente cuál debe ser la dotación de un buque cuando la autoridad marítima habilita su salida y existe un procedimiento convencional específicamente previsto para discutir las diferencias.

Mucho menos puede admitirse que cada reivindicación termine convertida en un derecho de veto sobre la producción.

La pesca uruguaya necesita inversiones, barcos, mercados y trabajadores. También necesita algo bastante más elemental: que los acuerdos firmados se cumplan y que trabajar vuelva a ser la regla mientras se procesan las discrepancias.

Gardel perdía por una cabeza. En el Uruguay de algunas extravagancias sindicales podemos perder cinco días de pesca por un camarero.

Y siguiendo por ese camino llegará un momento en que el problema ya no será quién sirve la mesa o tiende las camas a bordo.

Será que no quedarán barcos donde hacerlo.



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