Patria o muerte... salvo que haya casa en Galicia
Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 8'
Los rumores sobre el gravísimo estado de salud de Raúl Castro coinciden con versiones según las cuales parte de la «nomenklatura» cubana estaría preparando una salida hacia España ante un eventual derrumbe del régimen. El operativo no está probado y La Habana guarda silencio. Pero la crisis terminal de la isla, las negociaciones de miembros de la familia Castro con Estados Unidos y el temor ya expresado en España a convertirse en refugio de jerarcas hacen que la historia resulte bastante menos extravagante de lo que parece.
Hay noticias que parecen escritas por un guionista con cierta inclinación por la ironía histórica. Durante casi siete décadas, el castrismo explicó a los cubanos las virtudes del sacrificio, las bondades de la escasez, la dignidad de resistir al capitalismo y la necesidad de soportar cuanto fuera necesario antes que rendirse ante el imperialismo.
Ahora resulta que, llegado el momento de hacer personalmente el último sacrificio, algunos integrantes de la familia revolucionaria podrían estar considerando una solución algo menos heroica: España.
No precisamente la Sierra Maestra.
La historia comenzó a adquirir espesor en las últimas horas a raíz de las versiones sobre la salud de Raúl Castro. Diario Las Américas informó, citando una fuente confidencial en Cuba, que el hermano menor de Fidel, de 95 años, habría sufrido un accidente cerebrovascular y se encontraría en estado muy grave, asistido por equipos médicos. Otros medios, entre ellos La Nación de Argentina y la televisión Local 10 de Miami, recogieron la información. Este último agregó que fuentes vinculadas al Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad de Miami daban cuenta de su hospitalización. Hasta ahora, sin embargo, el gobierno cubano no confirmó ni el ACV ni la gravedad del cuadro.
Conviene, por tanto, no matar periodísticamente a Raúl Castro antes de tiempo. El castrismo tiene antecedentes suficientes como para que los rumores sobre enfermedades y fallecimientos deban tratarse con prudencia. Apenas el 13 de agosto, Castro apareció públicamente en el teatro Karl Marx durante el acto por el centenario del nacimiento de Fidel. El propio Granma informó de su presencia junto a Miguel Díaz-Canel.
Pero la parte verdaderamente interesante de la historia comienza después.
El director de Infobae América, Laureano Pérez Izquierdo, publicó que en círculos de La Habana y Washington se habla desde hace meses de un posible plan para trasladar fuera de Cuba a Raúl Castro, familiares, allegados y miembros de la cúpula del régimen. El destino preferido sería España, especialmente Galicia, donde los Castro mantienen profundos vínculos familiares e históricos. Según esas fuentes, un eventual traslado médico del anciano general podría proporcionar la cobertura para iniciar una evacuación más amplia de integrantes del clan.
Aquí corresponde colocar una raya gruesa entre lo sabido y lo supuesto.
Infobae afirma que la familia posee distintas propiedades en Galicia. Esa afirmación no ha podido ser corroborada hasta ahora por otros grandes medios ni mediante documentación registral pública citada en las informaciones consultadas. Los vínculos de los Castro con Galicia, en cambio, son indiscutibles: Ángel Castro Argiz, padre de Fidel y Raúl, nació en Láncara, Lugo; Fidel visitó la localidad y Raúl hizo lo propio, y la familia conservó durante décadas la casa natal del padre hasta cederla para un proyecto museístico.
Dicho de otro modo: Galicia es biográficamente verosímil; el supuesto patrimonio inmobiliario que serviría de plataforma al exilio todavía necesita pruebas.
Pero hay otros elementos que vuelven interesante la versión.
Dos semanas antes de que apareciera la información de Infobae, Foro Madrid —una organización promovida por la Fundación Disenso, vinculada a Vox— presentó un informe sobre Cuba en el que reclamaba expresamente al gobierno español que evitara que el país pudiera convertirse en refugio de miembros de la nomenklatura castrista y sus familiares y que incrementara la vigilancia sobre eventuales operaciones de blanqueo de capitales. Es una organización con una posición política inequívocamente contraria al régimen cubano y su documento debe leerse teniendo eso presente. Pero resulta llamativo que la hipótesis del refugio español estuviera circulando públicamente antes del rumor sobre la salud de Castro.
Más sólido todavía es lo que está ocurriendo alrededor de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, El Cangrejo, nieto de Raúl Castro.
EFE informó en junio que el joven había pasado de su discreto papel como guardaespaldas de su abuelo a convertirse en contacto cubano en el diálogo con Washington. Es hijo del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien presidió durante años GAESA, el gigantesco conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas que controla sectores fundamentales de la economía cubana. Reuters confirmó posteriormente que Rodríguez Castro había declarado a USA Today estar dispuesto a negociar incluso directamente con Donald Trump.
