Pagar más, vivir peor
Viernes 29 de mayo de 2026. Lectura: 2'
Por Alicia Quagliata
Cuando la gestión municipal se limita a administrar el deterioro y justificar nuevas tarifas, los montevideanos terminamos pagando cada vez más por una ciudad que ofrece cada vez menos certezas.
No ocurrió de golpe ni por una gran crisis visible. Sucedió lentamente, casi sin darnos cuenta, como esas humedades que empiezan siendo una pequeña mancha en la pared y un día, simplemente, terminamos asumiendolas como parte natural del paisaje doméstico.
Nos han ido acostumbrando a pequeñas dificultades cotidianas que antes eran molestas y hoy ya parecen inevitables. Salir en auto insume cada vez más tiempo, estacionar se convirtió en un problema permanente y caminar exige mirar más el suelo que al entorno.
En los últimos días volvieron a instalarse discusiones que, a primera vista, parecen aisladas, pero que en realidad cuentan la misma historia. Las deficiencias en las veredas, la ampliación del estacionamiento tarifado, las inundaciones históricas de La Aguada o los problemas de convivencia en Ciudad Vieja exponen atrasos estructurales que arrastramos desde hace décadas y que hoy exigen obras millonarias para intentar corregirlos.
La Intendencia realiza anuncios cuando los problemas ya forman parte de la rutina de los montevideanos.
Y ahí está uno de los aspectos más frustrantes de esta etapa. La discusión pública dejó de pensarse desde la experiencia cotidiana de quienes habitamos la ciudad y pasó a concentrarse, casi exclusivamente, en la administración de problemas acumulados. La conversación gira cada vez más alrededor de cómo financiar atrasos históricos, mientras el debate sobre cómo mejorar realmente la vida cotidiana queda siempre para después.
La política se expresa en esas pequeñas cosas que terminan moldeando el humor social. En el tiempo que perdemos, en los recorridos que evitamos, en los espacios públicos que dejamos de disfrutar y en esa sensación persistente de que vivir en Montevideo exige más esfuerzo para obtener menos calidad urbana.
Algo de nosotros también se deteriora cuando vivir en la ciudad empieza a sentirse agotador. Cuando caminar se vuelve incómodo, circular lleva más tiempo y las respuestas siempre parecen llegar tarde. El vecino siente que paga cada vez más por un lugar que le devuelve cada vez menos comodidad, menos orden y menos tranquilidad.
Lo que más inquieta es que lentamente nos han ido empujando a una cultura de resignación donde ya casi nada sorprende demasiado. Ni las inundaciones, ni el deterioro, ni los atrasos, ni la constante sensación de seguir financiando emergencias que debieron haberse resuelto hace años.
Ahí aparece uno de los principales desafíos políticos de esta época: negarse a aceptar que vivir peor y esperar siempre un poco más sea el destino inevitable de Montevideo, cuando detrás de esa resignación lo que falta es gestión y una mayor consideración hacia quienes viven y sostienen la ciudad todos los días.
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