Populismos, política y más allá

Con esas palabras, el ex Presidente Julio María Sanguinetti tituló su habitual columna en La Nación. La compartimos con los lectores de CORREO. 
En la inauguración de la Copa América de Futbol, ??en que Argentina se enfrentaba a Canadá, ante la sorpresa general apareció un predicador evangelista, de una iglesia paraguaya que lleva el extraño nombre de "Más que Vencedores", para pronunciar una suerte de bendición. Por supuesto, históricamente la FIFA ha sostenido el criterio de que durante los eventos deportivos no se pueden realizar "manifestaciones de índole distinta a lo deportivo", tal cual dice su reglamento disciplinario. El episodio ha dado que hablar, porque, en lugar de introducir estas presencias extemporáneas, la benemérita Conmebol podría más bien ocuparse de que las transmisiones tuvieran la calidad necesaria, como no la tuvo, justamente, ese partido inaugural. Se trasciende la crónica deportiva, mereciendo otros planos de análisis, en un mundo contemporáneo donde las normas cada vez importan menos y un aluvión de imágenes, titulares, algoritmos que sectorizan la información van dejando por el camino códigos esenciales de comportamiento. Son variantes del fenómeno populista, que no sólo asalta a los partidos políticos e instituciones democráticas sino que se van difundiendo como una subcultura. Quien se dispone a ver un partido de fútbol y pagó su entrada, o para su casa contrató la emisión, tiene derecho a que se le ofrezca el espectáculo, sin más contenidos que los previstos. Con toda razón un católico podría preguntarse por qué un evangelista y aun con mayor molestia quien pertenezca a una de las iglesias protestantes tradicionales. También en el plano de la actividad religiosa, la imagen del Papa Francisco con pancartas de una empresa del Estado cuya privatización se estaba discutiendo en el Congreso argentino, nos sacudió aun a quienes no somos católicos pero tributamos el debido respeto a quien lidera una institución milenaria. y es, además, Jefe de Estado del Vaticano. La Iglesia Católica, que ejerció poderes temporales durante siglos, posee todavía su Santa Sede como Estado soberano, con relaciones diplomáticas universales, dentro de las normas del derecho internacional. Razón por la cual ese hoy tan manoseado principio de la no injerencia en los asuntos de otro Estado, le impone atenerse a ciertos límites. Ello se hace, además, particularmente sensato cuando se trata del país de origen de ese Jefe de Estado. Aunque el Presidente argentino, más allá de los buenos augurios que le deseamos, tampoco lo tiene presente y se introduce en otros países paras militar por ese extraño grupo en que el único liberal es él. Es obvio que la Iglesia como tal ejerce todas sus libertades. Lo hace, además, defendiendo sus principios, su sistema de valores, basados ??en una concepción ética que parte de un libro sagrado y la vida ejemplar de Jesús de Nazaret. Son causas universales, principios, que por cierto chocan con frecuencia con los Estados, pero siempre dentro de ese plano que está más allá de cualquier asunto particular. Repetimos, son causas universales. De un Papa, entonces, se espera un comportamiento en que coexisten su liderazgo espiritual con su Jefatura de Estado. Personalmente, en nuestra presidencia, recibimos en dos oportunidades a Juan Pablo II, con quien luego nos entrevistamos varias veces en generosas audiencias, donde largamente hablamos del rol de la Iglesia en los estados totalitarios y su presencia en las repúblicas laicas. Siempre recordado los debates que se producen en nuestro país, cuando un agnóstico presidiendo una República celosamente laica propuso que una gran cruz que se había erigido en ocasión de su visita, permaneciera como "testimonio histórico" de la primera visita de un Papa al Uruguay. Se estaba reconociendo así la importancia del hecho, habitaba cuenta de que representaba una religión de presencia fundacional en el país y, al mismo tiempo, respeto a la Santa Sede, que fue pionera en el reconocimiento de nuestra independencia. En efecto, a excepción de los tres Estados que participaron en la Convención Preliminar de Paz de 1828 (Provincias Unidas, Inglaterra y Brasil), el papado se adelantó al resto de los países en hacerlo. El debate sobre la cruz, muy uruguayo (también podríamos decir bien francés) fue apasionante. La Junta Departamental de Montevideo (su Concejo Deliberante) rechazó la donación de la cruz que hizo la Iglesia a la ciudad, ante la propuesta que habíamos hecho desde el gobierno. La mayoría era de nuestro Partido, que se abroquelaba en nuestro estatuto de laicidad para esa decisión. Nosotros, a nuestra vez, señalábamos que no se trataba de que el Estado regalara un espacio público a una iglesia en particular, porque no era un lugar de culto sino simplemente la traza conmemorativa de un hecho histórico. El tema fue más allá y terminó declarándose patrimonio nacional por una ley que, naturalmente, estaba por encima de la decisión municipal. En el Parlamento el debate fue muy interesante porque en todos los partidos hubo divisiones, o sea que se actuó con libertad personal. Como se advierte, una República que desde 1877 fundó la escuela "laica, gratuita y obligatoria" y en 1906 hasta retiró los crucifijos de los hospitales públicos, pudo actuar con esa amplitud de criterio porque debe respetar a quien lo respeta. Todo esto nos vuelve a llevar al tema del populismo, que normalmente asentado en la legitimidad de origen de una elección, a fuerza de transgresiones, desfigura la libertad de ejercicio al atropellar las instituciones representativas. Todo lo cual comienza en las formalidades, en los simbolismos. Cuando un Presidente Trump no se siente obligado a traspasar el mando a su sucesor, o un Presidente Bolsonaro a Lula, o la Dra. Kirchner al Ing. Macri, nos comenzamos a hundirnos en ese marasmo. A partir de ese acto de irrespeto institucional con el que se inicia un Presidente, todo se hace posible. No faltan quienes creen que son hechos irrelevantes. No advierten que lo que empieza así puede terminar en episodios tan grotescos como las asonadas al Congreso de los EE.UU. o al Parlamento en Brasilia. Una vez más, digámoslo. En la vida de los Estados, y en sus relaciones entre ellos, la forma es sustancia.



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