Es una peculiar manera de construir el socialismo científico.
Después de 67 años denunciando dinastías, oligarquías y privilegios hereditarios, el interlocutor con Washington resulta ser el nieto del antiguo presidente, hijo del hombre que controló el conglomerado económico militar más poderoso del país y guardaespaldas del patriarca.
Marx deberá disculpar las modificaciones introducidas al manual.
Lo que nadie discute es la magnitud de la crisis cubana.
En agosto volvió a colapsar la red eléctrica nacional. Reuters ha documentado apagones masivos, escasez extrema de combustible, alimentos y medicamentos y una infraestructura energética deteriorada. Esta semana, incluso el inicio de las clases mostró la dimensión del desastre: Cuba dispone apenas del 73% de los docentes necesarios y la industria sólo pudo producir uniformes para alrededor del 12% de los alumnos de primaria. AP describió escuelas funcionando entre problemas de transporte, agua, electricidad y alimentación.
Las sanciones estadounidenses, y en particular el endurecimiento de las restricciones energéticas de 2026, han agravado objetivamente esta situación. Negarlo sería hacer propaganda en dirección contraria.
Pero convertirlas en explicación universal tampoco alcanza.
Human Rights Watch recuerda que Cuba continúa siendo un Estado que reprime la disidencia, practica detenciones arbitrarias, mantiene encarcelados a cientos de críticos y manifestantes, persigue a periodistas y opositores y carece de tribunales independientes del Poder Ejecutivo. La propia organización señala que el embargo estadounidense proporciona al gobierno una excusa política para sus problemas y abusos, sin que por ello desaparezca la responsabilidad del régimen.
Ese pequeño detalle suele perderse en cierta literatura romántica sobre Cuba.
Durante décadas hubo intelectuales, políticos, artistas y militantes occidentales capaces de encontrar una explicación verdaderamente creativa para cualquier fracaso del castrismo. Si faltaba comida, era culpa del bloqueo. Si faltaba electricidad, también. Si alguien terminaba preso por protestar, seguramente Washington estaba detrás. Si millones de cubanos abandonaban el país, aquello demostraba, misteriosamente, la maldad de Miami.
Sesenta y siete años después, la excusa empieza a padecer cierto desgaste por fatiga de materiales.
Y de confirmarse algún día que quienes administraron aquella gigantesca pedagogía del sacrificio popular estaban al mismo tiempo preparando residencias, cuentas o refugios europeos para ellos mismos, la ironía alcanzaría dimensiones difícilmente superables.
Porque una cosa es exigirle al trabajador cubano que resista doce horas sin luz.
Otra, bastante distinta, es resistirlas personalmente cuando existe la posibilidad de hacerlo en Madrid.
El final de Raúl Castro —sea inmediato o todavía demore— tendrá además una importancia que trasciende su biografía. Aunque abandonó formalmente la presidencia en 2018 y la dirección del Partido Comunista en 2021, EFE señalaba todavía en junio que seguía siendo considerado el verdadero decisor final dentro del sistema. Su desaparición eliminaría al último Castro de la generación que protagonizó directamente la revolución y podría acelerar las tensiones entre militares, dirigentes partidarios, administradores económicos y una nueva generación familiar instalada en posiciones estratégicas.
El politólogo Carlos Manuel Rodríguez Arechavaleta advertía ya a comienzos de este año, en declaraciones a El País, que probablemente nunca la élite cubana había atravesado un momento tan difícil: crisis económica, deterioro de la cohesión interna, agotamiento generacional y pérdida de apoyos externos. La muerte de Raúl sería, en ese contexto, mucho más que un acontecimiento biológico.
Por eso la pregunta importante no es si mañana aterrizará un avión procedente de La Habana cargado de generales jubilados y valijas sospechosamente pesadas.
Eso, hoy, no está demostrado.
La pregunta es por qué una versión semejante resulta perfectamente creíble después de tantos años.
Tal vez porque pocas cosas describen mejor el fracaso moral del castrismo que la posibilidad de este epílogo: un régimen que convirtió la salida del país en sueño de millones de sus ciudadanos podría terminar viendo a quienes lo gobernaron buscando exactamente lo mismo.
Sólo que ellos viajarían en mejores condiciones.
Para el cubano común fueron balsas, aeropuertos, fronteras y familias separadas.
Para la nomenklatura, si las versiones terminan siendo ciertas, podría haber residencia europea, protección privada y casa confortable.
Y seguramente quedará todavía algún admirador del régimen dispuesto a explicarnos que también eso forma parte de la lucha antiimperialista.
La revolución siempre tuvo una enorme capacidad de adaptación.
Hasta podría terminar descubriendo las virtudes de la propiedad privada.
Siempre que la propiedad esté en España.
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