Perder bien, ganar mal: lo que el Mundial dejó ver de nosotros
Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Marcela Pérez Pascual
El domingo, España le ganó 1 a 0 a Argentina en el alargue y se coronó campeona del Mundial 2026. Pero lo que muchos celebraron no fue solamente el título de España: fue que a Argentina le fuera mal.
La diferencia importa. Durante el torneo comenzó a circular incluso la expresión “argentinofobia”: publicaciones con la etiqueta #ArgentinaOut, memes que festejaban cada tropiezo de la selección y una petición en línea para “expulsar a Argentina del Mundial” que, según sus propios organizadores, superó los veintitrés millones de adhesiones. La petición se fundaba en denuncias de favoritismo arbitral que Pierluigi Collina, director de la División de Arbitraje y presidente de la Comisión de Árbitros de la FIFA, rechazó públicamente al afirmar que los árbitros no cedían a ningún tipo de influencia.
En Uruguay, el contraste también quedó a la vista. Cuando Argentina eliminó a Inglaterra en semifinales, Washington Abdala sostuvo que acompañar a los argentinos era lo correcto y calificó a los argentinos de “cracks”. Otras voces, en cambio, eligieron el desprecio liso y llano. No hace falta reproducir sus términos para describir el tono: eran mensajes que no discutían el arbitraje, el estilo de juego ni siquiera el resultado. Discutían el derecho de Argentina a alegrarse.
Nadie está obligado a simpatizar con la selección albiceleste. Preferir a España, Francia o cualquier otra selección es una elección legítima y hasta entrañable. Forma parte de lo mejor que tiene el deporte: esa lealtad un poco irracional que heredamos de nuestros padres y transmitimos a nuestros hijos.
El problema no es tener un favorito. Aparece cuando ese favoritismo se transforma en otra cosa: cuando lo que deseamos ya no es que gane un equipo, sino que pierda un país.
Es perfectamente válido haber querido que ganara España y celebrar su victoria. Lo que no debería resultarnos igualmente válido es haber querido que perdiera Argentina y festejar su derrota. No es lo mismo alentar el triunfo de un país o de un equipo que convertir la caída del adversario en el motivo principal de nuestra alegría. El deporte debería enseñarnos a celebrar las victorias, especialmente las propias o las de quienes elegimos apoyar, no a regodearnos con las derrotas ajenas.
Conviene decirlo con claridad: una competencia deportiva tiene, por definición, un ganador y un perdedor. Que a alguien pueda resultarle antipático el folclore futbolero argentino —la épica, el exceso verbal, la mística que tanto irrita como fascina— es una opinión sobre un estilo. Desear que un país sufra, que su gente llore o que su capitán se vaya humillado es algo muy distinto: es desearles el mal a millones de personas por el simple hecho de haber nacido del otro lado del río.
¿Qué estamos enseñando cuando festejamos así? A un niño que celebra el gol de su equipo no hay nada que explicarle: entiende el juego. Pero cuando se festeja la tristeza de un país entero y se ridiculizan las lágrimas de un rival, el objeto de la alegría deja de ser el mérito propio y pasa a ser el sufrimiento ajeno. Sin adversario no hay deporte. Solo hay ajuste de cuentas.
Conviene entonces preguntarse, sin eufemismos: ¿qué tenemos, en el fondo, contra los argentinos? ¿Qué nos hicieron los millones de personas que viven al otro lado del Río de la Plata para merecer que les deseemos algo malo y lo celebremos cuando ocurre?
No se trata de la historia compartida, de los próceres comunes ni de la infinidad de familias uruguayas que tienen un pariente, un amigo o un afecto en Argentina. Se trata de una pregunta más simple: si nos ofende que nos traten con desprecio por ser uruguayos, ¿con qué autoridad moral hacemos lo mismo con nuestros vecinos?
Las críticas al fútbol argentino —a sus dirigentes, a ciertos excesos de sus hinchas o a decisiones arbitrales puntuales— pueden ser, en cada caso, más o menos fundadas. Discutirlas es legítimo. Lo que no resiste ningún fundamento serio es el salto de la crítica concreta al deseo generalizado de que a un país entero le vaya mal. Eso no es análisis deportivo: es prejuicio con forma de opinión.
La tradición republicana y humanista del Partido Colorado ha defendido siempre un Uruguay abierto, generoso y libre de rencores heredados. Esa tradición no admite el regodeo con la desgracia ajena, mucho menos cuando se trata del vecino más cercano. Se puede ser celeste hasta la médula sin necesitar, para demostrarlo, que a Argentina le vaya mal.
Y, dicho todo esto, corresponde reconocer también lo otro. Más allá del resultado del domingo, Argentina hizo un Mundial que impone respeto. Llegó a su séptima final con un plantel golpeado por las lesiones, sostuvo la ilusión bajo la conducción serena de Lionel Scaloni y contó con la jerarquía de un capitán como Lionel Messi, quien, a los 39 años, se convirtió en el segundo futbolista de la historia en disputar tres finales mundialistas y en el primero en ser titular en las tres.
Argentina jugó buena parte del alargue con un hombre menos y no se rindió. Eso también es un resultado, aunque no otorgue una estrella: el que se construye con trabajo, conducción y carácter, y que no depende de que a nadie le vaya mal.
Un país no se mide por las derrotas ajenas que celebra, sino por el respeto que sabe demostrar incluso en la victoria.
Argentina, esta vez, no ganó el trofeo. Pero ganó el camino. Y, aun así, para algunos no alcanzó con que perdiera: hacía falta, además, que sufriera. Ese deseo, y no el resultado de un partido, es lo que debería incomodarnos.
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